Al calor de las llamas

Vered Jaia Ginerman

Mi nombre es Vered Jaia, soy uruguaya, y tuve el mérito de hacer aliá a Eretz Israel en agosto del 2008. Desde ese momento vivo en el corazón de Ierushalaim. Soy estudiante de artes plásticas, educación y jasidut.

Vivir en Jerusalem

La esperada noche de Lag BaOmer se hizo por fín presente con la salida de Shabat, para encontrarse con decenas de grandes montículos de maderas, ramas, y todo tipo de objetos combustibles, dispersos por toda la ciudad de Ierushalaim. En algunas zonas había dos o tres por cuadra, o varios dispersos en un mismo parque, todo listo para las tradicionales fogatas. Algunos pequeños, y otros inmensos. El viernes en vísperas de Shabat todavía se veían niños ordenando las maderas, o trepados a cinco metros de altura acomodando las ramas de arriba. La expectativa era muy grande, los cantos aludiendo a la ocasión ya se sentían desde varios días antes, a horas imprecisas y proviniendo de diversos lugares.

Cuando finalmente la gente comenzó a salir de sus casas luego de la avdalá, la potente música comenzó a sentirse en la lejanía, acompañando la vista de elevadas llamas. De camino a la fogata elegida, se podían ver otras tantas, de diferentes tamaños y concurrencias, pero todas irradiando una inmensa alegría.

Yo estuve en unas cuantas. Primero una que recién la estaban encendiendo unos hombres con atuendo jasídico. Una fogata modesta y bien acomodada dentro de un barril metálico, que cuando empezó a arder, se vio rodeada de un círculo de felices jasidim que cantaban y giraban a su alrededor. Esto fue en un parque en el barrio de Maalot Dafná, en la otra punta del cual se desarrollaba un, literalemente, llameante espectáculo. Una fogata altísima, de la altura de un edifico respetable, se erguía frente a cientos de personas de todas las edades, agrupados mayormente en familias. Claro que no podían faltar los puestos de venta de objetos luminosos y algodón de azúcar. Pero lo que sí fue sorprendente, fue las fogatas particulares que se acomodaban en distintos puntos del parque, aún alrededor de la anteriormente nombrada enorme fogata. Estas estaban en algunos casos directamente sobre el piso, y en otros en una especie de parrillita de metal. No llegué a ver si alguien traía tiras de asado, pero por lo menos ví quienes comenzaban a derretir en las llamas, coloridos malvaviscos.

Por último, y dado que los menores de la familia empezaron a asustarse del fuego, hicimos un recorrido en coche por la ciudad, para observar casi discretamente las diferentes llamaradas que la iluminaban. No sé decirles cuántas vimos, pero a cada vuelta de esquina se veía otra fogata, otro grupo de personas bailando. Las había en la vereda y en la calle. Parlantes, instrumentos, micrófonos. Las calles llenas, gente asomada a los balcones, trepados a los muros, observando de cerca y de lejos.

La música y los cantos provenientes de los diferentes puntos de la ciudad, se prolongaron hasta la madrugada. Y pequeñas llamas bailarinas rodeadas de cantidad de rojas brasas, siguieron ardiendo hasta bastante más tarde. Claro que no faltaron aquellos que continuarían la fiesta en Merón, junto a la tumba de Rabí Shimón Bar Iojai, partiendo en algún ómnibus que los lleve en un viaje de no menos de tres horas, a donde la fiesta continúa hasta pasado el amanecer. ¡Quiera Hashem que tengamos sólo razones para festejar!

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