El redescubrimiento de la esperanza

Embarazo

A noche, con la finalización de Sukot, terminamos oficialmente la temporada de las Altas Fiestas. Ocho días de servir comidas y despejarlas de la mesa, ponerles elegantes vestidos a las pequeñas para luego arrojarlos a la canasta desbordante de la ropa sucia una vez que se ven demasiado cubiertos de mugre y paletas heladas derretidas como para la exposición pública. No obstante, para ser honesta, esta lista de verbos de acción no es un reflejo realista de mis actividades de la semana pasada. Mientras Josh callejeaba con nuestras hijas por el parque Sajer, el museo de ciencias y la Ciudad Vieja, yo me pasé este Sukot recostada en la cama leyendo novelas, con las náuseas primer trimestre, tan gastada y con tanta cara de sueño por vomitar con frecuencia como una mujer de cien años que sufre de agotamiento por el calor.
Tendemos a pensar que las fiestas son divertidas para todos. ¿A quién le vendría mal un poco de tiempo de calidad con la familia y buena comida? Pero cuando estás con náuseas más buena comida no es más de algo bueno en absoluto. Toda comida es una mina de batalla culinaria por la que la mujer nauseabunda navega con más mareo que facilidad.
Este año lom Kipur cayó en Shabat y a decir verdad me sentí aliviada por el hecho de que en este trimestre hubiera un Shabat menos que enfrentar. Un Shabat durante el cual no tuviera que sentirme con náuseas al hacer la lista de las compras o al elaborar los platos poco apetitosos que pasan por comida cuando me siento así (arroz blanco mezclado con queso cheddary acelga hervida, etc.). Y encima de todo, no tener que sentarse en las comidas con todas clases de alimentos que hacen que el estómago se me tambalee hacia el esófago y luego me envíe corriendo al baño si me pongo demasiado aventurera. El Shabat es una ruleta rusa gastrointestinal.
Y entonces, durante Sukot, en medio de mi continuo malestar unido al letargo médicamente impuesto que es el reposo, recibimos unas noticias increíblemente buenas. Fui a hacerme una ecografía con un especialista y me aseguró que todo el sangrado de mi útero había desaparecido. Dijo que no tenía que seguir haciendo reposo y que de entonces en adelante mi embarazo era oficialmente de bajo riesgo. Si hubiera recibido este diagnóstico hace un año me hubiera encogido de hombros, en cierto modo como reacciono todavía ahora a los resultados de mis análisis de sangre de glucosa y hematocrito.

Pero ahora, después de lo que hemos pasado, fue una sensación sumamente rara cuando el médico nos dijo que todo estaba bien, como si fuera demasiado fácil para ser verdad. Cuando el médico dijo «adiós» sentí una gran necesidad de quedarme más tiempo con él, para decirle que somos veteranos de la pesadilla que tiene lugar cuando le dice a una pareja que todo está lejos de todo bien. Pero no lo hicimos.
De modo que cuando salimos de la clínica yo me sentía profundamente desorientada, como si me hubieran hecho girar durante cinco minutos para dejarme luego partir. Había estado totalmente preparada para el desastre y era incapaz de aceptar, digerir, tantas buenas noticias de repente. Como si hubiera dejado de creer que soy una persona a la cual también le suceden ocasionalmente cosas inexplicablemente buenas.
Josh y yo salimos del edificio sin saber muy bien qué hacer con nosotros mismos.
Decidimos ir al centro para almorzar y, para cuando llegamos al restaurante, Josh estaba más relajado y feliz de lo que lo había visto en semanas. Pero todavía no podía creerlo: un embarazo sano, un embarazo sano. Me di cuenta de hasta qué grado había pasado las últimas semanas preparándome para todas las posibilidades salvo la más probable.

El resto de Sukot fue más fácil, más suave. Me sentía libre de caminar, hacer compras e ir adondequiera que deseara por primera vez en un mes. En la tarde que siguió a la ecografía llevé a Dafna y Tiféret a la clase de natación y me encontré con que estaba de repente ni de cerca tan cansada como lo había estado tan solo algunas horas antes al caminar con mis niñas a lo largo de los cientos de personas que estaban de picnic haciendo barbacoas en el parque Sajer. En un momento miré a Tiféret y ella me observaba boquiabierta. Dijo: «/ma, eres tan hermosa…», y luego se miró los pies con una sonrisa tonta y vergonzosa como si estuviera desvaneciéndose de amor.
Hoy recibí un mensaje electrónico de babyzone.com dándome oficialmente la bienvenida a mi segundo trimestre. Decía: «Estas semanas, las semanas trece a veinticuatro, son un momento en que la mujer embarazada tiene realmente la oportunidad y la paz mental de aprender sobre el hecho de tener un bebé. La mujer se ha en cierto modo acostumbrado a la tensión en su fisiología, las quejas físicas usualmente decrecen y las visitas al médico son principalmente para asegurarse de que todavía está feliz, viva y embarazada… Es sorprendente con cuánta rapidez marca esto una diferencia».
Y es verdad. Esta mañana cuando desperté no sentí ninguna necesidad de masticar algunas galletas antes de salir de la cama. Además, desde la ecografía del martes pasado, he empezado a pensar que este es un embarazo que va a andar bien. Con la ayuda de Dios, va a mantenerse como la nieve que solía ver por mi ventana cuando era niña cuando el radiador junto a mi cama estaba tan caliente que me chamuscaba las rodillas por medio de mis cobijas. Tal vez dentro de unos meses hasta podamos decirles a nuestras hijas que su sueño se ha hecho realidad: que hay otra vez un bebé en la barriga de mamá, que este vendrá a casa y no hará un cambio de sentido de vuelta al Jardín del Edén. Esta vez Tiféret no saldrá corriendo para pararse con los brazos extendidos junto a los peldaños de la entrada por si el bebé cae al suelo desde el Cielo y no hay nadie para agarrarlo.
He empezado a pensar en el parto, en ir a comprar algunas ropas de maternidad, y cuando reposo imagino cuan delicioso y maravilloso será amamantar y sostener un bebito. Casi puedo oler el aroma lácteo agridulce del recién nacido mientras escribo estas palabras.

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