Los hilos del miedo

Libertad de religión era un concepto extraño a nosotros, los ciudadanos de la Unión Soviética…

Como niño, me fue inculcado que cada movimiento era vigilado; por cada paso que daba en la calle necesitaba ver hacia atrás por si estaban siguiéndome, para saber quién estaba espiando mis actividades. Invariablemente mis sombras eran los denunciantes de la KGB y específicamente la Yevesektzia, rama judía de la KGB, cuya misión era erradicar la religión en la Unión Soviética, con el énfasis especial puesto en hacer desaparecer el Judaísmo.
Familias como la mía estaban en la mira de la KGB. Ellos sabían que éramos miembros del grupo de los “Schneersons” como nos llamaban; Jasidim de Jabad que trabajaban para mantener viva la llama de la Torá y las Mitzvot, y su infraestructura, en la Rusia comunista. Los “Schneersons” -que construyeron una red clandestina de escuelas de Torá, sinagogas, y mikves (baños rituales). Ésta era mi niñez. A pesar del riesgo y la vigilancia constante, vivíamos una vida judía tradicional. Orábamos, estudiábamos Torá, e incluso realizábamos reuniones de Jasidim, con cantos y bailes como es la tradición de Jabad. Innecesario decir, todo esto en sumo secreto.
La asistencia escolar pública era obligatoria por ley, y la vida escolar era muy difícil, presentando muchos desafíos para un muchacho que deseaba seguir las leyes judías y tradiciones. Por ejemplo, siempre tenía que encontrar un lugar para lavar mis manos ritualmente antes de comer mi almuerzo.
Tenía tres compañeros de clase que eran religiosos. Naturalmente, nos unimos y fuimos íntimos amigos. Después de la escuela, acudíamos a una locación confidencial para aprender Torá. A veces la situación geográfica de esta “academia” cambiaba cuatro o cinco veces por semana, por temor. Era vida “normal” para nosotros.
Un evento particular se fijó en mi mente. El director vino a nuestra clase un día junto con la enfermera escolar. Era raro que sucediera. El rector nos informó que se nos aplicaría una vacuna.
Esto podía parecer ser un procedimiento médico rutinario, pero para mí no era simple… yo vestía el tzitzit bajo mi camisa. Esta vestimenta nos recuerda los 613 preceptos de la Torá.
Si levantaba mi camisa para recibir la inyección en mi espalda, la enfermera lo notaría.
Esto podría significar que mi padre, e incluso yo, fuéramos a la cárcel. Él ya había estado en prisión antes y también los padres de mis amigos. Una ola de calor invadió mi cuerpo. Inventé un plan inmediatamente: pediría permiso para ir al baño y me quitaría mi tzitzit.
Pedí permiso. Con voz furtiva, el director respondió: “Seguro, recibirás primero la vacuna y podrás ir al baño”. Quizás pensó que estaba intentando evitar la inyección. Estoy seguro que ignoraba lo de mi tzitzit.
Intenté esconder los hilos, levantando mi tzitzit lo más alto posible. Todo fue aparentemente bien. La enfermera me administró la vacuna y no mencionó una palabra sobre los hilos. No estaba seguro si ella no los notó o los ignoró.
Al otro día, durante el descanso del almuerzo, la enfermera me llamó a su cuarto. Estaba seguro de que ahora estaba en un grave problema. Ella cerró la puerta y suavemente preguntó: “¿Eso es un Tzitzit o un Tefilín?”
Y continuó diciéndome que era judía y que evocó a su abuelo que llevaba la misma clase de vestimenta. Recordaba dos objetos rituales judíos mencionados en su casa, y quería saber cuál era cuál.
Me dijo que se sentía inspirada por mi fuerza y valor; manteniendo mis tradiciones judías bajo tan terribles condiciones. Hablamos sobre lo que era ser un judío religioso en la Rusia soviética así como de mis penas personales en la escuela. Ella me dijo que desde ese día, podía venir a su cuarto a lavar mis manos ritualmente y comer mi almuerzo. Y de hecho, eso fue lo que hice.
(Del Kfar Chabad Magazine- relatado por Betzalel Schif)

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