Lágrimas de oro

Un relato Jasídico no es simplemente una historia…


Tampoco sólo una enseñanza. Y mucho menos limitarlo a una narración con la cual entretenemos a nuestros amigos en una mesa de Shabat.
Un relato Jasídico es Pureza, es un ejemplo de Verdad. La que buscamos. La que no tiene condiciones ni concesiones.
Es un momento en el tiempo que se creó con el único fin de mostrar Divinidad. Y eso es lo que vemos. La unidad de Di-s, la fe y la entrega que un Iehudí debe tener.
Y el que lo está narrando, no lo relata, lo transmite. Transmite sentimiento, transmite caminos de vida que ingresan en el oyente rompiendo las barreras necesarias hasta revelar su esencia. Mostrándole que él mismo es ese relato Jasídico, que está hablando de él y que esa verdad que acaba de escuchar la lleva siempre consigo.
Hace unas semanas se acercó un proveedor a mi oficina para traerme una mercadería. Cuando me vio, “religioso”, comenzó a hablarme en hebreo. Al conversar con este señor de unos 70 años, me contó que observaba las Mitzvot de la Torá. Y ya en mi escritorio, luego de concluir la transacción comercial, comenzamos a charlar.
Me contó que estuvo con el Rebe en “770” y que recibió su Brajá (Bendición). Hablamos de Torá, me enseñó un vort y antes de irse, me dijo: “Si querés, te regalo un maise (relato Jasídico)”.
Feliz, le conteste que sí. Un maise contado por una persona con estudio y que estuvo con el Rebe tiene un plus que no se puede desaprovechar.
Antes de empezar, con su voz un poco más frágil y sus ojos húmedos, me dijo: “no sé por qué pero con este Maise siempre lloro”.
Y comenzó.
Era una historia sobre el Rebe de Lublín. Un maise conocido. La verdad es que lo había escuchado varias veces, pero esta vez parecía la primera.
En medio del relato volvió a emocionarse, pidió disculpas innecesarias y siguió. Pero al concluirlo se puso a llorar. Se tapó el rostro con las manos y me dijo: “No sé por qué lloro, debo ser el que más ha llorado con este Maise, y cada vez que lo cuento vuelvo a llorar”.
El relato detalla el reencuentro de un alumno con su Maestro. El discípulo, convertido en el Rebe de Lublín, por providencia Divina tuvo que pasar un Shabat en un pueblo desconocido. Quedando último en la sinagoga, es invitado por un anciano a compartir un trozo de Jalá y tal vez un poco de Vino. En realidad, era su maestro del jeider (escuela tradicional judía). Éste le cuenta lo especial que era su alumno y que su deseo era volverlo a ver pero por su pobreza y edad no había podido ir hasta Lublín. Luego de escuchar esto, el Rebe de Lublín le revela su identidad.
Al día siguiente, feliz por haber visto nuevamente a su alumno y luego de despedirlo y caminar junto a su carroza, el Maestro dejó este mundo.
El Rebe de Lublín, ya lejos del pueblito, percibe lo sucedido, y le indicó al chofer que regresara para acompañar los restos de su Maestro.
Aquí es donde lloró. Y mucho. No sé cuál fue la razón, no quise peguntar.
Aquí fue donde tanta emoción y pureza desbordaron la oficina.
Fue aquí donde tanto brillo transmitido, la intensidad con que lo expresó y la entrega no resistieron los límites que les ponía el cuerpo, provocando que los tesoros de su alma, pura e intacta, desprendan lágrimas de Oro.

David Konfederak

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