Donde sea que suene

Vered Jaia Ginerman

Mi nombre es Vered Jaia, soy uruguaya, y tuve el mérito de hacer aliá a Eretz Israel en agosto del 2008. Desde ese momento vivo en el corazón de Ierushalaim. Soy estudiante de artes plásticas, educación y jasidut.

Vivir en Jerusalem

Un día, hace unas dos semanas, me encontró el atardecer caminando por las calles de una ciudad en el norte, cerca de Haifa. Fui abruptamente despertada de mis pensamientos por un agudo llanto, que venía de algún apartamento de todos los que poblaban la corta cuadra a mi derecha. Duraron unos breves instantes la sorpresa y la incertidumbre, hasta que reconocí ese imprevisto sonido. Se trataba ni más ni menos que del tocar de un shofar. Así es que pude, durante los siguientes segundos, disfrutar de aquel sonido tan profundo y representativo de estos días que anteceden a Rosh Hashaná.

Casi una semana más tarde, caminaba apurada por la peatonal Ben Yehuda en Ierushalaim. Iba al encuentro de una amiga, con quien saldríamos a repartir velas de shabat por la zona. Las pobladas vidrieras, los restaurantes y puestos de artesanías, se dejaban paso unos a otros a gran velocidad, semejando una apretada pintura impresionista, tan colorida como el arco iris. De pronto un agudo sonido me hizo detener. A pocos metros de donde me detuve se estaba desarrollando la siguiente escena: un hombre, una mujer y un niño, estaban parados en medio de la peatonal sin hablar, y mirando fijo a un punto. En ese punto, detrás de una mesita con mantel, en la que había un par de tefilín y una alcancía para poner tzedaká, un señor de traje y larga barba dirigía su mirada a alguna parte del cielo, mientras tocaba el shofar. Unos segundos más tarde los penetrantes sonidos ya habían culminado. La familia intercambió sonrisas con el señor de la larga barba, y siguió su camino.

Al día siguiente me encontraba en mi casa, ordenando para Shabat. Estaba cerca de la ventana cuando escuché otra vez el sonido del shofar. Se sentía muy bajito, así que agudicé mi oído lo más que pude, concentrándome en lo que me importaba escuchar, y tratando de ignorar el resto. Me imaginaba a las ondas de sonido viajando desde muy lejos, haciendo vibrar en su camino partículas que poco sabrían de la relevancia del sonido que ayudaban a transportar. Igual que las veces anteriores, duró sólo unos pocos segundos. Pero éstos, me dieron algo en qué pensar.

Cientos de cosas suceden a nuestro derredor. Incluso al caminar por Jerusalem una tarde soleada hay que poner un filtro y una antena especial. Mantener afuera lo que no quiero que ingrese a mi neshamá, y levantar bien alto la antena especial que me permite captar las cosas positivas. ¿Cómo escuchar un shofar en medio del ruido de una calle repleta de gente? ¿Cómo sentir el llamado de retorno a nuestro Creador en medio de una vida tan ajetreada? Está en nosotros activar el receptor adecuado. Poner la antena en la dirección correcta, y así, seguir transitando nuestro camino.

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