Desde la costa del río Paraná hasta 770 Eastern Parkway

Betty Katz

Beatriz (Betty) Literat Katz es médica cirujana, ginecóloga y sexóloga clínica.  Es miembro de la International Society for Sexual Medicine y docente de la UBA. También es judía observante, madre y abuela. Sus inquietudes la han llevado a unir la ciencia médica con el conocimiento judaico en la teoría y en la práctica: “la gente no necesita tener conflictos pensando qué es lo válido, si ciencia ó religión; se puede, se debería vivir con ambas”, dice. Para ello ha pasado los últimos 20 años estudiando Torá y las fuentes judías del jasidismo y dando conferencias en las cuales expone temas médicos de su especialidad, a la luz de los conceptos judaicos. Gran admiradora de Maimónides (1135-1204), reconoce que “fue un formidable sexólogo y defensor a ultranza de los derechos de la mujer”. “En esta época de tanta confusión, todos deberíamos tener en nuestra mesa de luz algún buen libro sobre judaísmo” dice, “dormiríamos mejor a la noche y nos despertaríamos más contentos cada mañana.

Doctora: su diagnóstico por favor

Nacï en una familia judía no observante pero sionista, del interior del país. Mis padres decían que cuando cumplí dos años empecé a preguntar ¿eto qués? (¿esto qué es?) ante todo lo que veía y se ve que la inquietud continúa hasta hoy gracias a Di-s, ya que mi deseo de entender las cosas y a las personas es una motivación muy fuerte en mi vida y en mi trabajo. Ya de adulta, me enteré que el Baal Shem Tov, fundador del jasidismo decía que de cada piedra que se cruza en el camino, uno necesita preguntarse qué debería aprender, así que evidentemente y sin saberlo, yo era una nenita con espíritu jasídico, el tan nombrado píntele íd (chispita judía).

De chica siempre me gustó mucho más ir a “la shule” que a la escuela pública, a pesar de ser buena alumna en ambas, pero “la shule” era otro mundo. Aprender allí las mismas dulces canciones en idish que cantaban mis bobes en casa y escuchar de sus labios que sus madres o sea mis bisabuelas, (que habían muerto en las guerras) en Rusia también las cantaban, fue la primera enseñanza práctica que recibí de que había un lazo indestructible, que nos enhebraba a todas las mujeres judías desde quién sabe cuánto tiempo atrás.

En verano, cuando mis compañeras del shule y yo íbamos a nadar al club, en la costa del Paraná, utilizábamos como código secreto, para diferenciarnos de las otras chicas, las palabras en idish o en hebreo de las canciones aprendidas o nuestros nombres hebreos y nos sentíamos como si perteneciéramos a una fraternidad exclusiva.

Creo que en “la shule” fue importante lo que me enseñaron y más importante aún lo que no me llegaron a enseñar, ya que mi curiosidad me empujó a investigar (“¿eto qués?”) a lo largo de muchos años lo que me parecía razonable y también lo que sentía como irrazonable o incomprensible de ese judaísmo que había heredado de mis padres, por derecho de nacimiento pero que yo no había elegido, como sí lo había hecho en cambio, con mi carrera ú otros aspectos de mi vida.

Muchos años después, cuando llegué por primera vez al Kotel ( Muro de los Lamentos) en Jerusalén, un viernes por la noche, al ver mujeres de tantos países y edades diferentes cantando Lejá Dodí y diciendo las mismas plegarias, tomé conciencia por primera vez, creo, de que mi identidad como mujer y mi identidad judía eran una sola cosa.

Al año siguiente fui a 770 Eastern Parkway, Jabad Central y tuve la suerte de pasar un fin de semana completo cuando el Rebe todavía oficiaba y entregaba dólares como bendiciones. En ese momento sentí realmente que era miembro de una fraternidad femenina, a pesar de no poder comunicarme bien por la diferencia de idiomas y créanme, esa percepción no fue una fantasía ó una simple expresión de deseo y lo he comprobado con el tiempo. Sea cual fuere el lugar en que me encuentre, a bordo de un avión, en un enorme supermercado de cualquier país, esperando mi turno en una fila o en un baño de una estación de ómnibus, cuando encuentro una mujer judía, aunque no entienda su idioma, nos arreglamos para comunicarnos. Si la situación requiere intercambio de información, ayuda de algún tipo o lo que haga falta, no necesitamos ningún protocolo; saber que somos mujeres judías, es suficiente.

Manejamos el mismo código, igual que cuando iba a la escuela.

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