Ierushalaim Shel Zahav- Jerusalem de oro

Cuando Rajel descansaba en la paja que le servía como cama, recordó su vida antes de Akiva…

Ella había sido casi una princesa, la querida hija del adinerado Kalba Savua. Nada le faltó, ni los vestidos más bonitos, ni las delicadezas más exquisitas. Pero ella no cambiaría su vida con Akiva por nada del mundo. Pues sus aspiraciones estaban puestas en otra parte – su marido un día sería un gran estudioso de la Torá. No le importó que su padre la expulsara de su casa, o que la gente se riera de ella- no tenía duda de que un día Akiva sería un líder de Israel.
Alguien golpeó a la puerta. Akiva contestó y vio en el umbral un hombre vestido con harapos. “¡Por favor, tengan piedad de nosotros!. ¡Mi esposa ha dado a luz y no tengo ni siquiera una cama para ella y el bebé!”. Rajel saltó, mirando a su alrededor. El hombre dijo: “Un pedazo de paja ayudaría mucho”. Ella recogió un montón de paja suave y la entregó al hombre agradecido.
“Ves, Rajel,” susurró su marido, “ellos son más pobres que nosotros. Pero algún día te compraré un IERUSHALAIM SHEL ZAHAV (una tiara dorada grabada con los paisajes de Jerusalem)”. Ella sonrió, feliz con sus amorosos pensamientos.
Los días pasaron. La vida era dura para Rajel, pero sus pensamientos nunca se hallaban en el presente; ella esperaba que su sueño se hiciera realidad.
Akiva tenía cuarenta años y recién estaba embarcado en su educación, empezando con el alfabeto hebreo. ¿Sería posible lograr lo imaginado por su esposa? Los pensamientos de Akiva se interrumpieron por un espectáculo asombroso. Al lado del camino había una enorme piedra con un descomunal agujero en su centro. Lo miró preguntándose qué tipo de herramienta pudo hacer semejante orificio y con qué propósito, cuando notó una pequeña gota de agua pegando en el boquete. Vio que el proceso se repetía continuamente. Entonces comprendió que las suaves gotas habían horadado la dura piedra. Allí estaba la respuesta a su pregunta; si el agua pudo agujerear la piedra, entonces las sagradas palabras de la Torá podrían penetrar en su corazón, incluso a los cuarenta años.
Los rasgos que Rajel había percibido en su marido el pastor maduraron y su aprendizaje progresó. Estaba adquiriendo fama como maestro y estudioso de la Torá. Rajel lo había animado a marcharse y sumergirse en el estudio; era duro creer que habían pasado 24 largos años. Akiva el pastor se había convertido en Rabi Akiva, el maestro de 24.000 alumnos, el más grande de su generación. Había llegado el momento de su retorno triunfante a casa y a su esposa.
La multitud se apiñaba alrededor de Rabi Akiva y sus discípulos. De repente, una mujer surgió de la muchedumbre y alcanzó el pliegue de su chaqueta y la besó. Los estudiantes la rodearon e intentaron empujarla, pero su maestro los reprendió: “¡Es mi esposa! ¡Sepan que lo mío y lo de ustedes es propiedad de ella!”
También entre los que acudieron para dar la bienvenida al tzadik estaba Kalba Savua, el padre de Rajel. Había sufrido durante muchos años desde que había echado a su hija de su casa. Ahora, la llegada del líder de la generación le daría la oportunidad de corregir el terrible mal que había hecho. Rabi Akiva recibió al hombre cortésmente y escuchó la historia.
“Si usted hubiera sabido que el pobre e ignorante pastor, un día se volvería un gran estudioso, ¿habría actuado diferente?” Inquirió Rabi Akiva.
“¡Por supuesto, si el pastor hubiese sabido aunque fuera una ley de la Torá, hubiese permitido el matrimonio!”
Rabi Akiva le dijo:”¡Entonces debe saber que yo soy ese pastor, y en mérito de su hija he logrado esta posición!”
Rabi Akiva pudo anular el voto que Kalba Savua hizo tantos años antes. El hombre anciano, feliz, le dio la mitad de su gran riqueza a la pareja.
Rabi Akiva no había olvidado la promesa que hizo hace muchos años – había logrado la grandeza; y además de la corona de la Torá, Rajel vistió una corona de oro- el IERUSHALAIM SHEL ZAHAV

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