La corte Corrupta

“Toda la gente lo considera un hombre noble. Algunos lo buscan para resolver sus diferencias”…

Un juez gentil vivía cerca de la casa de Ima Shalom, quien era la hermana de Raban Gamliel y esposa de Rabí Eliezer.
Este hombre era considerado justo y honrado. “El nunca acepta soborno,” comentaba la gente.
“Yo no creo que sea así,” insistió Rabán Gamliel. “Estoy seguro que toma sobornos.”
“Pero nadie sabe acerca de eso y toda la gente lo considera un hombre noble. Lo respetan mucho,” dijo Ima Shalom. “Es tan apreciado que hasta algunos Judíos lo buscan para resolver sus diferencias.
“Entonces debemos demostrarles a todos que su honestidad no es más que un engaño,” afirmó Rabán Gamliel.
“¿Cómo podemos lograr eso?” preguntó su hermana.
“Presta atención,” le dijo, y le susurró su plan al oído. El juez escuchó un golpe en su puerta y respondió él mismo. Allí se encontraba su distinguida vecina, Ima Shalom.
“¡Bienvenida a mi casa!” le dijo afectuosamente. “¿Qué te trae por aquí?”
“Tengo un caso que quiero que usted lo trate,” le explicó.
“¿Has venido a mí? ¿A mi corte?” le preguntó sorprendido. “¿Por qué no vas a las cortes judías?”
“Si voy a ellas perderé el caso,” respondió la mujer.
“¿Qué quieres decir?”
“Mi padre falleció hace poco tiempo,” comenzó a explicarle. “Y dejó una herencia considerable para sus hijos. Mi hermano, Rabán Gamliel, tomó la mejor parte y no dejó nada para mí ya que, de acuerdo con la Torá, una hija no hereda cuando el difunto tiene hijos varones .
“¿Cómo puedo ayudarte entonces?” preguntó el juez.
“Quiero que tú convoques a mi hermano a tu corte. Yo confío en tu rectitud y buena decisión para ver que la justicia se cumpla,” le comentó ella. Y con estas palabras, sacó una deslumbrante lámpara de oro y la puso sobre la mesa del juez.
El estaba casi cegado por el fulgor deslumbrante de la magnífica lámpara. “Regresa a tu casa,” le dijo el juez. “No te preocupes que tú saldrás complacida de la sala de tribunal.”
Una gran multitud se reunió en la corte del juez gentil para ver el espectáculo.
“¿No es extraño que Raban Gamliel y su hermana no hayan encontrado otra corte más que la de un no judío para resolver la disputa acerca de la herencia de su padre?” le susurró un hombre a su vecino.
“Seguramente Rabán Gamliel no habría estado de acuerdo en venir sin una buena razón,” le aseguró su amigo. “¡Pronto nos enteraremos cuál es el verdadero motivo!”
Un gran silencio reinó en la sala de tribunal cuando el juez entro.
“Póngase de pie y declare por qué ha venido acá hoy,” le dijo el juez a Ima Shalom.
“Yo exijo una parte de la herencia de mi padre,” explicó la mujer. “Mi hermano se niega a darme ni un centavo”
“¿Por qué usted no quiere darle a su hermana nada de la herencia?”. Le preguntó el juez a Rabán Gamliel.
“La ley en nuestra Torá declara que una hija no hereda nada de la heredad de su padre,” respondió. “Sólo cuando no hay hijos varones ella puede exigir la herencia.”
El juez leyó su resolución, “Es el parecer de la corte que, a partir del día en que el Templo de ustedes fue destruido, la Torá se ha vuelto inválida, y ha sido reemplazada por nuestro código de ley. Nuestra ley declara que hijas e hijos deben dividir la herencia por igual .“
La audiencia se dispersó. Al día siguiente, Raban Gamliel fue a ‘visitar’ al juez.
“Entre las cosas que yo heredé de mi padre había un burro de Libia de raza pura. Salga y véalo,” le dijo Raban Gamliel, quien condujo al juez al patio. “¡Este burro no tiene su igual en este mundo!” dijo Raban Gamliel. “Me gustaría regalárselo a usted. Estoy seguro que deseará volver a considerar la resolución que anunció ayer.”
Los ojos del juez se redondearon al ver la magnífica bestia. Pero la lámpara de oro que había recibido de Ima Shalom parecía hacerle señas desde el estante, como si le preguntara, “¿Y qué hay de mí?”
“Tendré que estudiar la ley nuevamente,” le dijo con aturdimiento. “Tal vez encuentre una solución.”
Unas horas más tarde, le pidió a su sirviente que convoque a los dos contendientes a la corte nuevamente.
La noticia se expandió por toda la ciudad. Esta vez, la multitud de espectadores era aún mayor. Después de todo, era bastante inusual que un juez examine otra vez su fallo y que llame a las partes para un segundo juicio.
Raban Gamliel e Ima Shalom se sentaron en sus lugares. El juez entró y su asistente impuso silencio en la reunión. La corte estaba sesionando.
El juez carraspeó y dijo, “He estudiado todos los libros de leyes a propósito de nuestro caso. Al final de un libro encontré que estaba escrito: ‘No podemos agregar ni quitar de la ley de Moisés.’ En vista de esto, debo retractar mi resolución original y decidir a favor de Raban Gamliel quien dice que las hijas no tienen derecho sobre la herencia de su padre.”
Gritos de sorpresa llenaron el aire.
“¡Juez! ¡Juez!” exclamó Ima Shalom, “¡Que su resolución difunda luz como la lámpara de oro que yo le di!”
Rabán Gamliel sonrió, “Es imposible porque yo le di al juez un hermoso burro de Libia que dio una patada sobre tu lámpara de oro…
El juez, con su cara roja como una remolacha, se escapó de la sala de justicia la cual estaba llena de gritos de desprecio y risas atronadoras.

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