Armonía singular

Vered Jaia Ginerman

Mi nombre es Vered Jaia, soy uruguaya, y tuve el mérito de hacer aliá a Eretz Israel en agosto del 2008. Desde ese momento vivo en el corazón de Ierushalaim. Soy estudiante de artes plásticas, educación y jasidut.

Vivir en Jerusalem

Un aroma especial se siente por las tardes en Gueula. La calle Maljei Israel, que más adelante cambia de nombre a Mea Shearim, es transitada por cantidades de vehículos y peatones por igual. Los primeros no consiguen alcanzar el paso de peatón. En parte debido a los segundos, para los cuales las esquinas no representan el lugar más apropiado para cruzar. Sino que atravesar la calle por el medio, independientemente de la cantidad de autos que se aproximen ni la velocidad a la que lo hagan, es la opción más acertada. Y en parte por otros mismos conductores, que deciden estacionarse o doblar una esquina, bajo cualquier circunstancia.
Por la vereda hay que caminar con mucha precaución. El paso al que camina la gente varía entre dos extremos, sin intermedios. Paso de paseo por la rambla al atardecer, o de corredor profesional de maratón. Podría uno preguntarse cómo se las arreglan las diferentes personas para recorrer así una calle. Además teniendo en cuenta que los otros peatones no son los únicos obtáculos a esquivar. Sino que la angosta vereda proporciona también espacio a paradas de ómnibus, árboles, puestos de venta de artículos variados, personas pidiendo tzedaká, señoras que se plantan alegremente a charlar con alguien estacionando el carrito doble de bebé en la vereda, hombres ensimismados en algún libro que deciden recostarse en un poste, obreros que rediseñan algún local, barrenderos, y más. No hace falta aclarar que los infinitos y más variados negocios que pueblan esta calle a todo su largo, no se intimidan de hacerlo también a su ancho. Y así es que en afán de marcar presencia y promocionar su mercadería, sacan afuera del local mesas con libros, discos, masitas, camisas, janukiot, pizzas, bolsos, juguetes, sombreros o tortas, según lo que sea que vendan. También están las colas que se forman hacia afuera desde los bancos, cambios, o locales de jugo exprimido o falafel, o desde la entrada al súper o la verdulería. Todo ésto en la vereda angostita de una única calle, que dura tan sólo algunas cuadras.
Y a pesar de todo, una extraña armonía reina en el aire. Similar, inexplicablemente, a la que se siente los viernes por la noche, en Shabat, cuando todos los negocios están cerrados, y la gente camina tranquilamente por calle y vereda.
Las músicas de las diferentes disquerías se mezclan con el ruido general de la calle, los coches y bocinas, la gente que habla fuerte, o los que gritan al final del día “¡uno por diez, dos por quince!”. Extrañamente la caminata se vuelve agradable, y hasta divertida. Uno termina arreglándoselas de alguna manera para no atropellar a más de uno, o para no atascarse demasiadas veces entre un carrito de bebé y un puesto de tarjetas de feliz cumpleaños. Y si tiene bastante suerte, en el camino se topa con una panadería que hace masitas estilo uruguayas, o con un negocio de jugo recién exprimido. De manera que la entretenida experiencia, se vuelve aún más dulce.

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