La verdad sencilla y simple

La gente simple que tiene fe pura, recitando con sinceridad versículos de los Salmos (Tehilím), asistiendo a clases de Torá, participando en farbrenguens fraternales con amor puro a sus semejantes judíos – esta gente es el verdadero orgullo y regocijo de todos los Rebes.

El Baal Shem Tov sentía un amor especial por los judíos simples, muchos de los cuales se sintieron atraídos a él y llegaron a ser sus seguidores. Pero serias objeciones se dejaron oír contra el enfoque del Baal Shem Tov por algunos de sus propios discípulos. Estos no podían comprender por qué el maestro mostraba semejante respeto por la gente ignorante. De hecho, el Baal Shem Tov solía enviar con frecuencia a sus discípulos a que visitaran a la gente simple, para que de ella aprendieran rasgos buenos de sinceridad, esperanza, fe en los sabios y amor a Israel. Sin embargo, estos sofisticados eruditos de la Torá no podían apreciar por qué el Baal Shem Tov tenía en tan alta estima a la gente simple que tan poco sabía.
En la comunidad del Baal Shem Tov era costumbre que todo invitado, sin importar su condición o nivel de conocimiento de la Torá, era bienvenido a unirse al Rebe en su mesa para dos de las tres comidas del Shabat. Una comida, sin embargo, estaba reservada exclusivamente a la clase más alta de sus discípulos, el círculo interior de la jevraiá Kadishá -la Santa Cofradía-. Nadie más era admitido en esa singular comida sabática.

Pero algo especial y asombroso sucedió un Shabat, durante el verano de 1753, 1754 o 1755, cuando el círculo especial de discípulos incluyó a los grandes Rabís, el Maguid -Predicador- de Mezritch, y el Rabí de Polnoye.
Muchos huéspedes habían venido a pasar el Shabat con el Baal Shem Tov. Estos incluían a trabajadores comunes, granjeros, artesanos, zapateros, sastres, jardineros y mendigos. El Baal Shem Tov mostró extraordinario afecto y amor por esta gente en la comida de la noche del viernes. Vertió los restos de vino de su copa de Kidush en la de una persona, a otra le dio su propia copa para recitar el Kidush, y dio trozos de su jala-pan sabático- y porciones de pescado y carne a varios otros. Estos y otros gestos que el Baal Shem Tov mostró a la gente común, dejaron perplejos a los discípulos de elite.
Sabiendo que no estaban invitados a asistir a la tercer comida de Shabat, reservada exclusivamente para el grupo íntimo de discípulos, la gente simple se reunió en la sinagoga después de su almuerzo. Incapaces de leer cualquier cosa más que el hebreo básico, estos judíos incultos comenzó a entonar capítulos de los Salmos.

El Baal Shem Tov puso un orden especial en cómo sus discípulos habrían de sentarse alrededor de la mesa. A medida que la comida progresó, analizó profundos pensamientos de la Torá. Todos los discípulos sintieron gran deleite y regocijo por las excelsas enseñanzas de su maestro. Cantaron numerosas melodías, y viendo que el Baal Shem Tov estaba de muy buen ánimo, se sintieron colmados de una sensación de inmensa alegría y gratitud por ser alumnos de semejante gran maestro.
A varios de los discípulos se les ocurrió pensar en cuánto más inspiradora, significativa y excelsa era la atmósfera sin la ruidosa y torpe muchedumbre de ignorantes que no tenía idea ni sabía apreciar a ciencia cierta las insignes enseñanzas del Maestro. “¿Por que, presta el Baal Shem Tov tanta atención a gente tan humilde?” – pensaron
Mientras estos pensamientos pasaban por la mente de los discípulos, la expresión del Baal Shem Tov cambió repentinamente.
Se puso muy serio. Hondamente sumergido en sus pensamientos, repentinamente comenzó a hablar: “Paz, paz al distante, y al cercano. Los distantes vienen antes que los cercanos . De acá se deduce que el judío penitente se alza en un nivel más alto incluso que el del tzadik más perfecto”. El Baal Shem Tov explicó que hay dos maneras de servir a Di-s: El del santo tzadík y el del penitente. El servicio sincero y humilde de la persona simple que no tiene vanidades, es paralelo a la senda de los sentimientos de remordimiento del penitente.

Cuando el Baal Shem Tov concluyó su charla, los discípulos reanudaron su canto. Quienes habían cuestionado el amor del Baal Shem Tov por la gente simple, se dieron cuenta de que aquél era consciente de sus pensamientos y había leído sus mentes. Su énfasis en las buenas cualidades de los hombres simples, que estos superaban incluso al perfecto tzadik, se dirigía obviamente a ellos.
Mientras los discípulos continuaron cantando, el Baal Shem Tov seguía inmerso en meditación. Cuando terminaron de cantar abrió sus ojos y miró cuidadosamente a cada uno. Les dijo que pusieran su mano derecha sobre el hombro del discípulo sentado próximo a él, de modo que todos los alrededor de la mesa estarían unidos.
Les dijo que entonaran unas melodías en particular mientras se mantenían en esta posición. Después de cantar por un corto tiempo, el Baal Shem Tov les dijo que cerraran sus ojos y no los abrieran sino hasta que él se los indicara. Entonces el Baal Shem Tov puso su mano derecha sobre el hombro del discípulo a su derecha, y su mano izquierda sobre el discípulo sentado a su izquierda. El círculo ahora estaba cerrado.

Repentinamente, los discípulos oyeron los más conmovedores y hermosos cantos de los versículos hebreos del ie~hi1ím que partían el corazón, entrelazados con súplicas en idish y melodías que llegaban al alma. Una de voz cantó: “Oh, Ribono shel olam, Amo del universo , y se lanzó a un versículo de Tehilím: “Las palabras de Di-s son puras…”. Otro cantó: “Ay, Ribonó shel olam”, y otro versículo: “Ponme a prueba Di-s, ponme a prueba, purifica mi corazón”. Un tercero introdujo su versículo con un espontáneo lamento en idish: “Tate hártziker, Padre amado, Sé gracioso conmigo; confío en Ti y en la sombra de Tus alas”. Una cuarta voz exclamó: “Ay, guevald ziser foter in himel, dulce Padre en los cielos, que Di-s Se alce; Sus enemigos se esparcirán; Sus enemigos huirán”. Otra voz expresó su angustia:
“Padre querido, hasta un pájaro tiene un hogar, un pichón su nido, pero ¿dónde está Tu casa?” Otro más suplicó: “Padre querido, Tate misericordioso, tráenos de regreso a Ti, y quita Tu enfado de nosotros.”
Los discípulos se sintieron abrumados por estas expresiones de todo corazón. Lágrimas rodaban de sus mejillas. Cada uno de ellos deseó fervientemente que él, también, pudiera servir a Di-s con sinceridad tan pura.
El Baal Shem Tov quitó sus manos de los hombros de los discípulos y la música celestial cesó. El grupo dejó de oír las canciones y los Salmos. Entonces les dijo que abrieran sus ojos.
“Cuando oí esas canciones de Tehilím”, contó luego el Maguid al Alter Rebe -Rabí Shneur Zalman de Liadí, el fundador de Jabad- “mi alma se derramó en éxtasis. Experimenté semejante anhelo profundo y ansiedad, semejante delicia de amor Divino como nunca antes había sentido. Mis zapatos estaban empapados de transpiración y lágrimas de Teshuvá surgieron de las profundidades de mi corazón
Cuando el Baal Shem Tov dejó de cantar, un silencio inmediato cayó sobre el grupo. El Rebe permaneció en profunda meditación por mucho tiempo, luego alzó la vista y dijo: “Estas conmovedoras recitaciones que acaban de oír son las francas expresiones de los simples judíos recitando Tehilím con sinceridad, desde la profundidad del corazón con fe simple y pura
“Ahora, mis queridos alumnos, piensen cuidadosamente. Como personas, nosotros sólo estamos en la periferia exterior de la verdad’. Pues nuestro cuerpo no es verdad; sólo el alma lo es, pero incluso el alma es sólo parte de la esencia Divina, y por eso es llamada periferia de la verdad’. Sin embargo, incluso nosotros podemos reconocer la verdad, sentir la verdad, y vernos afectados por la verdad. Consideren entonces, cómo Di-s, Quien es la verdad absoluta, ama y atesora los versículos de Tehilím recitados por esta gente simple
“Quisiera que los jasidím fueran conscientes de esto, y pido que estemos más conectados y ligados uno al otro, que seamos más cuidadosos uno con el otro. Cada judio debe ser apreciado, y especialmente así debe ser entre jasidim.
Desafortunadamente, en estos días sucede que uno no oye de un suceso alegre en la familia de otro durante tres meses.

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