Los viajes del alma

Reb David Leikid y Reb David Mikelever esperaban oír porqué el Baal Shem Tov los había citado ante su presencia…

“Prepárense para un viaje, pues los enviaré de inmediato.”
“¿Pasaremos Shabat lejos de casa?” preguntó uno sin indagar el lugar de destino. El Baal Shem Tov le respondió afirmativamente. Los dos volvieron a su casa a recoger sus vestimentas para Shabat y entonces subieron juntos al carruaje del Besht. Ellos no tenían idea de adonde se dirigían pues el camino se corría bajo los cascos de los caballos quienes atravesaban kilómetros de un salto. Viajaron todo el día hasta justo antes del ocaso cuando los caballos se detuvieron por su cuenta. Ambos hombres descendieron y golpearon a la primera puerta.
Un venerable anciano, a quien identificaron como el rabí de la ciudad y quien les dio la bienvenida e invitó a pasar Shabat junto a él como sus huéspedes.
“Se lo agradecemos de corazón,” le respondió Reb David Mikelever. “Peno podría hacernos el favor adicional de esperarnos hasta que vayamos a la mikve (baño ritual), tras ello lo acompañaremos al shil (sinagoga).” El rabí accedió, pues los dos huéspedes por quienes esperaba eran personas distinguidas e instruidas. Se sentó a recitar Shir Hashinim, mientras los visitantes iban a la mikve. En esos momentos el shamash entró en la casa.
¿Por qué la demora rav?” le preguntó. “La congregación lo espera en el shil. ¿Porqué está diciendo Shir Hashinim en casa?” El rav le explicó que tenía dos importantes huéspedes que en seguida volverían de la mikve. Y efectivamente, justo cuando terminó de hablar, ellos entraron.
“Hermanos judíos, ¿De donde provienen? les preguntó mientras se dirigían juntos al shil.
“Somos de Mezhibuzh,” fue la respuesta.
“¿Mezhibuzh? Nunca he oído hablar de tal sitio. Debe quedar bastante lejos de aquí. ¿En qué país queda? ¿Cuando partieron?”
“Mezhibuzh queda en Polonia,” respondió Reb David Leikid, explicándole la distancia en kilómetros. “Partimos esta mañana y acabamos de llegar.
El rav se sorprendió. El nunca antes había encontrado personas que viajaran semejantes distancias a través de milagrosos saltos.
Cuando llegaron a la sinagoga, Reb David Mikelever ascendió al amud sin ser llamado, a conducir el davenen (rezo). Al principio los mitpalelim resintieron su audacia, especialmente porque él incluyó Iedid Nefesh y Hodu, dos plegarias que ellos no acostumbraban rezar en. ese momento en particular. Pero al oír su ferviente davenen ese resentimiento se tornó en admiración y temor.
Cuando terminaron los servicios, el rav llevó a los huéspedes a su casa y se retiró a una habitación a estudiar mientras ellos cantaban Shalom Aleijem. De tanto en tanto escuchaba a sus huéspedes preguntarse al otro: “¿Qué está haciendo ahora nuestro rebe?” y otro le respondía de acuerdo a la pregunta. Los miembros de la familia del rav encontraban esto extraño y maravilloso. Más tarde, durante el curso de la comida, también el rav oyó a uno preguntarle al otro en que se estaba ocupando el rebe en ese momento. Y también él se maravilló ante tamaña muestra de percepción extra-sensorial. Les preguntó sobre el Baal Shem Tov y ellos lo complacieron relatándole muchas e interesantes historias inspiradoras de temor a HaShem.
Tras havdalá los huéspedes entraron al estudio del rabí para anunciarle su partida.
“¿No pueden quedarse por más tiempo?” les preguntó sinceramente.
“Nos esperan de vuelta para melave malka,” fue la respuesta.
“¡Qué!? ¿Esperan cubrir una distancia tan fenomenal aun está noche y antes que terminen allí melave malka? ¿Como puede ser?” El rabí lo hallaba difícil de creer. “Yo tendría realmente mucho gusto en ver a vuestro milagroso rebe.”
“Entonces únase a nosotros en nuestro viaje de vuelta,” lo urgieron los dos talmidim, entendiendo que esa era exactamente la causa de su misión. “Estaremos muy contentos de llevarlo con nosotros.”
El rabí dudó, “primero debo notificar al parnás de la ciudad que voy a emprender un viaje y también tengo que comer melave malka antes de partir.”
“Muy bien, lo esperaremos.”
Los dos talmidim aguardaron mientras el anciano rabí terminaba sus preparativos. Entonces los tres emprendieron el largo viaje de retorno. Cuando el rabí vio a la velocidad que viajaban exclamó: “No puedo soportar esto, es demasiado para mi.” Uno de los talmidim pasó su mano ante el rostro del rabí y éste rápidamente se durmió. Lo hizo muy profundamente hasta que finalmente llegaron a Mezhibuzh, justo a tiempo para el melave malka del Baal Shem Tov.
El Baal Shem Tov dio la bienvenida a su huésped, invitándolo a lavarse y participar del melave malka. A pesar de haber ya participado en su propia seudá, el huésped aceptó y se sentó. Tras la comida, el Baal Shem Tov llamó al rabí aparte y habló con él en privado.
“Deseo que ahora vayas a tu cuarto y escribas tu testamento.
¿Qué?” exclamó el rabí al borde del desmayo. “¿He venido aquí a morir?”
“Si,” dijo el Baal Shem Tov. “Tu fin está cerca. Fuiste traído aquí para que lo supieras y así pudieras morir con un apropiado vidui (confesión), dejando tu testamento tras de ti.”
El rabí suspiró lastimeramente y fue a la habitación que un sirviente le habla indicado. Allí encontró papel y un extraño letargo se adueñaba lentamente de él. Para el pluma sobre la mesa. Comenzó a escribir, sintiendo que momento en que dejó caer la pluma todas sus fuerzas lo abandonaban. Dijo vidui con el destello de energía que le quedaba y diciendo Shemá Israel con su ultimo auto falleció.
A la mañana siguiente el sirviente golpeó a la puerta del anciano rabí, para despertarlo a tiempo para decir el Shemá matutino. No hubo respuesta. Nuevamente golpeó, pero no obtuvo contestación. Preocupado entró y encontró el cuerpo sin vida tendido sobre la cama.
“¡Rebe, su huésped está muerto!” exclamó el sirviente afligido al ir a informar al Baal Shem Tov.
“Lo se,” respondió el rebe. “Debemos hacer los preparativos para el funeral.”
El funeral tuvo lugar ese mismo día. El Baal Shem Tov pasó ante el ataúd para presentar sus respetos al rabí y se detuvo.
“Escucha lo que tengo que decir,” dijo dirigiéndose al muerto. “Tu has vivido sobre este mundo tres veces. La primera viviste ochenta rectos años llenos de buenas obras y conocimiento de Torá. Pero antes de expirar te volviste rebelde y negaste la existencia de HaShem. En tu segunda estadía terrena te comportaste como antes, viviendo una vida loable, pero pecando justo antes de morir. Está vez, entonces, cuando vi que tu fin estaba cerca y que habías tenido éxito acumulando muchas mitzvot y conocimiento de Torá en esta vida, temí que pudieras sucumbir tal como ocurrió en las dos ocasiones anteriores. En ese caso habrías sido eternamente excluido del cielo. Por ello me apresuré a hacer lo que hice y Baruj HaShem, logré despertar en ti una apropiada confesión antes que la muerte te alcanzara. Por favor no te enojes conmigo, pues lo hice solo por tu propia salvación.”
“Que descanses en paz”.

Extraído de “Antología de Rabí Israel Baal Shem Tov”. Editorial Bnei Sholem

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