La zanja

Relatado por Rabi Iosef Itzjak de Lubavitch

Un hombre de negocios adinerado y su cochero, llegaron a una ciudad una tarde de viernes. El hombre rico se estableció en el mejor hotel del pueblo, y el cochero se alojó en un hospedaje más humilde.
Los dos se lavaron y vistieron en honor al Shabat y partieron a la sinagoga para la Plegaria de la tarde. En su camino al shul, el hombre de negocios se encontró con un carro grande que se había desviado del camino y se había atrancado en una zanja. Apresurándose para ayudar a un prójimo en la necesidad, el hombre de negocios bajó a la acequia y empezó a empujar y tirar al carro junto con el desgraciado chofer. Pero a pesar de toda su sutileza para manejar los más desafiantes tratos comerciales, cuando se trató de extraer un carro y un equipo de caballos de una reguera barrosa, el tema estuvo totalmente fuera de su alcance. Después de esforzarse durante una hora en el barro hasta las rodillas, sólo tuvo éxito en estropear su mejor traje de Shabat, reunir una serie impresionante de cortes y lastimaduras, y hacer que el carro se hundiera más en el barro. Finalmente, arrastró su cuerpo cojeando a la sinagoga, llegando un minuto escaso antes del comienzo de Shabat.
Entretanto, el cochero llegó temprano a la sinagoga y se sentó para recitar unos capítulos de Salmos. En la sinagoga se encontró con un grupo de pobres errantes, y siendo dueño de una naturaleza generosa, el cochero los invitó a todos a compartir su comida de Shabat.
Cuando el Shamash de la sinagoga se acercó a los pobres sin hogar para colocarlos durante las comidas en casas de familias del pueblo- como es la costumbre en las comunidades judías- recibió la misma contestación de todos: “Gracias, pero ya me han invitado para la comida de Shabat”.
Desgraciadamente, el presupuesto del cochero era escasamente igual a su generoso corazón. De modo que su docena de invitados dejó su mesa con apenas algo más que una sombra de comida en su hambriento estómago.
Así el cochero, con sus veinte años de experiencia removiendo carros de pozos de barro, tomó sobre sí el alimentar a un pequeño ejército, mientras que el hombre de negocios adinerado cuya comida sobrante de Shabat podría alimentar fácilmente a cada hombre hambriento dentro de diez millas a la redonda, se debatió en una reguera…

* * *

Rabi Iosef Itzjak de Lubavitch contó esta parábola, y explicó su moraleja: “A cada alma se le confía una misión única, y se le conceden las aptitudes específicas, talentos y recursos necesarios para triunfar en el rol que se le adjudicó. Uno debe tener cuidado de no volverse una de esas almas perdidas que vagan desgraciadamente a través de la vida, probando y esforzándose en cada campo, salvo en lo que es de verdad inherente a lo suyo propio”.

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