Cuando aparece la muralla

Vered Jaia Ginerman

Mi nombre es Vered Jaia, soy uruguaya, y tuve el mérito de hacer aliá a Eretz Israel en agosto del 2008. Desde ese momento vivo en el corazón de Ierushalaim. Soy estudiante de artes plásticas, educación y jasidut.

Vivir en Jerusalem

Dicen que el hombre a todo se acostumbra. A los climas, la comida, al entorno. Al principio lo nuevo sorprende y se hace notar a cada momento, pero basta un tiempo para hacerse a la idea de los cambios y casi olvidarse que alguna vez fue distinto. Con respecto a ésto algo empezó a llamarme la atención hace un tiempo, y estoy contenta de poder compartirlo.

Jerusalem es el centro espiritual del mundo, y el centro de Jerusalem es el Monte del Templo, que se encuentra dentro de la amurallada Ciudad Vieja. Es muy conocido el Muro Occidental, o de los Lamentos, y en hebreo el Kotel, el cual era parte de la muralla que rodeaba al Templo cuando contábamos con él hace menos de 2000 años. De más está hablar sobre la santidad del Kotel, sobre las escrituras que nos dicen que la Presencia Divina nunca lo abandonará, y todas las historias antiguas y actuales que rodean al famoso muro, agregándole misterio y misticismo.

Lo que sucede es que de pronto una montevideana común, pasa a encontrarse viviendo a media hora a pie de la Ciudad Vieja de Jerusalem. ¡Un sueño! Y eso hasta que me enseñaron un camino con el que se puede tardar sólo quince minutos, pasando por unas callejuelas, dando vueltas inimaginables y atravezando la intendencia. Me decían, -irás todos los días al Kotel, me imagino- Y la verdad que para todos los días no me daba, pero una vez por semana seguro, ¿cómo resistirse?

Pero como con todo, uno también a eso termina acostumbrándose. Vivís en tu rutina, volvés a tu casa, y sí, claro que te acordás que vivís en la Ciudad Santa, y que estás tan cerca de su ombligo, pero no hay tiempo, a veces con la repetición las cosas pierden su magia.

Pero el Creador no estaba dispuesto al parecer de que uno se olvidara tan facilmente dónde se encontraba, y su entorno llegara a resultarle tan normal como el de una ciudad rioplatense. Viajo mucho en transporte público, y a veces resulta que las calles se cortan por diversas razones, los recorridos se desvían, y uno tiene que volver a ingeniárselas mentalmente para llegar a casa desde el nuevo destino del ómnibus. Pero antes de eso, pasa que a veces toma por sorpresa, y como entre sueños te descubrís de pronto a través de la ventana en cualquier lugar que nada tiene que ver con donde se suponía deberías estar.

No una ni dos veces me pasó, en medio del estrés de la gente que acaba de darse cuenta que no sería un día sencillo para llegar a casa, ver por la ventana del ómnibus una vista más que inesperada. En vez de una ciudad llena de tráfico y personas apuradas, (más precisamente ‘a parte de’) veo la muralla que rodea la Ciudad Vieja. Y por un largo trecho el chofer nos lleva bordeándola. Entonces pienso, que todo el corte de calles y el tráfico valió la pena si me trajo hasta acá. Si me recordó dónde estoy, porque ver la muralla más que nada me recuerda dónde me encuentro, en Ierushalaim. Entonces me olvido de que me espera una caminata no programada de regreso, y del calor y el estrés. Por unos momentos me dedico únicamente a pensar en la santidad del lugar que me rodea.

Muchas personas se acostumbran a estar acá y pasa a ser parte de la normalidad. La verdad es que hay que valorar cada instante que uno está en Eretz Israel. Y como eso todo.

Es importante empezar cada día con una sensación de renovación, volver a sorprenderse cada vez. Romper las costumbres, no en el sentido de cambiarlas o abandonarlas, sino que repetirlas, pero cada vez con un nuevo sentimiento adentro.

Beezrat Hashem que ameritemos ver cada día salir el sol con una nueva sonrisa de sorpresa y admiración, y que lo veamos pronto todos juntos en Jerusalem, con la llegada del Mashiaj. ¡Hasta la próxima!

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