Lágrimas diamantinas

Estaba sentado y lloraba.
Hundió su rostro entre sus callosas manos de duro trabajador, y de entre sus dedos resbalaba una lágrima tras otra. Lágrimas pesadas y azarosas como sus manos, como su pobre vida.
Su saco negro apenas envolvía su cuerpo; un saco todavía de su boda, que vestía tan sólo para Iom Tov —las Festividades. En este momento no le importaba que las lágrimas se deslizaran sobre su gastado saco, si bien sabía que su mujer se enojaría por haber ensuciado él su última prenda.
¿Por qué, les pregunto yo a ustedes, un judío como Peiske, el cochero, no habría de llorar en la noche de Shavuot?
Imagínense estar en su situación. ¿Qué hubieran hecho? ¿No hubieran escurrido el rostro, los ojos, dentro de aquellas manos avergonzadas? ¿No hubieran explotado detrás de los dedos en un llanto incontenible?
Los judíos están sentados en sus lugares, estudiando. Está Reb Moishe, el Gobai —bedel— rodeado de libros, unos veinte, enormes tomos del Talmud, como libros pequeños, que apenas puede encontrarse su grisácea cabeza detrás de ellos. Incluso Asher, el Shamash —asistente— se balancea rítmicamente, con su modorra, sobre algunos libros.
Asher, el Shamash, también Peiske lo sabe, no es de los célebres estudiosos. Pero el Tikún de Shavuot lo recita bien; él, Peiske, no recita; las palabras no le salen, y dentro de su corazón siente furia:
¿Por qué decir así porque sí, si no sabe qué sucede ni dentro de la letra, ni alrededor de ella, y, lo que es más, ni siquiera lo que se oculta debajo de las letras?
Cuántas veces había oído al Rebe decir en sus discursos que habla que estudiar Torá, y permanentemente zumbaban en sus orejas sus palabras de que habla una “vestimenta” y una “cara”. Le tardó mucho tiempo lograr comprender qué quiere decir “vestimenta” y qué quiere decir “cara”. Y cuando se enteró, la tristeza caló hondo en su alma.
—Llamarme, me llamo Peisaj, sólo que a causa de mi pequeñez, porque sólo cuento con mi “vestimenta”, me llaman Peiske. Durante toda la semana doy vueltas con mis ruedas y mis pies de caballo, veo ante mí siempre huellas de caballos y caminos polvorientos marcados con otros carros, hasta que yo mismo me vuelvo una herradura de caballo y una senda polvorienta que no se distingue para nada en medio de los enormes bosques.
Pero esta noche, cuando el Beit Hamidrash —la Casa de Estudios— estaba colmado de judíos —“cara”-, sólo él, Peiske el cochero, está sentado como una “vestimenta”, es decir, como una persona sin alma, sin un algo interior, realmente nada para distinguirse en medio de los demás aldeanos judíos.
Y eso lo hace llorar.
Nadie mira a Peiske. Probablemente esté dormitando con su rostro sumergido entre las manos, quizás esté soñando con su magro caballo, capaz que ya está pensando en su viaje de después de Shavuot, para traer mercancía a los negocios del pueblucho.
Un cochero siempre es un cochero.
Todos saben que él no es Reb Peisaj, ni Peisaj a secas, sino Peiske, y lo que ello significa… Bueno, para qué incurrir en chismes, todos los judíos son judíos ante el Todopoderoso.
Seguro que todos los judíos son judíos ante el Amo del universo. Y Peiske también. No necesariamente detrás del púlpito, sino quizás incluso un poco más alto, en la pared oriental, el Mizraj de los señores. Puedo atreverme a decirlo.
Cae una lágrima detrás de otra. Las manos ya están del todo mojadas y hasta el forro de su gastado saco se ha humedecido.
Porque también las lágrimas de Peiske, son lágrimas. También ellas se educaron y criaron en el dolor judío, una pena que no soporta ningún hombre de todos los pueblos y las lenguas.
Porque, qué persona fuera de ellos se pregunta con lágrimas en los ojos:
“¿Por qué soy tan pequeño, por qué no surge al exterior, ostentosamente, mi alma?”.
El cielo se ha cubierto con un manto gris. De no ser porque le da vergüenza, también hubiera soltado una lágrima. Pero no es dueño de hacerlo. La noche sólo llora cuando así se lo ordenan. De suerte que se paró junto al alféizar de la ventana, cavilosa, igual que Peiske, y miró las grandes y callosas manos de un cochero judío, cómo transpiran y se mojan.
¿Me preguntan cuánto tiempo se puede llorar?
Hasta que alguien se da cuenta de las lágrimas y viene a recogerlas… ¿Qué otra cosa pensaban? ¿Acaso las lágrimas de Peiske, líbrenos Di-s, no tienen dueño?
—Ve —dijo el Rebe—, ve y dile a Reb Peisaj que lo necesito por un momento.
Ioel, el Gabai del Rebe, queda asombrado. ¿Quién es este “Reb Peisaj”? El conoce a todos los judíos del pueblo, a todos desde la A hasta la Z, pero no conoce a ningún “Reb Peisaj”. ¿No estará pensando el Rebe en el Reb Peisaj de Varsovia, el fabricante, no?
—Cu-cu-cuál…
—Reb Peisaj, el cochero. Ve ya, ve. ¡Mundos se conmocionan! ¡Anda ya!
—P-p-p…
Pero la puerta del estudio del Rebe se había vuelto a cerrar.
Reb Ioel ajusta su negro gartl —una especie de cinturón que los jasidim usan durante la plegaria y cuando cumplen preceptos—. No es para menos. Va en misión del Rebe. Y también ajusta su curiosidad, ya que ninguno de sus doscientos cuarenta y ocho órganos comprende cómo llega Peiske a Reb Peisaj, y cómo llega Reb Peisaj al Rebe. Con más razón cuando ya desde ayer al mediodía el Rebe no sale de su estudio.
Entra en el Beit Hamidrash y lo recorre con la mirada. Cuando Reb Ioel, el gobai, pasea con su mirada, lo mismo hacen otras decenas de ojos, porque saben que si Reb Ioel mira no lo hace por curiosidad sino porque así se lo han ordenado.
Las decenas de ojos ven cómo está buscando a alguien, lo encuentra y comienza a andar en su dirección. ¿Saben a quién? ¡A Peiske el cochero!
Peiske no se percata de la presencia del gabai, a pesar de que éste está parado junto a él. Ioel extiende su mano y le da una pequeña sacudida, pues Peiske todavía está llorando.
Y por si se olvidaron, les refrescaré la memoria: Peiske está llorando porque sostiene que él es muy pequeño, y es una nada frente a otros, y lo agobia el que él no tenga “cara”, o sea, porque le falta el adentro de las letras de la Torá; Peiske el cochero llora porque —hasta causa pavor siquiera decirlo— quién sabe si aquellos como él recibieron la Torá en este día…
—R-R-Reb Peisaj —balbucea el gabai. Le cuesta decir “Reb” Peisaj cuando está parado junto a Peiske el cochero.
Otro zarandeo, otra movida, hasta que Peiske levanta el rostro y con ojos enrojecidos e hinchados mira al gabai.
—Váyase, Reb Ioel, váyase —se enoja Peiske—. Qué viene a burlarse. Ya así como es, la cosa bastante me pesa sobre el corazón, y usted viene a reírse de mí. Váyase, váyase por las buenas.
Las piernas le tiemblan a Reb Ioel. Ver el llanto de un judío. ¿A qué se deben estas lágrimas? ¿Qué le duele? ¿Murió el caballo, algún hijo está, Di-s libre, enfermo, o falta sustento?
Le quiere preguntar pero se acuerda entonces que la voz del Rebe al ordenarle traer a Peiske sonaba grave y tajante. “¡Llámalo de inmediato!”.
Le dice:
—El Rebe, larga vida tenga, pidió que ya mismo vayas a verlo, en su propio estudio, aquel donde sólo él entra.
Entretanto la mitad de los asistentes al Beit Hamidrash ya los habían rodeado con curiosidad. Cuando oyeron que el Rebe está pidiendo la presencia de Peiske el cochero quedaron de una pieza, petrificados. ¿Qué pasa? ¿Por qué? ¿Le pasó algo a Peiske? ¡Si es un hombre apacible, incapaz de tocar siquiera a una mosca que zumba por las paredes! Y cuando quieren saber algo más de Reb Ioel, éste pone cara de secreto y repite por milésima vez:
—El Rebe, tenga larga vida, me dijo con estas palabras: “Ve y dile a Reb Peisaj que lo necesito por un momento”. Así me dijo. Pues venga, Reb Peisaj, venga enseguida, porque si el Rebe salió especialmente de su estudio privado, por algo habrá sido, o a algo se debe. No permitió la entrada de nadie, y aún no ha hecho el Kidush cuando ya casi es pasada la medianoche. Venga, Reb Peisaj, por el amor de Di-s.
La gente oyó claramente con qué alto respeto se dirige Reb Ioel a Peiske el cochero. Están boquiabiertos.
Asombrosa sorpresa.
Pues así está parado Reb Peisaj —si el Rebe lo llamó así, no debemos avergonzarnos nosotros en hacer lo mismo— a la entrada del estudio del Rebe, temblando de pies a cabeza.
Tiene miedo de abrir los ojos.
Luego de que el gabai abriera la puerta y lo empujara adentro del estudio del Rebe, Peiske dejó de remolonearse, quizás ni siquiera respiró, estaba simplemente fuera de sí. ¿Cómo llegó él aquí? Hasta hoy jamás había estado adentro; no había tenido el coraje. Si quería alguna bendición, enviaba el papelito a través del shamash, ni siquiera mediante Reb Ioel, el gabai.
Pues estaba parado así, sin pisar la tierra, sino en algún punto perdido entre cielo y tierra, sin saber qué hacer con las manos, con los pies, y, lo que es más, con las lágrimas que no dejaban de rodar, a pesar de que ahora no quería llorar.
Qué lágrimas testarudas. “Lágrimas de cochero”, pensó para sí.
—¡Oh! ¡Qué hermosas lágrimas que tienes, Reb Peisaj!
¿Oyeron? Reb Peisaj no sabía de dónde provenía la voz, seguro que no están hablando de él. ¿Quién más está en la habitación?
—¡Bellas lágrimas, como verdaderos brillantes! Brillan desde lejos, hasta adentro del mismo cielo. ¿De dónde las sacó, aquellas lágrimas, Reb Peisaj?
Como sea. ¡Qué tiene que entrometerse cuando el Rebe está hablando con otro! ¿Faltan “Reb Peisajs” en el mundo? A lo de él, que tenga larga vida, vienen de todos los rincones del mundo.
—De lejos no lograrás nada, Reb Peisaj. Acércate, vamos a mirar juntos quién es grande y quién pequeño. Pero un secreto es un secreto, ¿de acuerdo?
Avanzó apenas unos pasos, como si alguien lo estuviera empujando desde atrás, porque sus pies seguro que no fueron.
—Así, así. No hay de qué avergonzarse, Reb Peisaj. Lágrimas como esas se encuentran sólo en extraordinarias ocasiones en el camino a los cielos. Ojalá tuviera yo lágrimas diamantinas como esas. ¿Quizás quieres ver algo, Reb Peisaj? Ven, aproxímate más, no te avergüences. ¿Por qué no se avergüenza Shmuel el guardabosques, o, con tu nombre Reb Peisaj de Varsovia? Ellos, cuando se les llama, saben que a ellos se están refiriendo ¿tú no? ¡Con tales lágrimas!
Siente como una mano se apoya sobre su hombro. Una mano suave, de plegaria, y esa mano, así le parece, lo levanta un palmo por encima del suelo y lo conduce hacia la ventana.
¡Seguro que ve! Ve una imagen temible. Lenguas de fuego llameantes danzan hasta los cielos, todo el mundo alrededor suyo tiembla y se conmociona, rugientes llamaradas corren entre cielo y tierra, una luminosidad que resquebraja los ojos parte en dos al mundo.
Reb Peisaj dejó de temblar. La mano, plena de una tranquilidad de oración, todavía estaba posada sobre su hombro, y una queda voz lo llamaba:
—¿Ves algo, Reb Peisaj? Mira bien…
¡Claro que ve! Millones de personas, incontables, están rodeadas de fuego y luz, luz y fuego. Trozos llameantes de luz giran encima de ellos, y los levantan, a cada uno, a los cielos que se mecen en un fuego de plegaria; y la luz de fuego lava los rostros de cada uno, de modo tal que cada semblante brilla de un modo diferente a los otros millones que danzan permanentemente, que llamean y no se consumen, que brillan como soles, cada uno en especial y todos juntos.
—¿Ves algo, Reb Peisaj? Mira bien. ¿A quién ves?
Pues claro que ve bien. Si no lo hubiera visto con sus propios ojos, no lo hubiera creído; ¡pero si es él mismo, Peisaj en persona! Peiske está parado un tanto más alto que los demás, tan maravillosamente iluminado de fuego, que los demás quedan atemorizados con sumiso respeto a un palmo de distancia. La luz brilla alrededor de su rostro un tanto más clara que los rostros de los demás, y se ve a sí mismo con las manos a lo alto. Los ojos despiden llamaradas, hacia los encendidos cielos, sobre el monte en fuego, y se oye gritar con su voz, la de Peisaj:
—iYo soy Di-s, tu Di-s…
—Ese eres, Reb Peisaj —susurró la voz dentro de su oído—. Eso eras, y eso siguen siendo, sólo que con una “vestimenta”. Tienes algo en tu interior, Reb Peisaj. Tienes algo en tu interior, sólo que la “vestimenta” es demasiado gruesa. Las lágrimas, ¡ah!, qué lagrimas de oro, de diamantes, que tienes, ellas lavan y quitan la “vestimenta”, y así continúas siendo aquel Peisaj que exclamaba minutos atrás. ¿Quizás puedes gritar así una vez más? ¡Prueba!
Y el gabai, Reb Ioel, casi se cae de su silla cuando oyó las dos voces que súbitamente gritaron atronadoras, hasta hacer temblar las paredes:
—¡Yo soy Di-s, tu Di-s!
Y Reb Ioel sintió que su garganta se desgarraba al gritar las mismas palabras, las mismas inmensas y todopoderosas, llameantes palabras que el Rebe y Reb Peisaj estaban gritando en el estudio privado del Rebe.
Estoy seguro de que también ustedes oyeron el portentoso grito. Todo el pueblo lo oyó, pero nadie sabía qué era, ni siquiera Reb Ioel.
Y a Reb Peisaj le daba vergüenza contarlo.

Extraído de Shavuot, día de días.

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