“Cholent” y Lágrimas

Se cuenta que un tabernero judío, simple e iletrado, decidió viajar a la comunidad judía más cercana a su distante aldea para Rosh Hashaná.
En la mañana de Rosh Hashaná, entró al Shul (Sinagoga) y apenas sabiendo de qué manera sostener el libro de Plegarias, se cubrió con su Talit y se ubicó en la parte trasera del templo. Las horas pasaban. El hambre empezaba a carcomer su estómago, pero los sonidos apasionados de la Oración a su alrededor no evidenciaban señal de acabar. ¿Por qué tardaban tanto tiempo? ¿No hemos orado bastante? El servicio se estiraba más aún. De repente, cuando el oficiante llegó a un pasaje particularmente especial, la congregación entera estalló en lágrimas. “¿Por qué están llorando?” Se preguntó el tabernero. Entonces se dio cuenta. “¡Claro! Ellos, también tienen hambre. Están pensando en la comida y el servicio interminable”. Dio rienda suelta a su angustia; y su lamento se unió al de los demás sollozando con todo su corazón. Después de un rato, la esperanza del posadero hambriento se esfumó, pues las oraciones siguieron. “¿Por qué no lloran más?” Se preguntó. “¿No están acaso hambrientos?”
Entonces recordó el cholent ¡El cholent lo esperaba! Y todo lo otro que su esposa había preparado para la comida de la festividad palidecía comparado con ese cholent. Recordó el pedazo jugoso de carne que ella había puesto en el cholent, al colocarlo en el fuego la tarde anterior. Y nuestro tabernero sabía una cosa: cuanto más se cocina, más delicioso es el cholent.
“Ellos también”, pensó, “tienen un cholent sobre el fuego lento. Por eso dejaron de llorar. Cuánto más largo el servicio, mejor…” Una hora después, el jazán con su voz trémula pintó la escena del imponente juicio Divino que se despliega en los Cielos, el Shul entero estalló unavez más en llanto. A esta altura, estalló el sollozo en el corazón de este judío simple, porque entendió lo que estaba pasando por las mentes de los feligreses. “Suficiente es suficiente!” Sollozó. “¡No importa el cholent! ¡Ya se ha cocinado mucho tiempo! ¡Tengo hambre! ¡Quiero ir a casa… !”

La historia judía es como un “cholent”.
El Talmud establece que ” los judíos fueron desterrados de Israel entre las naciones para que puedan agregarse los conversos”. En el nivel más básico, ésta es una referencia a esos no judíos que, durante los siglos de nuestra dispersión, han decidido convertirse al judaismo. Pero el Jasidismo enseña que el Talmud también se refiere a las sagradas chispas Divinas” contenidas dentro de la creación.
El gran Cabalista Rabí Itzjak Luria, el santo Arí, enseñó que cada entidad creada tiene una chispa de Divinidad dentro, que constituye su alma, es decir, su función y diseño espiritual. Y cuando utilizamos algo para servir al Creador, penetramos en su cascara de cotidianidad, revelando y consumando su esencia Divina. Con este fin nos hemos esparcido por los seis continentes, para que podamos entrar en contacto con las chispas de santidad que esperan la redención en cada esquina del globo terráqueo.
Y cuanto más sagrada sea la chispa, más profundamente enterrada estará. Los maestros cabalísticos emplean la analogía de una pared que se derrumbó, las piedras más altas son las que caen más lejos. De la misma manera, cuando Di-s emplazó Su Voluntad en Su creación, Él causó que los elementos más altos descendieran a las puntas más distantes y espiritualmente más desoladas de la tierra. Nuestro destierro de la Tierra Santa, nuestra subyugación a los gobiernos extranjeros y sus culturas, la cesación de la implicación abierta y directa de Di-s en nuestras vidas. Todos esto es un “descenso para el ascenso”, una misión a los puntos más desamparados de tierra, tanto espiritual como geográficamente, para extraer las elevadas chispas que contienen. Por eso, cuanto más doloroso aparenta ser el exilio, más desafiante, cuanto más bajos sean los elementos con los que nos confronta, mayor es su premio. Cada minuto adicional de exilio representa más chispas de santidad reembolsadas, y cada descenso trae una dimensión más profunda del propósito del deleite Divino. Pero llega un punto, en el que cada judío debe clamar desde las profundidades de su ser: “¡Suficiente ya! ¡El cholent ha estado cocinándose por mucho tiempo! ¡Queremos volver a casa!”

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