Lo salvó el amor…

Rabí Mordejai Dubin era un jasid del Rebe Anterior. Era un hombre sumamente talentoso y en un periodo de su vida poseía dos altos cargos en el gobierno lituano. De hecho, usó su influencia para salvar la vida del Rebe, librarlo de la prisión comunista y sacarlo de Rusia.

Pero esto le provocó ser blanco de sospecha comunista y estuvo muy cerca de la muerte. Aquí uno de los episodios:

Hacía varios meses que estaba detenido en uno de los correccionales de Rusia, en una celda oscura, fría, con ocho o nueve delincuentes.

La muerte acechaba, el aire olía a ella, y…  ¡De repente la puerta de hierro se abrió: “¡Dubin!”

Dos guardias estaban de pie. Detrás, un oficial que entró en el cuarto y leyendo un papel, dijo: “¿Mordejai Dubin? ¡De pie! ¡Venga con nosotros!”

¿Era el final? ¿Nunca vería de nuevo a su familia o amigos? Caminó a la puerta. Era en vano defenderse o suplicar. No tenía nada que temer – la muerte sería una bendición para acabar con el frío, y la amarga incertidumbre.

Dijo palabras del Tania de memoria caminando por el corredor y con cada paso se llenaba de un extraño orgullo. Estaba por encima de sus captores. Ellos eran peores que animales, vivían una mentira; estaban muertos. Pero él estaba unido a la vida… al infinito, a la verdad eterna. Era un seguidor de un verdadero sirviente del Creador; el único hombre en Rusia que desafiara a Stalin; ¡el Lubavitcher Rebe!

“¡Dubin!” Otra voz interrumpió sus pensamientos. Notó que estaban cerca de la entrada principal de la penitenciaría. Lo llevarían fuera y le dispararían. Lo dejarían en la nieve para que los lobos lo arrastraran lejos.

“¿Su nombre es Mordejai Dubin?”

“Sí” contestó firmemente.

Una sonrisa se dibujó en la cara del funcionario. “Felicitaciones”  dijo y le dio un sobre “Su periodo de corrección ha terminado. Aquí están sus papeles de descargo.”

Los guardias empezaron a abrir la puerta maciza.

“¿Pero, mi ropa? ¿Mi ropa? Por lo menos una chaqueta” Cuando las palabras salieron de su boca supo que era un error.

“¡Ah! ¿Quiere quedarse?”. Sonrió el funcionario. “Cierren el…”

“¡No, No”! Susurró y se acercó a la puerta. Ellos abrieron y él se deslizó fuera, en el frío. Había diez grados bajo cero.

La puerta se cerró detrás de él. Sería la una de la mañana. A distancia podía ver el contorno de un pueblo cercano, afortunadamente la luna estaba llena.

Puso el sobre en su camisa y empezó a correr. Tenía que moverse, era su única oportunidad para no helarse. ¡La nieve no era demasiado profunda, una bendición! Se abrazó para guardar calor y corrió. La noche se cernía sobre él, ya no tenía respiración, pero corría. Tropezó, rodó en la tierra, su nariz sangraba, hirió su rodilla, pero corría.

Finalmente llegó. Supo que su única oportunidad era encontrar a un judío. Nadie más le abriría la puerta, sobre todo a las dos de la mañana. Temblaba. Un judío. Un judío abriría a otro judío. ¡Era su única esperanza…

¡Una puerta con un Mezuzá!!!   Golpeó y golpeó. No debía despertar a los vecinos, podrían matarlo. “¡Ratavet! Ratavet!” (Sálvenme, en idish). Apretó su boca a la puerta y susurró tan fuerte como le era posible “¡Ratavet!”

Se estaba desvaneciendo. No sentía sus pies. Debía haber veinte grados bajo cero. Golpeó por última vez.

Del otro lado de la puerta oyó al hombre decir a su esposa en idish: “Un meshugue borracho! Ropa de la prisión, no lleva abrigo… vio nuestra mezuzá… quiere pasar por judío”

Rabí Dubin cayó, no podía estar de pie. Sus fuerzas lo abandonaron. Se desvanecía. Dejó de estremecerse, cerró sus ojos y dijo su último “Shema Israel” agradeciendo a Di-s que por lo menos no moriría en la cárcel. Quizá tendría un entierro judío…

De repente abrió sus ojos. ¡¡¡Un minuto!!!

Le vino un pensamiento terrible.

“¡Cuando este judío abra su puerta mañana y me vea muerto, comprenderá que soy judío… nunca se lo perdonará! ¡Nunca!! ¡Sé cómo me sentiría!!! ¡No puedo permitir que eso pase!”

Se puso de pie de nuevo y empezó golpear con todo su ser y gritó en idish: “¡¡no es un truco!! Soy Mordejai Dubin. ¡El nombre de mi madre es tal y mi padre es tal… déjeme entrar! ¡Deje entrar a un judío!! Shema Israel HaShem Elokeinu…”

La puerta se abrió y él se desplomó en la casa, casi inconsciente pero vivo.¡Su amor por otro judío salvó su propia vida!!!

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