Veo, veo ¿que ves?

Rabi Aharon-Moshe era un seguidor de Rabi Iaakov Itzjok Horowitz, el Vidente de Lublin. Él siempre se esforzaba por pasar el mínimo de tiempo en compañía de pecadores judíos. Esto no era porque los miraba con desprecio, o porque no tenía sentimientos de amor por ellos. No era el caso.

Más bien, su nivel de pureza era tal que con una mirada, con su visión espiritual penetrante, podía descubrir los secretos más íntimos, incluso cada pecado físico que habían hecho. Este conocimiento lo hacía sentir tan incómodo que evitaba encontrarse con cosas así, siempre que le fuera posible.

Una vez, tuvo la oportunidad de estar en el mismo lugar que Rabi Abraham-Iehoshua Heschel, el Rebe de Apta, conocido como el “Ohev Israel”- “el Amante de Israel“ (llamado así por el libro de su autoría y además porque ese título se adaptaba mucho a su actitud con respecto a sus hermanos iehudim). El jasid aprovechó la oportunidad de consultar con él, y le preguntó melancólicamente: “¿Qué puedo hacer? Me es posible ver en los corazones de otros y lo que advierto me apena muchísimo“.

El Rebe (quién a menudo se refería a sí mismo en plural) contestó: “Mi estimado Aharon-Moshe, en nuestra juventud nosotros también vimos cosas. Cuando un judío venía ante nosotros, sabíamos lo que él era inmediatamente y cuales eran sus hechos. Cuántas encarnaciones habían vivido, y en qué errores y manchas habían incurrido cada vez.

Después, llegamos a la realización de que no es apropiado ver en el corazón de otro judío y los misterios que están allí ocultos, para percibir cosas que no son positivas. Así que oramos al Misericordioso para que Él quite de nosotros esta habilidad. Desde entonces, siempre que un judío viene ante nosotros, vemos sólo las buenas acciones y las rectificaciones del alma que logró en cada encarnación.

Usted también, Aharon-Moshe, debe pedir esto del Todopoderoso, y así dejar de percibir lo que no es necesario ver. “Las cosas confidenciales son para Di-s, nuestro Di-s, mientras que lo revelado pertenece a nosotros y nuestros hijos”. [Deut. 29:28]

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