Ser rico

Berel nunca tuvo la ambición de ser rico.
Era un judío simple, bastante satisfecho con lo que tenía. Cuando rezaba a Di-s -y, por supuesto, lo hacía tres veces al día- rezaba por muchas cosas, pero ciertamente no por riquezas. Pedía buena salud, satisfacción de sus hijos. Rezaba para que Di-s pusiera mayor inteligencia en su cabeza para entender la Torá, y más sentimiento en su corazón cuando cumplía mitzvot. ¿Riquezas? Jamás se le había ocurrido rezar por algo así. ¿Quién precisaba semejante dolor de cabeza, semejante distracción? Gracias a Di-s tenía una buena esposa, hermosos hijos, y ganaba un modesto sustento. Hasta lograba separar una décima parte de sus ganancias para Tzedaká. ¿Podía alguien querer algo más?
Berel vivía en una pequeña aldea llamada Jasnik, no lejos de Chernobyl, que era una ciudad pequeña pero tenía un gran Rebe, el santo Rabí Mordejai Chernobyler. Berel era, de hecho, un jasid de este Rebe, y varias veces al año viajaba a Chernobyl para recibir estímulo espiritual. En esas ocasiones llevaba consigo el dinero que había separado para Tzedaká para dejárselo al Rebe, quien seguro sabría dónde tendría mejor utilidad.
Cierto día, la aldea de Jasnik hervía de excitación. Había llegado la noticia de que el Rebe venía en una de sus poco frecuentes visitas. Berel estaba especialmente conmocionado pues cada vez que el Rebe hacía esas visitas se albergaba usualmente en su casa.
Pero Berel pronto se vio amargamente desilusionado. Se había enterado que el Rebe no estaría en su casa esta vez. Peor aún, el Rebe dejó saber que Berel no debía aparecer ante él, ya sea en audiencia privada o con otros. Lo que es más, Berel tenía prohibido acercarse a la mesa del Rebe ni podía estar entre quienes le dieran la bienvenida al llegar o lo despidieran al partir.
El Rebe había dejado bien en claro que nada le haría cambiar de idea. Nada, salvo una cosa: si Berel podía venir con 2.000 rublos en su bolsillo y ponerlos sobre la mesa del Rebe para Tzedaká. Entonces, y sólo entonces, volvería a ser el jasid favorito que siempre había sido.
El pobre Berel estaba bastante conmocionado y triste. Seguro que el Rebe conocía su situación económica. Aun de vender su casa con todo lo que había en ella, hasta la última almohada, no podría juntar la suma que el Rebe esperaba de él. ¿Qué había hecho para merecer semejante’ castigo? ¿Había ofendido al santo Rebe? ¿Había descuidado sus plegarias y su estudio de la Torá?
El pensamiento de estar tan totalmente apartado por su querido y reverenciado Rebe era mucho más de lo que Berel podía soportar. Por una vez en su vida deseó haber sido un hombre rico, y por primerá vez en su vida rezó ahora con todo su corazón para que Di-s lo hiciera rico y le permitiera traer al Rebe los 2.000 rublos para Tzedaká.
El Rebe vino y se fue. Todos los jasidím de Jasnik lo habían recibido con alegría y danzas, y se habían sentido atrapados por sus inspiradoras palabras. Habían recibido sus bendiciones y lo habían despedido bailando por las calles. Sólo Berel se quedó en casa, como quien está de duelo, Di-s libre, sintiéndose herido y miserable. Pero no perdió las esperanzas de que Di-s aceptaría su plegaria y lo haría rico, aun si no fuera por otro motivo que para volver a reunirse con su Rebe.
Cierto tiempo después la excitación volvió a apoderarse de Jasnik, pero esta vez era más bien pánico. Un batallón militar de asalto pasaba por la aldea y sus habitantes recibieron la orden de albergar a los soldados en sus casas.
Ya se había hecho de noche cuando algunos soldados armados llegaron a la casa de Berel y anunciaron que pasarían allí la noche. Consigo traían un pesado cofre que introdujeron en la casa y depositaron en uno de los armarios.
Los soldados estaban muy cansados de la larga caminata y pronto dormían profundamente. Sin embargo, en medio de la noche sonó una alarma. Los soldados, todavía medio dormidos, abandonaron la casa con mucha prisa y partieron junto a sus camaradas. Pero cuando el sol apenas había comenzado a brillar, un comando compuesto por unos veinte soldados regresó a la aldea y comenzó a registrar casa por casa, buscando el cofre olvidado en algún lugar por los soldados medio dormidos cuando respondieron a la alarma.
Los soldados pasaron varias veces delante de la casa de Berel pero nunca entraron para revisarla, aun cuando inspeccionaron las casas vecinas con sumo cuidado. Luego de varias horas de búsqueda inútil, la tropa volvió a irse.
Pasaron varios meses. Berel casi había olvidado a los soldados y al cofre. Pero al ver que nadie venía a reclamarlo, decidió mirar qué había en su interior. Se sorprendió al encontrarlo lleno de dinero, en billetes y monedas, y cayó en la cuenta de que evidentemente se trataba del tesoro del batallón intruso. En ese momento se le ocurrió a Berel que, después de todo, seguramente Di-s debía haber escuchado sus plegarias y lo había hecho rico.
Berel contó inmediatamente 2.000 rublos y sin avisar a nadie partió inmediatamente hacia Chernobyl. Con una feliz sonrisa en el rostro, se presentó ante el Rebe y colocó el dinero sobre su mesa.
El Rebe no parecía sorprendido, aunque se lo notaba satisfecho.
“¿De dónde sacaste el dinero, Berel?”, preguntó el Rebe. Berel le contó.
Entonces el Rebe le dijo:
“Verás, Berel, ésta es la verdad de la historia. Del Cielo me habían revelado que una inmensa fortuna te esperaba, pues serías puesto a prueba con riquezas. El único obstáculo era que tú jamás habías rezado por ellas. Pero del Cielo querían escuchar de ti una plegaria, al menos una pequeña plegaria, que expresara tu deseo de ser rico. De modo que decidí ayudarte. El resto ya lo sabes. Ahora que tu plegaria fue aceptada y te has vuelto un hombre rico, te sugiero que vayas a vivir a una ciudad más grande y te conviertas en un mercader mayorista, y Di-s te bendecirá con éxito. Sin embargo, Berel, recuerda que la riqueza puede ser una prueba más severa que la pobreza. Cuídate de ser merecedor de la confianza que Di-s depositó en ti”.

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