Aventuras rusas

Jana Segal

Nací y me críe en Uruguay, estudié en escuelas de Jabad, y escuelas hebreas de mi país. A los 17 años, me mudé a Bs As con mi familia y cursé mi último año de la secundaria en la escuela de Jabad. Viajé a Tzfat, Israel y estudié un año y medio con chicas de todo el mundo, aprendiendo y adquiriendo diferentes experiencias y conviviendo con “mentalidades distintas”. Por sobre todo, crecí como persona.

Y yo... ¿dónde me meto?

Una de las herramientas que usamos constantemente para comunicarnos, que a veces no nos damos cuenta de lo importante que es hasta que nos falta, es el idioma.
Nosotros podemos estar hablando, y si tenemos a alguien de otro país al lado nuestro, nos queda mirando como quien ve un avión en el cielo. Y a la vez nos preguntamos, cómo es que no entiende nada si es tan sencillo. Hasta que nos ponemos en su lugar. Ahí nos percatamos que realmente es como escuchar a un grillo en medio de la noche.
Este año, tuve la posibilidad de viajar a Rusia. Y yo de ruso poco y nada. Más tirando a nada que a poco. Ya al llegar al aeropuerto pensé que sería un caso perdido. No cazaba una. Me podían estar diciendo cualquier cosa que yo ni me enteraba.
Llegué a Migraciones. Por señas con las manos por supuesto, me dieron a entender que era mi turno. Pasé (Gracias a D-s, no hubo necesidad de llamar a la KGB).
Salgo con mis valijas, y veo a un hombre con un cartel en sus manos, y mi nombre en grande escrito en él. “Bien. Ya que me dijeron que me mandarían a un chofer israelí, no voy a tener ningún problema”. ¿Para qué?. Me acerqué y le di a entender que yo era su pasajera. Le pregunté en hebreo: “¿Habla hebreo?”. Me hace un gesto negativo con la cabeza. “¿English?”. Otra vez el mismo gesto. “Oh oh”. Pregunté con prudencia: “¿Ruski?”. “¡Dá!”. “Estamos en problemas”. Así que le dije: “Ya nye parusky ruski” (Yo no hablo ruso). El hombre en seguida, sacó su teléfono celular, marcó un número y me lo dio para que yo hable. Un hombre, comenzó a hablarme en hebreo. Yo, en medio de una desesperación le pregunté: “Dígame, ¿no entiende más nada que ruso?” . Me dijo que no.
“OK, yo puedo hacerlo”, pensé.
En ese momento me acordé que no tenía ni un rublo para pagarle. Así que yo, mostrándome segura y aparentando tener todo bajo control le señalé la Casa de Cambios y le dije: “CHANGE”. Entendió.
Fui, cambié algunos dólares (todo en mudo por supuesto) y volví.
Salimos de la terminal. Afuera estaba nevando y había una temperatura aproximada de -10º C. Me llevó hasta el auto, me acomodó la valija en el maletero y salimos.
Yo ya sabía que me esperaba una hora de viaje. Lo que no me imaginaba era que sería en mudo.
Moscú nevado comenzó a aparecer por las ventanas. Era una imagen impotente, todo blanco…¡y en ruso!. Yo conozco el alfabeto ruso, así que me entretuve leyendo todos los carteles. “Fa-r-m-aci-a”.
Yo me daba cuenta de que el pobre chofer quería entablar una conversación. Había mucho tráfico (fenómeno para nada inusual en esta gran ciudad), y la nieve caía, haciendo congelar los vidrios del auto en vez de simplemente empañarlos. Era impresionante ver cómo se formaba la escarcha, y el conductor tenía que ir parando a tirar un poco de agua en los vidrios para descongelarlos. Entonces me iba explicando lo que estaba pasando. Las únicas palabras que recuerdo que capté fueron “boda” (agua) y “snieg” (nieve).
En cierto momento, decidí tomar coraje y formularle una pregunta. Le mostré mi reloj y le hice esa seña que se hace cuando uno quiere preguntar “cuánto falta”. Por supuesto que ¿qué fue lo que entendió?: “¿Qué hora es?”. Y me mostró el relojito del auto. “Nyet”, le dije. Y le pregunté otra vez. Hasta que finalmente comprendió y me dijo que quedaba media hora.
Un rato más tarde, lo veo ponerse un poco nervioso. Me muestra un cartel que tenía colgado del espejo retrovisor que decía “No smoking”, y ¡saca una caja de cigarrillos!. Y comienza a preguntarme si me molesta que él fume. Le dije que sí. ¡Imagínense un auto cerrado, y este hombre fumando una cigarra!. ¡Empezó a suplicarme!. Yo le intentaba explicar que no quería llenarme de humo ni de olor. Se dio por vencido, y guardó los cigarrillos.
Luego cuando llegué a destino, y les conté a mis amigas que me estaban esperando que no lo dejé fumar, me dijeron que ni ellas intentaron decirle jamás a un ruso que no fume.
Leemos en la porción semanal de Noaj, sobre la Torre de Babel, que la generación luego del diluvio, decidió construír una torre que llegara hasta los cielos en medio de la ciudad, para demostrar que ellos pueden llegar hasta Di-s. Lo que ocurrió, fue que Di-s no quiso permitir tal descaro, y mandó confusión al mundo: idiomas. Cada uno comenzó a hablar un idioma diferente, y obviamente, nadie se entendía. Terminaron peleándose y eventualmente, destruyendo la torre.
Vemos también, otra insinuación de los idiomas en la Torá.
Está escrito que el pueblo judío fue redimido de Egipto en mérito a tres cosas que no cambiaron: Sus vestimentas, sus nombres, y su idioma.
Vemos pues, que el idioma puede ser usado para dos cosas completamente opuestas:
Para separarnos, o para unirnos.
Podemos compartir un idioma y de esa forma, nos unimos, podemos no tener el mismo idioma, y de esa forma, nos separamos.
Depende de nosotros, usar esta herramienta correctamente, y saber, que incluso que no compartamos el mismo idioma, si queremos, podemos crear un lazo que nos una.
…si yo pude hablar en ruso…

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