Servicio secreto

Reb Moshé Maisels, uno de los más respetados judíos de Vilna, había sido alumno del famoso Gaón, Rabí Eliahu de Vilna. Más tarde, sin embargo, se volvió un fiel jasid del Rebe y siempre estaba dispuesto a cumplir cualquier misión que el Rebe le encomendara. La última que le fuera encomendada fue, en verdad, la más difícil y peligrosa.
Estaba relacionada con la invasión a Rusia por parte de Napoleón, en el año 1812.
Las triunfantes tropas de Napoleón marchaban a través de Europa. Una victoria detrás de la otra las trajo cada vez más cerca de la frontera con Rusia.
En esos días, Reb Moshé recibió una carta secreta del Alter Rebe. En ella, el Rebe informaba a su fiel jasid que el primer día de Rosh HaShaná, durante la tefilá de Musaf, le fue revelado que si Napoleón Bonaparte vencía al Zar Alejandro de Rusia, mejoraría la posición económica de los judíos de Rusia pero su bienestar espiritual sufriría una gran caída. Por el otro lado, si el Zar Alejandro resultaba ser el vencedor, los judíos seguirían soportando pobreza y persecuciones, pero su lealtad a Di-s y a la Torá se fortalecería más que antes.
Como para los judíos el bienestar espiritual es la cosa más importante, el Rebe sentía que había que hacer todo lo posible para ayudar al Zar en su guerra contra los invasores franceses. Además, el Rebe tenía una pésima opinión de Napoleón. Lo consideraba una persona despiadada, arrogante y perversa, que negaba la existencia de Di-s y sólo estaba interesado en ver crecer su propio poder y gloria, incluso si ello significaba provocar la miseria de incontables seres humanos por medio de la guerra y el derramamiento de sangre.
Además, el Rebe sentía una deuda de gratitud hacia el Zar, quien había intervenido personalmente para liberarlo de todos los cargos de alta traición de que se lo acusara, y por los que había sido encarcelado en dos ocasiones, una vez en 1798 y la otra en 1800. Ahora veía el Rebe una oportunidad de devolver el favor recibido.
Cuando las tropas de Napoleón llegaron a las puertas de Vuna, Reb Moshé Maisels “se encontró” en la zona ocupada. Se hizo amigo de los oficiales franceses y los impresionó muy favorablemente con su conocimiento de varios idiomas y su cultura general.
Cuando era necesario un traductor para interrogar a los soldados u oficiales enemigos, para tratar con el populacho local o para redactar notificaciones oficiales o proclamas, Reb Moshé era convocado con mucha frecuencia para ayudar a cumplir con estas tareas.
No pasó mucho tiempo hasta que Reb Moshé se convirtió en intérprete y traductor del alto mando francés gozando de su total confianza, confianza que se veía fortalecida por el hecho de que ellos sabían que Napoleón era muy estimado entre los círculos intelectuales judíos, considerado el ‘libertador’ del despotismo zarista y el portador de un nuevo espíritu de libertad y educación. Los franceses estaban convencidos de que un intelectual de la talla de Reb Moshé pertenecía sin duda a esos círculos.
Gracias a todo esto Reb Moshé fue gustosamente aceptado en el Cuartel General del ejército francés, y podía entrar y salir de él con toda libertad. Así, Reb Moshé tuvo oportunidad de enterarse de muchos secretos militares importantes y por medio de su conexión con otros jasidím del Alter Rebe podía transmitir información vital a los generales rusos en el frente de batalla.
Uno de los más importantes servicios que Reb Moshé rindió al ejército ruso fue salvar su arsenal militar en las afueras de Vilna, una zona todavía en poder del Zar. Reb Moshé había descubierto que agentes franceses planeaban hacer estallar el arsenal, y su oportuna voz de alerta permitió a los rusos aumentar las medidas de seguridad en los alrededores. Los agentes franceses fueron capturados antes de que pudieran llevar a término su tarea mortal.
Cierta vez, cuando Reb Moshé Maisels se encontraba en el Cuartel General Francés, los generales estaban planeando su próximo ataque. Sobre la mesa se habían extendido enormes mapas y los oficiales debatían acaloradamente las diferentes formas de distribuir sus fuerzas militares en el frente de batalla de manera que pudieran dar al ejército ruso un golpe inesperado.
Reb Moshé fingió no escuchar ni ver lo que estaba sucediendo, mostrándose desinteresado en la acalorada discusión. Los generales, por su parte, no le prestaron atención, ya que él estaba sentando en un rincón ocupado con una traducción.
De golpe se abrió la puerta y entró Napoleón con su habitual manera brusca, como un tornado. Los generales se pusieron de pie de un salto, firmes. El Emperador dominó toda la escena con una sola mirada.
“¿Qué hace este extraño aquí?”, preguntó refiriéndose a Reb Moshé. Sin esperar respuesta, Napoleón corrió hacia él y gritó: “¡Tú eres un espía!” Y diciendo esto apoyó su mano sobre el pecho de Reb Moshé para determinar si su corazón latía con más violencia al verse descubierto.
Pero el corazón de Reb Moshé no se había acelerado. Latía con la tranquilidad normal. Tampoco su rostro había empalidecido, mientras contestaba en perfecto francés:
“Majestad, sus generales me han nombrado su intérprete y estoy a la espera de sus órdenes”.
Sus fríos modales y su serena voz tranquilizaron completamente a Napoleón, haciendo desvanecer sus sospechas de inmediato. Así, Reb Moshé se salvó de una muerte segura.
La estrategia del Comandante en Jefe de las fuerzas rusas -Kutuzov- consistía en no trabarse en una batalla decisiva con los franceses, sino, en cambio, demorar su avance lo más posible y dejar que el severo invierno ruso hiciera lo suyo. Creía, y estaba en lo cierto, que destruyéndolo todo antes de dejarlo caer en manos del ejército enemigo y haciendo más extensa la línea de abastecimiento francesa, junto con el riguroso frío invernal, podría eventualmente quebrar la fuerza del invasor francés. Para el éxito de este plan era de vital importancia que las principales fuerzas rusas no fueran superadas en un ataque demoledor por sorpresa. En consecuencia, conocer todos los planes de la inteligencia militar francesa era de crucial importancia para los rusos. Kutuzov y los demás generales en el frente apreciaban enormemente la ayuda que e lAlter Rebe les brindaba a través de sus devotos jasidím.
Cuando la vanguardia de las columnas francesas se aproximó a Liadí, los generales rusos pusieron a disposición del Alter Rebe varias carretas y caballos para ayudarle a él y a su familia, así como a todos los demás que quisieran evacuar la zona, a hacerlo lo más rápido posible, entregándoles también pases que les permitieran cruzar las líneas militares rusas.
Luego de la aplastante derrota de Napoleón en Rusia, el Zar Alejandro expresó su agradecimiento también al hijo y sucesor del Alter Rebe, Rabí Dovber Shneuri, el Miteler Rebe, otorgándole el título especial de “Ciudadano de Honor”, de carácter hereditario. Esto elevó enormemente la posición del Míteler Rebe, así como la de sus sucesores, a los ojos del gobierno ruso, y les resultó de excelente utilidad en su dedicada labor en favor de la judería rusa.
Cuando Reb Moshé Maisels relató el episodio de su encuentro con Napoleón al conocido jasid y Gaón Rabí Aizik HaLeví de Homel -uno de los más prominentes jasidím del Alter Rebe- le confesó que el Alef-Bet (las enseñanzas más básicas) del jasidismo salvaron su vida en ese momento, y lo explicó de la siguiente manera:
“El Rebe nos enseñó que la ‘Alef’ (el principio más elemental) del jasidismo es que un judío debe usar sus fuerzas naturales en el servicio a Di-s. Una de ellas -como lo explica el Rebe en su sagrado libro Tania – es que el intelecto domina el corazón. En otras palabras, de acuerdo con la naturaleza con que Di-s creó al hombre, la razón es más fuerte que el sentimiento. De un modo más simple, esto significa que la persona tiene las fuerzas necesarias para controlar sus emociones. Sin embargo, no basta con que el individuo sepa esto; debe entrenarse con insistencia para poder valerse de esta fuerza en su vida y conducta diarias, hasta que se convierta en un hábito natural en él. En la práctica esto significa que cada uno vez que la persona siente deseos poderosos de algo, debe decirse a sí mismo: “Puedo prescindir de esto”. Demás está decirlo, esto se aplica no sólo a las cosas que la Torá prohíbe sino también a las que permite, pues ni siquiera en ellas debe la persona excederse. El ejercicio de este “control propio” es la ‘Alef del jasidismo que el Rebe nos ha enseñado. Una vez logrado este autodominio, la persona puede seguir avanzando con firmeza
“Así”, continuó Reb Moshé, “yo me acostumbre a ejercer sobre mí este autocontrol, de manera que en todo lo que pienso, hablo y hago, sea mi mente la que controla mi corazón. Y en los casos en que es importante que el corazón exprese sus sentimientos, también el intelecto tiene que tener la palabra rectora, asegurándose que los sentimientos no se descontrolen.”
“De modo que me entrené para controlar mis emociones, y no dejarme dominar por ellas bajo ninguna circunstancia, ni amedrentarme por nada ni por nadie”.
“Y esa ‘Alef’ del jasidismo salvó mi vida”.
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