Inspiración interior

A menudo, cuando encontramos algo nuevo, algo que dispara nuestra imaginación o nos inspira, nos excitamos. Nos arrojamos a ello. Nos entusiasmamos, incluso nos hacemos fanáticos, queriendo saber todo, hacer todo, compartir todo. Por ejemplo, si descubrimos la satisfacción del ajedrez, o nos volvemos admiradores de un escritor particular, o nos interesa un deporte, o empezamos a cultivar un huerto o jardín, o incursionamos en la cocina macrobiótica: compramos libros, navegamos y buscamos en internet, nos unimos a los grupos de facebook, reclutamos amigos, familia, vecinos. Y entonces, con el tiempo, nuestra inspiración, energía y entusiasmo disminuyen. Todavía estamos interesados, todavía estamos involucrados, pero nuestra actividad asume un cierto tono mecánico. No queremos que sea así. Queremos el entusiasmo porque la actividad todavía nos interesa, todavía tiene valor e importancia para nosotros.

Este mismo sentimiento, este mismo proceso, aplica a nuestro importante encuentro con el Judaísmo. Cuando primero encontramos una Mitzvá particular, o un tema de Torá inspirador o un nuevo maestro, nuestra energía y entusiasmo no saben de límite cuando tenemos sed para la experiencia. Y entonces, después de un tiempo, aunque la experiencia es tan parte de nosotros que no entra en nuestras mentes detenernos, nos preguntamos dónde está ese “niño maravillado” que parecíamos y que no continúa allí? ¿Debemos experimentar el entusiasmo chato? ¿La inspiración sólo es buena al comenzar, y entonces todo es simplemente rutinario?

Rabi Aharon de Karlin ofreció una parábola para explicar la situación. Un comerciante adinerado decidió ayudar a dos personas pobres en su pueblo. Le entregó a cada uno 5,000 rublos con la condición de ser reembolsado en cinco años. El primer pobre salió inmediatamente y compró una nueva y elegante casa, nueva ropa para su familia, incluso un coche caro. Vivió bien hasta que el dinero se terminó. Al final de los cinco años volvió al comerciante, seguro de que conseguiría un nuevo préstamo, o por lo menos, una extensión del que había recibido. El comerciante estaba furioso. “Has abusado del préstamo,” el comerciante dijo, “desperdiciando la oportunidad y recursos que te proporcioné. El préstamo debe reembolsarse a la brevedad” El segundo pobre, por otro lado, compró sólo las necesidades básicas, y con cautela. Tomó el resto y, después de hacer alguna investigación, invirtió en un negocio en el que se sentía competente. Cuando el negocio empezó a crecer, puso parte de las ganancias de lado como reembolso del préstamo. Él y su familia trabajaron duramente, apreciando el préstamo, siempre conscientes de él. Despacio pudo apartar bastante para poder pagar la ayuda. Su negocio también creció, claro, para que él y su familia no fueran pobres nunca más, viviendo modestamente pero cómodamente. Al final de cinco años, fue al comerciante, y, después de agradecerle profusamente el préstamo, explicó cómo lo había usado, y devolvió el dinero. “Guárdelo como un regalo” el comerciante dijo: “usted ha invertido sabiamente y ha dado un buen uso a mi dinero” La lección está clara: Debemos internalizar la inspiración inicial, invertirla, asimilarla en nuestro ser para que, cuando la necesitamos, podamos encontrarla – dentro de nosotros.

(Del l’chaim weekly)?

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