Solo hace falta recurrir al creador

“Nos detendremos aquí a pasar la noche,” anuncié el Baal Shem Tov a sus acompañantes durante un viaje, señalando una aldea cercana…

“Recibiremos una gran suma de dinero de uno de los lugareños.” Los talmidim se sorprendieron. Ellos nunca habían visitado la aldea antes y dudaban si los lugareños habrían oído alguna vez acerca de su maestro.
Cuando entraron al poblado, el Baal Shem Tov guío a sus talmidim a la destartalada casucha de un judío pobre. El interior de la choza no era mejor que su exterior, la pobreza saltaba a la vista de ellos en cada rincón.
La mujer recibió a los visitantes y les ofreció sentarse. Ella tomó el único pan que tenía, el cual había estado guardando para alimentar a sus famélicos pequeños y lo puso ante ellos, aunque su corazón lloraba por dentro.
Pronto su esposo, un comerciante de licor, llegó con una mueca de dolor en su rostro. Sus hijos lloraban, su esposa estaba a punto de enloquecer y allí estaban sentados varios huéspedes de importante aspecto.
“Hemos venido para recolectar dieciocho rublos de ti,” dijo el Baal Shem Tov.
“¡Dieciocho rublos!” exclamó con voz entrecortada el judío pobre. “No tengo ni un groschen*. ¿Qué quiere que le dé?”
“Vende tu ropa de cama,” sugirió el Baal Shem Tov.
El angustiado dueño de casa vio que nada menos que vender su ropa de cama podía hacer por sus huéspedes. Les pidió que esperaran al menos hasta la mañana. Ellos estuvieron de acuerdo.
Al día siguiente el pobre judío recogió todas las almohadas y todos los acolchados de la casa y fue a ver cuanto podía obtener por ellos.
Regresó con dieciocho rublos y los entregó al Baal Shem Tov. Solo entonces este ultimo aceptó partir.
El pobre hombre siguió al Besht (acrónimo de Baal Shem Tov) afuera, con su esposa e hijos tras él, con la esperanza que el rebe cambiara de idea y les devolviera los dieciocho rublos. Pero el tzadik no regresó. Subió a su carruaje y pronto desapareció de la vista.
El vendedor de licor retornó a su vacía casa, con su esposa llorando y sus hijos hambrientos. Para ese momento la tarde estaba muy avanzada y era tiempo de rezar minjá. El pobre hombre rezó como jamás antes lo había hecho, con abundantes lágrimas manando de sus ojos. El volcó su amargado corazón ante HaShem, y El escuchó.
La familia se fue a acostar temprano esa noche, con los estómagos vacíos y cuerpos trémulos. Más tarde, en medio de la noche, el padre escuchó una fuerte llamada a la puerta. “¿Quien está ahí?” preguntó temeroso.
“¿Esto es una taberna, no?” preguntó una ruda voz de gentil. “Abre y dame un trago de licor.”
Al judío se le había terminado el barril de licor, pero temiendo que el gentil se pusiera violento, abrió la puerta. Hizo pasar al hombre y le dijo que esperara un minuto. Se precipito a la otra habitación, vertió un vasito de agua en el interior del barril y agitó este, sirviendo luego el agua aromatizada en un vasito de shnaps.
“Ten,” dijo entregándoselo al goi. El cliente lo tragó de un sorbo.
“Ahhhh,” suspiré de satisfacción. “Desde hace mucho tiempo que pruebo un shnaps tan bueno como este. Pero me temo que no tenga que dinero para pagarte ahora. Te pagaré alguna otra vez.”
El judío lo dejó ir sin protestar. Nada se ganó, nada se perdió. Entonces él se acosté a dormir, pero un par de horas más tarde fue de nuevo despertado por un golpeteo insistente.
“¿Quien anda ahí a estas horas de la noche?” exclamó fastidiado. Era el mismo campesino que volvía por otro trago. El judío le sirvió como antes ocultando su desagrado cuando el goi le pidió disculpas por no poder pagarle. La escena se repitió algunas veces más durante esa noche. En la visita final, el gentil extrajo de su bolsillo una moneda.
“Ten, toma esto por tu paciencia. No sé cual es su valor, pero debe ser suficiente para cubrir el valor de mis tragos.”
Cuando el tabernero llevó al cambista la moneda al día siguiente, descubrió que era más que suficiente para pagar por todo lo que el goi había bebido la noche anterior. Y cuando este goi se presentó nuevamente esa noche, el tabernero le dio su vuelto. El gentil se asombró mucho ante la honestidad del judío y empezó a ir frecuentemente. Así fue como su negocio prosperó, al dar un completo y rápido giro la rueda de la fortuna del tabernero judío.
Los pasados días de pobreza quedaron en el olvido y el judío compró el terreno donde vivía, construyendo allí una hostería.
Sucedió que tras cerca de un año, el Baal Shem Tov acompañado por sus talmidim, pasó por allí. Había desaparecido la destartalada choza y en su lugar se alzaba una fina y magnífica estructura. Los talmidim no daban crédito a lo que veían sus ojos.
“Toda esta riqueza estaba destinada a pertenecer a nuestro anfitrión del año pasado,” explicó el Baal Shem Tov. “Todo lo que le faltaba era pedirlo. El Cielo requería que él se dirigiera hacia HaShem en una ferviente plegaria y pidiera la ayuda de HaShem. Ahora ustedes entienden por qué tomé todas las cosas de valor que tenía. Porque él ya se había resignado a su suerte, sin quejarse. Pero cuando se quedó sin comida ni vestimenta, él no tenía a quien recurrir, sino a HaShem. Y entonces él oró en aquella plegaria de minjá con el corazón quebrantado y HaShem lo escuchó y abrió su deposito de riquezas. Nuestro pobre hombre del año pasado es hoy un hombre de grandes recursos gracias a esa plegaria.”

* Antigua moneda de curso legal en Lituania. Polonia. Ucrania y Bielorrusia. Corresponde al actual groszy polaco. La expresión significa literalmente: No tengo un céntimo.

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