Se descubrió la verdad

En la ciudad del famoso Tzadik, el “Shpoler Zeide”- (Rabi? Arie Leib de Shpole, Rusia, 1725-1812) vivi?a un comerciante judi?o que trabajaba en el mercado. En el mostrador, junto a su mercanci?a, guardaba una alcanci?a en la que colocaba las ganancias del di?a.
Cierta vez, un peloto?n de soldados atraveso? la ciudad. Al pasar por el mercado, uno de los soldados distrajo al comerciante. Luego, tomo? la caja de dinero y se escapo?. A pesar de las protestas del pobre judi?o, el ladro?n se mezclo? inmediatamente con la muchedumbre de soldados. Era imposible decir quie?n habi?a cometido el crimen. Entretanto, el culpable subio? a uno de los carros y escapo?.
El judi?o fue directamente al comandante a cargo del peloto?n para registrar su queja. El general estuvo de acuerdo en pedir que el ladro?n devolviera el dinero, pero so?lo con la condicio?n de que el judi?o identificara al soldado que cometio? el robo. Esto, desgraciadamente, era imposible de hacer. E?l no habi?a visto bien la cara del soldado, y adema?s, todos pareci?an iguales con sus uniformes. Sin saber co?mo proceder, fue al Shpoler Zeide para pedir su consejo.
“Regresa al general y dile que tiene una manera infalible de encontrar al ladro?n,” dijo el Shpoler Zeide. “Los soldados deben estar de pie en una li?nea recta. Pasa por la li?nea e inspeccio?nalos. Aquel que haga rechinar sus dientes con enojo, es quien robo? tu dinero,” le aconsejo?.
El judi?o regreso? y pidio? que alinearan a los soldados. “Mejor asegu?rese de sen?alar al verdadero ladro?n,” advirtio? el general, “o sera? castigado”. El judi?o estuvo de acuerdo, despertando la curiosidad del general.
Los soldados se formaron, mientras el judi?o recorri?a las filas. De repente, descubrio?
a un soldado que haci?a rechinar sus dientes con furia. “¡E?ste es el ladro?n!”, anuncio? el judi?o. El general pidio? que el soldado fuera azotado, despue?s de lo cual admitio? su robo y la alcanci?a fue devuelta al comerciante.
El general asombrado, exigio? saber co?mo habi?a distinguido al culpable de entre todos los otros soldados. El judi?o, un hombre honrado y simple, respondido con la verdad. Le dijo que el Shpoler Zeide, un gran Tzadik, le habi?a dicho que? hacer. “¡Ve a decirle a tu Rabino que venga enseguida ante mi?!”, le ordeno?. El judi?o se horrorizo?. Lleno de remordimiento por mencionar el nombre del tzadik, regreso? al Shpoler Zeide y rogo? que lo perdonara, conta?ndole lo ocurrido.
“No tengas miedo,” lo consolo? el Shpoler Zeide. “Informa al general que me niego a ir. Dile, en cambio, que revise el bolsillo de sus pantalones”
El judi?o volvio? al general y le transmitio? el mensaje. E?ste puso la mano en su bolsillo y examino? su contenido. Entonces, sin decir una palabra, saco? su arma y se suicido?.
Se supo que el general, que estaba por entablar una batalla con una nacio?n enemiga, habi?a aceptado un soborno para llevar a su peloto?n hacia una emboscada. El general habi?a escrito dos cartas – una, al rey, asegurando que su estrategia militar respondi?a al plan y estaba seguro de la victoria, y una segunda carta, dirigida al enemigo, describiendo en detalle los planes de la emboscada.
Cuando el general verifico? su bolsillo, vio que habi?a cometido un error fatal: las cartas habi?an sido cambiadas inadvertidamente. La carta en su posesio?n era la que queri?a enviar al rey; la carta del enemigo habi?a sido despachada al palacio real. Comprendiendo el destino que lo esperaba, se quito? la vida – antes de que el monarca que habi?a traicionado pudiera castigarlo.

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