Por un compromiso quebrado

Antes de que el famoso Rabí Leví Itzjak se convirtiera en el Rav de Berdichev, era Rav
En Pinsk, Rusia. Por esa época vivía en Pinsk un noble jasid llamado Reb Simja.
En virtud de su nombre, que quiere decir ‘alegría’, ustedes podrían imaginar que era un hombre lleno de la “alegría de la vida”. Pero Reb Simja no parecía hacer honor a su nombre. Siempre se lo veía triste. El motivo de su melancolía era que no había sido bendecido con un hijo a pesar de estar casado ya hacía muchos años.
Reb Simja hablaba con frecuencia de su constante pena con Rabí Leví Itzjak y, llorando, le imploraba que rezara por él para que fuera bendecido con un hijo. Pero pasaban los días, las semanas, los meses, y aun los años, y Reb Simja seguía solo.
“Ya llegará el momento oportuno”, trataba de reconfortarlo Rabí Leví Itzjak. “Ten paciencia”.
A principios del mes de Siván de 5545 (1785), Rabí Leví Itzjak llegó a Berdichev como el nuevo Rabino, y los judíos de la ciudad organizaron una gran celebración mientras salían en forma masiva a recibirlo y darle la bienvenida.
Reb Simja decidió que el momento era apropiado para que él estuviera entre aquellos que salían a rendir honores al famoso Rabí Leví Itzjak, de modo que pidió audazmente una audiencia con el Rabí y tuvo la suerte de lograr una oportunidad para hablar con él.
“Por favor, Rabí, seguro que tus plegarias por mí, en este momento, rendirán su fruto”, imploró. “Mi vida no tiene sentido en tanto no tenga hijos”.
“Reb Simja, yo no puedo ayudarte, pero, ¿harás como te digo?”
“Lo que sea, Rabí. Simplemente dime qué tengo que hacer”, respondió ansioso Reb Simja.
“Ve de inmediato a la calle en la que se encuentra la sinagoga. Allí en la esquina verás una casa vieja, pequeña y semiderruida. Entra en ella y encontrarás un anciano judío preparándose para salir de viaje. Cuéntale tu historia y dile que yo te envié a él”.
Reb Simja no se detuvo para preguntarse el por qué de las misteriosas instrucciones que Rabí Leví Itzjak le diera, sino que partió de inmediato y encontró la pequeña casa sin dificultad. L~ puerta estaba abierta y Reb Simja entró. Tal cual le había dicho Rabí Leví Itzjak, había allí un anciano empacando su talit, sus tefilín y algunos libros, y parecía no haberse dado cuenta de la entrada del extraño. Cuando Reb Simja vio que el anciano no le prestaba atención, decidió dar a conocer su presencia exclamando:
“¡Reb Id! Vengo aquí por sugerencia de Rabí Leví Itzjak”.
El anciano judío se volvió entonces y lo saludó con un apretón de manos y un Shalom Aleijem, mientras decía: “Mi nombre es Leib Sara’s”.
Reb Simja le contó toda su historia y Reb Leib lo escuchó sin interrupción hasta que hubo terminado. Entonces le dijo: “El motivo de que no hayas sido bendecido con hijos es que, una vez, avergonzaste a una joven judía”.
Reb Simja se dio cuenta de inmediato cuál había sido su culpa. De joven se había comprometido en matrimonio con una mujer de Suvalk. Pero cuando el padre de la joven no pudo juntar la dote que él esperaba recibir, había quebrado el compromiso. “El dolor causado a la pobre e inocente joven al quebrar el compromiso por una culpa que no era de ella fue realmente muy grande”, dijo Reb Leib. “Nadie puede ayudarte hasta que no seas perdonado por aquella persona en contra de quien has actuado tan cruelmente. ¿Cuánto dinero tienes?”, preguntó Reb Leib.
“Tengo un pequeño negocio que generalmente administra mi mujer.
Si lo vendo, así como todo lo que poseo, puedo llegar a juntar un par de cientos de rublos”, respondió Reb Simja.
“Pues bien, ¿estarías dispuesto a sacrificar todo eso con tal de tener un hijo?”, preguntó Reb Leib.
“En cuanto a mí, puedo responder sin dudarlo. Sí. Pero debo hablar con mi mujer antes para saber qué opina ella”.
“Muy bien”, dijo Reb Leib. “Ve a casa y averigua qué quiere tu mujer. Si ambos están de acuerdo, tu próximo paso será el siguiente:
toma doscientos rublos y viaja a Balta. Allí, en el mercado, encontrarás a quien alguna vez fuera tu kalá (prometida). Ofrécele el dinero y pídele que te perdone por el mal que le has causado”. Reb Simja corrió a casa, contó a su mujer todo lo que se le había aconsejado hacer, y con su consentimiento partió hacia Balta. Cuando llegó al mercado buscó durante horas en cada sitio imaginable, pero por más que lo hiciera a conciencia no vio a nadie que se pareciera a quien alguna vez fuera su kalá. Descorazonado, ya estaba por irse cuando de repente comenzó a llover. Reb Simja buscó refugio en el hueco de una puerta, esperando que pasara la lluvia. Allí, precisamente, vio una mujer de gran parecido con aquella que estaba buscando. Ansioso, le preguntó su nombre. El reconocimiento pareció ser mutuo pues ella dijo: “¿No eres tú aquél ‘noble’ joven que no pensó dos veces en quebrar el corazón de una niña pobre e inocente? Espero que hayas tenido mejor suerte”. “Realmente he sido muy castigado por mi maldad”, dijo Reb Simja. “No he encontrado felicidad en mi matrimonio pues no tengo hijos. Te he traído doscientos rublos como regalo y te suplico que me perdones”, imploró, con lágrimas en los ojos. “No sabía cómo enmendar el pecado de mi juventud, por el profundo dolor que te he causado. Por consejo de un hombre santo vine ahora a traerte este dinero y espero que encuentres en tu corazón lugar para perdonarme”, terminó de hablar Reb Simja con la voz quebrada.
“En verdad, no mereces perdón, pero dado que has sido enviado a mí por un hombre santo, obedeceré. No obstante, no preciso ni quiero tu dinero. Más bien ve a Suvalk y entrega el dinero a mi hermano. Casualmente le faltan doscientos rublos para casar a su hija, y sólo bajo esta condición te perdonaré. Toma, éste es su nombre, y ésta su dirección.
“Muchas gracias, muchas gracias, te lo agradezco tanto”, dijo Reb Simja, y salió corriendo sin sentir la lluvia en medio de su profundo alivio.
Reb Simja partió de inmediato hacia Suvalk para ver al hombre a quien debía entregar el dinero. Cuando llegó a su casa encontró a éste en un estado de desesperación.
Cuando escuchó la historia de Reb Simja y el motivo de su visita, lo miró como si estuviera observando una visión o estuviera soñando.
“No entiendo lo que pasa”, le dijo a Reb Simja. “Me faltan exactamente doscientos rublos, y a menos que los tenga, mi hija no se podrá casar. Esto parece más bien un milagro. Pero lo que de ninguna manera puedo entender es cómo puedes decir que te has encontrado con mi hermana en el mercado en Balta. ¡Ella murió hace quince años!”
Reb Simja no esperó para seguir discutiendo el tema. Se sentía muy aliviado de que el hombre aceptara el dinero. Le agradeció de todo corazón, apretó su mano cálidamente, y le deseó Mazal Tov y satisfacciones de su hija que, sin duda, sería bendecida con muchos hijos. Mientras se apuraba, Reb Simja a duras penas podía creer su buena fortuna. Sus años parecían haberse desvanecido mientras con pasos ligeros, y con un corazón más ligero aún, se dirigió a la estación.
La alegría de su mujer fue inmensa cuando Reb Simja llegó a casa y le contó todo lo que había sucedido. Y más grande aún fue la dicha de ambos cuando un año después su mujer dio a luz un niño.
Entonces, realmente, Reb Simja hizo honor a su nombre – “Simja”.

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