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Moshe Shlomo, un mercader de pueblo, era una persona simple, de buen corazón, así como también lo era su esposa Rivka. Siempre hacían generosas donaciones para causas nobles caritativas. Una sola cosa los entristecía. Habían pasado ya quince años, y todavía no tenían ningún hijo.
Muchas veces Moshe Shlomo había ido a lo del gran Rabí, Rabí Israel Baal Shem Tov para que ore por hijos para ellos. El Baal Shem Tov siempre los llenaba de bendiciones (para riquezas, larga vida, salud, alegría), pero nunca por lo que ellos tanto anhelaban.
Los discípulos más cercanos del Baal Shem Tov también le pedían a su maestro una bendición para el popular Moshe Shlomo, pero nunca les respondía.
Diez años más pasaron. Las bendiciones del Baal Shem Tov todas se cumplieron. Los negocios de Moshe Shlomo prosperaron y se expandieron. La pareja, sin embargo, cada vez estaban menos felices. Seguían sin tener hijos, y no recibían ningún estímulo por parte del Rebe.
Un día, ambos fueron a verlo al Rebe. “¿Por qué están tan tristes?” les preguntó el Baal Shem Tov. “¿Acaso Di-s no los ha bendecido con gran prosperidad, salud? Y ustedes han aprovechado estas bendiciones para hacer muchas Mitzvot y buenas acciones”.
“Puede que así sea”, le respondieron. “pero no tenemos hijos. ¿Para qué precisamos toda esta riqueza?” y estallaron en llanto. “Luego de 120 años, no habrá nadie que lleve con nuestro nombre de familia, nadie que nos recuerde”.
En vez de responderles, el Baal Shem Tov dijo: “Mañana iré a un corto viaje con algunos de mis alumnos. ¿Por qué no vienen ustedes también?” La pareja estaba sorprendida con la invitación, pero rápidamente aceptaron.
Los viajeros partieron al día siguiente. Durante dos días estuvieron viajando, hasta que finalmente llegaron a cierto pueblo. Luego de un corto descanso, el Baal Shem Tov sugirió que todos salieran y recorrieran los alrededores.
Mientras caminaban, se toparon con un grupo de niños que estaban jugando en la arena. El Baal Shem Tov se acercó a ellos, y le preguntó al que estaba más cerca: “¿Cómo te llamas?”
“Baruj Moshe”, respondió el niño.
El Baal Shem Tov le preguntó a otro niño, y su nombre también era Baruj Moshe. El del tercero era Moshe Abraham, el del cuarto Baruj Mordejai, y el del quinto Baruj Moshe también. Una pequeña niña apareció y dijo: “Y mi nombre es Braja Lea”.
Mientras seguían caminando, se encontraron con un grupo de niñas. El Baal Shem Tov les preguntó sus nombres, y resultó ser que el de la mayoría era Braja Lea.
Luego entraron al Jeder de la escuela. Seis de los niños se llamaban Baruj Moshe, mientras que el resto eran o Baruj o Moshe o alguna combinación de estos dos nombres. Fueron a más escuelas y también a una Ieshivá que tenía estudiantes de pueblitos cercanos, y encontraron el mismo patrón de nombres. Y las niñas que encontraron en el camino, también la mayoría se llamaban Braja Lea, o uno de esos nombres, o una combinación de ellos.
Había llegado la hora de Minjá. Los hombres fueron a la sinagoga local. Tan pronto concluyeron las plegarias, el Baal Shem Tov les preguntó a los hombres de ahí por qué es que los niños de la ciudad todos tienen el mismo nombre. El hombre respondió que estaría muy contento de contarles toda la historia. Los discípulos estiraron sus cuellos con prematura anticipación, esperando escuchar una historia sobre algún gran Tzadik o algún increíble estudiante que haya vivido por aquella zona.
“Baruj Moshe nació en este pueblo hace cerca de cien años”, el informante comenzó. “Su padre era un gran erudito de la Torá que se ganaba la vida como carnicero. Era conocido por su generosidad.
Su única frustración era su hijo, Baruj Moshe, que parecía no tener ninguna facilidad para estudiar Torá. Por lo tanto, dejó la Ieshivá poco tiempo después de entrar, y comenzó a ayudar a su padre en la carnicería. Le “tomó la mano” al trabajo muy rápidamente y muy fácilmente. Al crecer, su padre le delegó más y más trabajo, y luego de ver que su hijo tenía mucho éxito, se retiró y dedicó todo su tiempo al estudio de la Torá.
Cuando llegó a la edad de casarse, Baruj Moshe se comprometió con Braja Lea, cuya buena naturaleza y corazón bondadoso era muy similar al de el. Pasaron los años. Y la pareja no era bendecida con hijos. Cuando los padres de Baruj Moshe fallecieron, él quiso estudiar Mishnaiot para la elevación de sus almas, como era la costumbre, pero no sabía cómo hacerlo. Contrató a un tutor, pero no había caso. Simplemente parecía no poder asimilar las habilidades mínimas necesarias.
“Se sentía terrible. No podía estudiar Torá por sus finados y queridos padres, y no tenía ningún hijo que lo pudiera hacer por él y por su esposa luego de 120 años tampoco.
Una vez, él estaba sentado en la sinagoga, y escuchó algo en la clase de estudio diario del Talmud. El Rabí leía en voz alta: “Si alguien le enseña Torá al hijo de su amigo, es como si él lo hubiera engendrado el niño”.
Eso lo hizo sentirse peor. No solo que no tenía hijos propios, sino que tampoco tenía la habilidad de “adoptar” discípulos enseñándoles Torá. Cuando la sesión de estudio terminó, Baruj Moshe pidió hablar con el Rabí en privado, y volcó su corazón a él.
“No, no, mi amigo”, dijo el Rabí gentilmente, “no lo entiendes. Uno no tiene que enseñar a los niños directamente para ser meritorio de ser considerado su padre, es suficiente arreglar y proveer su educación”.
“Mientras la explicación se aclaraba, la oscuridad en el corazón de Baruj Moshé se disipaba, y una luz brillante la reemplazaba. Cuando le contó a Braja Lea, ella también estaba muy feliz. Fueron y contrataron a treinta maestros, para todos los niños del pueblo y de los pueblos vecinos que no podían ir a un Jeder por falta de medios.
La carnicería de Baruj Moshé prosperó y se convirtió en un hombre muy rico, pero él y su esposa seguían con su modesto estilo de vida, y todo su dinero era dedicado a la educación de la Torá”
“Yo, mis hermanos, y todos nuestros amigos estudiamos en el Jeder de Baruj Moshe”, concluyó el sonriente hombre su historia, “y también lo hizo el Rabí de nuestro pueblo. Por el surgimiento de profundos sentimientos de gratitud hacia ellos, todos llamamos a nuestros hijos e hijas en recuerdo a esta extraordinaria pareja: Baruj Moshe y Braja Lea”.
El Baal Shem Tov, sus discípulos y la pareja le agradecieron al hombre y se prepararon para volver del viaje. Todos entendieron claramente la lección de su viaje, especialmente Moshe Shlomo y Rivka.
Aquél mismo día que llegaron, Moshé Shlomo y Rivka contrataron a algunos maestros para los niños pobres de su ciudad. Docenas de niños pudieron estudiar Torá como resultado de su generosidad y dedicación.
En la próxima generación, si es que has tenido la oportunidad de visitar el pueblo y te has encontrado con un gran número de “Moshe Shlomo” y “Rivka”, seguro no te has sorprendido.

De los escritos y charlas de Rabí Yosef Itzjak de Lubavitch

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