Una granada de Eretz Israel

En nuestra Tierra Santa, Eretz Israel, había un judío temeroso de Di-s que se llamaba Nisím Kinori. Vivía en un pequeño valle, no lejos de Tiberíades, a orillas del lago Kineret, razón de su apellido, Kinori.
Reb Nisím era un hombre muy pobre. No tenía campos ni viñedos, sólo un único árbol de granadas que crecía solitario junto a su vivienda. Era un árbol realmente maravilloso, que extendía con generosidad sus largas ramas, bajo cuya sombra Reb Nisím solía pasar el día entero enfrascado en el estudio de la Torá.
Cuando llegaba la época en que el árbol se cargaba con su fruto rojo y dulce, la alegría que se respiraba en la casa de Reb Nisím no tenía límites. El árbol era la fuente de manutención de toda su familia. Ellos mismos comían de sus frutos y el resto era vendido, con lo cual les quedaba dinero para cubrir sus escasas necesidades de todo el año.
Durante las ‘tres semanas’ —que van desde el ayuno del 17 de Tamuz hasta el del 9 de Av— el árbol dejaba caer sus ramas a causa del peso de los frutos, mas nadie osaba tocar uno solo de ellos. Impacientes, esperaban a que concluyese el ayuno del 9 de Av. Sólo para el Shabat siguiente, Shabat Najamú, Reb Nisím se acercaba a su querido árbol y junto con sus hijos tomaba para sí sus primeros frutos, sus bikurím, con los que, embargado por la emoción y agradecimiento al Creador, pronunciaba con lágrimas de felicidad sus ojos la bendición de Shehejeianu.
Las granadas de Reb Nisím se habían hecho famosas en toda comarca. Tanto judíos como árabes solían apresurarse en compran y de boca a oído se murmuraba que las granadas de su árbol tenían cualidades curativas; y cuantas más se comían, tanto mejor. Incluso las mujeres narraban que la jalea elaborada con sus granadas era el mejor remedio.
No hace falta decirlo, con su único árbol de granadas Reb Nisím no hacía grandes fortunas. Con dificultad ganaba lo suficiente para su sustento y el de su familia, pues, después de todo, ¿cuánto puede producir un único árbol?
Reb Nisím tenía casi tantos hijos como granadas producía el árbol. Ellos también crecían y se desenvolvían bellamente, igual que sus frutos. Los años pasaban y el día en que habría que casar a sus hijos no estaba muy lejano. Había llegado el momento de pensar en novios adecuados para cada una de ellas. Mas, para la dote —según la costumbre de aquella época— Reb Nisím no tenía ni una miserable moneda. Es más, un día, exactamente luego de las ‘tres semanas’, ocurrió una terrible desgracia: ¡el árbol de granadas no tenía ni un solo fruto! ¡Estaba vacío! Y sus ramas caían como si el árbol se sintiera avergonzado de lo que le había ocurrido.
Reb Nisím, ese viernes anterior a Shabat Najamú, quedó largo rato parado debajo del árbol, buscando ansioso entre sus ramas, revisando cada centímetro en busca de, tan siquiera, un único fruto para poder pronunciar la bendición de shehejeianu. Miraba y miraba, mientras de sus ojos brotaba un torrente de lágrimas. ¡No veía ni una sola granada!
“Avrémale, ven acá”, llamó súbitamente a uno de sus hijos, de casi trece años. “Anda, trépate al árbol. Quizás descubras entre las hojas alguna granada sobre la que podamos bendecir shehejeianu mañana, con la ayuda de Di-s”.
Avrémale era un niño rápido e inquieto. No hacía falta decirle las cosas dos veces. En un santiamén estaba entre las ramas del árbol, trepando sin cesar. Junto al árbol, Reb Nisím esperaba con la respiración contenida.
“¡Encontré!”, surgió súbitamente la voz de Avrémale de entre las ramas del árbol. “Encontré una bella granada”.
“Baruj HaShem, bendito sea Di-s”, murmuró Reb Nisím una plegaria de gratitud al Creador por brindarle la posibilidad de pronunciar mañana, en la mesa de Shabat, la bendición de Shehejeianu.
“¡Otra más!”, gritó nuevamente el niño, y Reb Nisím, otra vez agradeció: “Baruj HaShem”. Y una vez más la voz del niño dio cuenta de haber encontrado un tercer fruto. Poco tiempo después descendía del árbol.
“No hay un solo fruto mas”.
Reb Nisím estudiaba cada uno de los frutos y se sentía altamente sorprendido. Grandes, bellos y jugosos como estos, jamás había visto en su árbol. Incluso Avrémale, un experto en cuestión de granadas, dio fe de que superaban a todo lo que él había podido conocer desde que guardaba memoria acerca de los frutos del árbol de su padre.
No pasó mucho tiempo y las mujeres de la zona comenzaron a venir con sus cestos, esperanzadas en llevar a su casa las famosas frutas de Reb Nisím.
“Lo siento mucho, pero esta vez sólo tengo esos tres frutos, que no están a la venta pues los preciso para pronunciar la bendición de shehejezanu”.
Las mujeres, comprensivas, le desearon que Di-s lo bendijera para el año siguiente, y le dieron dinero a cuenta. Reb Nisím no quiso aceptarlo, pero lo presionaron tanto que al final no le quedó otra alternativa.
Aquel Shabat Najamú, Reb Nisím y su familia se sintieron muy felices. El jefe de la familia tomó dos granadas y las cortó en partes iguales. La tercera granada quedó a un lado sin que nadie la tocara.
Entretanto, había corrido la voz de que las tres granadas que habían crecido ese año en el árbol de Reb Nisím tenían características inigualables, por cuanto el dulzón jugo de todos los frutos del árbol estaba esta vez concentrado en estos tres. Comenzaron a venir muchas personas, ofreciéndole cuantiosas sumas de dinero por la granada que aún no había sido cortada. Reb Nisím, empero, no dio el brazo a torcer. Con férrea voluntad contestó categórico que esta tercera granada quedaba a su lado, exclusivamente para Tu biShvat—cuando se comen frutos especiales por ser Rosh HaShaná de los Arboles—. Incluso su mujer le imploró que vendiera el fruto.
“Mira, ya no nos queda siquiera pan en la casa. Además, tus hijas ya están en edad de casarse, y no hay con qué hacerlo”.
Reb Nisím contestó a su mujer lo mismo que a los demás, agregando que sin duda Di-s habría de ayudarles. No había motivo preocupación.
Su mujer no quedó satisfecha. Desde ese momento comenzó acuciarlo constantemente, a causa de la situación imperante en la casa.
“Ve a otro país, fuera de Eretz Israel, y junta dinero para casar a nuestras hijas. La mitzvá de hajnasat kalá —ayudar a casar a una pobre— es muy grande, y sin duda, al saber que eres de Eretz Israel todos te ayudarán”.
Reb Nisím se negó rotundamente. No quería obtener ningún provecho del privilegio de vivir en Eretz Israel. Sin embargo, al ver el dolor y la angustia en los ojos de su esposa e hijas, decidió hacer el viaje con la condición de no revelar a nadie su procedencia.
Con el corazón contrito, se despidió de su familia y partió. En su viaje, Reb Nisím pasó por muchas ciudades y aldeas. Como jamás dijo que era de Eretz Israel, la gente le prestaba poca atención y obviamente no logró juntar una cantidad que valiese la pena para alcanzar la meta que lo llevaba tan lejos de su hogar.
Así deambuló de lugar en lugar, hasta llegar a Turquía. Era precisamente el 15 de Shvat —Tu biShvat— cuando Reb Nisím entraba en la ciudad capital, y se dirigía de inmediato a la Sinagoga.
Nadie le prestó atención.
La judeidad local estaba preocupada con su propio infortunio, un terrible decreto que se cernía sobre ellos.
El hijo del Sultán había caído presa de una grave enfermedad, y su padre estaba convencido de que los culpables eran los judíos que lo habían maldecido.
De modo pues, que el Sultán había decidido que si su hijo no se curaba, todos los judíos deberían abandonar su tierra. Este día era el último del plazo prefijado por él y si el príncipe no se curaba, un grave peligro amenazaba a los judíos.
Al concluir la plegaria matinal, toda la comunidad permaneció en el Templo para recitar los Salmos —Tehilím—, implorando al Di-s misericordioso que los aliviara del peso del terrible decreto. También Reb Nisím, asociándose al dolor de la comunidad, se sentó a recitar los Salmos. Casi de inmediato se le acercó el bedel de la Sinagoga.
“Discúlpame. ¿Eres, por ventura, de Eretz Israel?”
Reb Nisím quedó boquiabierto. ¿De dónde lo sabía?
El bedel, leyendo la pregunta en los ojos de Reb Nisím, aclaró:
“Nuestro Rabí es un hombre muy santo, y él dijo que siente en la Sinagoga el aroma de Eretz Israel. Ven conmigo, forastero”.
Reb Nisím acompañó al bedel a una habitación interior, donde estaba sentado el Rabí, un hombre muy anciano y de agradable semblante.
Una vez que quedaron a solas, el Rabí extendió su mano hacia Reb Nisím como señal de saludo, y dijo que hacía mucho tiempo que no tenía oportunidad de tener junto a sí a un judío de Eretz Israel.
¿Qué hacen nuestros hermanos de la Tierra Santa?”, preguntó el Rabí al visitante con una amable sonrisa.
Reb Nisím estaba perplejo. ¿De dónde sabía el Rabí que él era de Eretz Israel, si a nadie había revelado lo que él guardaba como celoso secreto?
“¿Probablemente el Rabí percibe el aroma de la granada que tengo conmigo?” dijo Reb Nisím, entre afirmando y preguntando.
“¿Tienes una granada de Eretz Israel?”, inquirió a su vez el Rabí con trémula voz, ahogado por la emoción.
“Sí Rabí”, respondió Reb Nisím, “y pienso comerla ahora, en honor a Tu biShvat, el Año Nuevo de los Árboles. Será para mí un alto honor poder compartir mi granada con el ilustre Rabí”.
El anciano Rabí se levantó de su asiento, se acercó a Reb Nis y lo abrazó.
“El Santo, bendito sea, te ha enviado a nosotros para salvar a comunidad del peligro de expulsión que pesa sobre nuestras cabezas”.
Luego, el Rabí contó a Reb Nisím el siguiente relato:
“Sin duda conoces la situación en que nos encontramos. Así, ayer por la noche estábamos reunidos en la Sinagoga según es nuestra costumbre, la de los sefaradím, para recitar el tikún en honor a Tu BiShvat. Todos estábamos preocupados por lo que debía acontecer hoy, pero intentamos apartar por un momento los pensamientos que nos acuciaban y depositar nuestra confianza en Di-s. Mientras estaba estudiando de nuestros sacros libros, me sumergí en un tema que aparece bajo el nombre de Peirot —frutos—. Como seguramente sabes, en los libros se menciona que existen tres tipos de frutos:
“Están aquellos que se comen tal cual son: uvas, dátiles, manzanas etc. Son diez en total. Luego, están aquellos, también diez, que poseen un carozo duro, como ser duraznos, ciruelas, etc. Y finalmente hay frutos de los cuales sólo se come su interior, en tanto que su cáscara exterior se tira. Son, por ejemplo, las nueces, las granadas, la avellanas, etc. También estos son diez. Y he aquí”, continuó el Rab su relato, “que cuando comencé a analizar más lo que dicen los Libros, a fin de alcanzar la profundidad de las cosas y comprenderlos secretos de las frutas, mientras meditaba acerca del hecho de que lo fundamental es lo interno, aquello que está más allá de lo que abarca la simple vista — mientras pensaba en todo esto, la palabra rimón—granada— comenzó a danzar delante mío, hasta que me di cuenta de que en la palabra rimoním se encontraba el secreto de la solución…
De inmediato surgió en mi pensamiento la idea de que las letras de la palabra “rimoním” son, a su vez, iniciales de otras seis palabras:
Refuat Melej Ubenó Nisím Iabí Meherá —‘la curación del Rey y su hijo, traerá pronto Nisím’. ¿Oyes? No en vano te han puesto ‘Nisím’ como nombre, ya que Nisím quiere decir ‘milagros’. Di-s te hizo emisario Suyo para que seas portador de un milagro que salve a nuestra comunidad. ¡Pronto! Vayamos al palacio. ¡No debemos perder un sólo instante!”
Reb Nisím se sentía confundido y así fue, o mejor dicho, lo llevaron, al palacio del Sultán. El Rabí y Reb Nisím fueron admitidos de inmediato y el Sultán, al verlos, gritó desesperado y con amargura.
“¡Salven a mi hijo! ¡Sálvenlo! Si lo salvan, los colmaré de oro, nunca lo olvidaré, y seré muy bueno con los judíos durante toda mi vida…”.
“Llévanos ante él”, dijo el anciano Rabí. “Con la ayuda de Di-s, curaremos a tu hijo”.
Fueron llevados a la cámara del príncipe, a quien encontraron acostado, pálido y sin la más mínima señal de vida. Reb Nisím extrajo el fruto de su bolsa, quitó con sumo cuidado el envoltorio, y se lo mostró al Rabí. La granada continuaba fresca y jugosa igual como en el primer momento, cuando fuera cortada del árbol.
Reb Nisím extrajo también un cuchillo y cortó la granada en dos. Limpió una de las mitades de su cáscara y exprimió unas gotas del jugo en un pequeño vaso.
El enfermo tragó las gotas y a los pocos minutos abrió los ojos. Otras gotas más, y todos pudieron ver con sus propios ojos que las fuerzas regresaban al joven príncipe.
El Sultán besó las manos del anciano Rabí y de Reb Nisím.
“Habéis salvado la vida de mi hijo”, dijo. “Jamás podré olvidarlo”. La segunda mitad había sido guardada por Reb Nisím para decir sobre ella la bendición, en honor a Tu biShvat.
Felices, regresaron de inmediato a anunciar las buenas nuevas a la afligida comunidad y, se sobreentiende, Reb Nisím regresó a su casa colmado de riquezas, regalos del Sultán.
En su casa, le daba la bienvenida el viejo árbol de granadas nuevamente cargado de frutos colorados, dulces y jugosos.

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