Mitzvá solo por mitzvá

Rabí Shmuel bar Sustra viajó a Roma en una misión comunitaria, precisamente en momentos en que la reina perdió una joya de gran valor…

En el Talmud Ierushalmi se cuenta que en cierta ocasión viajó a Roma en una misión comunitaria, precisamente en momentos en que la reina perdió una joya de gran valor. Rabí Shmuel encontró la joya. Pronto oyó el comunicado del palacio que proclamaba que quien encontrase la joya y la devolviese al palacio dentro de los treinta días sería agraciado con valiosas recompensas dignas de la Casa Real. Mas, quien encontrase y devolviese la gema luego de los treinta días, sería condenado con la pena de muerte.
El anunciante repitió el edicto varias veces, y alrededor suyo se congregó un gentío que debatía los detalles de la pérdida de la reina.
En sus diálogos, intentaban adivinar quién sería el afortunado que encontraría la joya extraviada, la devolvería a su aristocrática dueña y se haría acreedor a la recompensa. ‘¡Cuán ricamente se vería retribuido!’ suspiraba ya la gente con marcado sentimiento de envidia.
Rabí Shmuel prestó atención a los pormenores del anuncio, en silencio. Introdujo su mano en su bolsillo y allí sintió al tacto la fina presión de la piedra preciosa. Sabía que ésta era la piedra extraviada por la reina tal como tenía pleno conocimiento de la gloriosa retribución que lograría de presentarse de inmediato en el palacio.
Pero no tenía apuro.
Un día se sucedió al anterior, y así pasó una semana tras otra. Rabí Shmuel oía cada día el anuncio que prometía un suculento premio para quien regresase la joya a su dueña, así como la trágica suerte que correría quien lo hiciera luego de los 30 días estipulados como plazo.
La población de Roma se encontraba tensionada, a la espera del día prefijado. Sólo Rabí Shmuel bar Sustra permanecía tranquilo y sereno en tanto jugueteaba con la gema en su bolsillo…
El día 30 llegó. Era el último momento en que la piedra podía ser devuelta a su dueña y obtenerse el magnífico premio prometido.
Rabí Shmuel extrajo la brillante piedra de su bolsillo, permitió que el sol arrancara de ella matices más exóticos.., y la devolvió a su bolsillo.
Al día siguiente —el treinta y uno—, tan pronto como concluyó sus plegarias matinales, Rabí Shmuel aceleró el paso hacia el palacio.
“Di a la reina”, pidió a los guardias apostados a la entrada, “que un anciano judío desea verla y decirle dónde se encuentra la joya que ha perdido”.
El guardia entró al palacio, regresando al cabo de unos instantes con la orden de traer al judío consigo.
“Tengo el sumo placer, honorable Alteza, de devolverte tu piedra preciosa”, dijo Rabí Shmuel, al tiempo que extraía la joya de su bolsillo y la alcanzaba a la sorprendida soberana de Roma.
La reina, perdidas las ilusiones de reencontrarse con la piedra más querida de sus alhajas, miró con respeto al anciano judío. Pero pronto se despertó en ella la sed de venganza. Hoy era el día treinta y uno de la proclama…
“¿Cuándo has encontrado la joya?”, preguntó enérgicamente.
“Hace treinta y un días”, respondió Rabí Shmuel.
“¿Has estado en Roma todo el tiempo?”
“Sí, Alteza, estuve en Roma todo el tiempo”.
“¿Acaso no has oído la proclama diaria durante estos treinta días?”
“Sí, he oído la proclama”, replicó Rabí Shmuel impasible.
“Siendo así, ¿por qué has puesto en peligro tu cabeza, en lugar de hacerte acreedor al premio prometido?”, preguntó la reina, dudando si el judío estaba en su sano juicio o no…
“Alteza”, respondió Rabí Shmuel, “si yo hubiera devuelto la piedra preciosa en el curso de los treinta días, ello habría dado lugar a pensar que mi devolución se debía a que tenía miedo de ti, es decir, del reinado, o a mi codicia y afán de recibir el premio prometido, bastante generoso por cierto. Pero, no he devuelto lo que encontré por ninguno de estos dos motivos. Por el contrario, la única y simple verdad es que así me lo fue ordenado por nuestra Torá. La Torá nos ordena, a los judíos, devolver un objeto perdido a sus legítimos dueños, cualesquiera sean, pobres o ricos, reyes o plebeyos. Nosotros, los judíos, nos sentimos dichosos de devolver un objeto perdido sin premio alguno. Más aún, estamos dispuestos a morir, a fin de guardar celosamente los preceptos de nuestra Torá…”.
“Dichosos vosotros, los judíos, por poseer una Torá tan maravillosa. ¡Bendito sea el Di-s de los judíos!”, exclamó la reina emocionada.

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