La condición

El hijo, muy sorprendido, dio su palabra. Al otro día salió en la expedición…

Un poritz (noble) y su hijo estaban discutiendo acaloradamente. Su único hijo, le había pedido permiso para ir a cazar con sus amigos en los densos bosques alrededor de la ciudad de Liozna. El padre, un hombre mayor interesado por la seguridad de su hijo, se negaba a concederlo. La oposición del padre a lo que consideraba una aventura peligrosa parecido inamovible.
En la plenitud de la discusión, el poritz, de repente dejó de hablar. Durante unos minutos estuvo perdido en el pensamiento. “Te permitiré ir con una condición,” decidió finalmente.

“En la ciudad de Liadi vive un Rabino famoso. Es el líder espiritual de todos los judíos en esta área, y cada palabra que profiere es considerada santa. Ve a este Rabino y pídele su bendición. Si prometes hacerlo, te permitiré ir a cazar”. El hijo, muy sorprendido, dio su palabra. Al otro día salió en la expedición.

En esos pocos momentos de silencio, la memoria del poritz lo había llevado atrás en el tiempo, cuando había servido como un interrogador en la prisión principal en Petersburg. Aunque había interrogado a centenares o miles de prisioneros en el curso de su carrera, su experiencia con el Rabino que había sido acusado de rebelarse contra el gobierno, era algo de que nunca podría olvidar. Se grabaron su regia postura, su majestuosa barba larga y sus ojos profundamente expresivos, en el corazón del noble para siempre.

Podía recordar las respuestas del Rabino a las preguntas como si las había oído ayer. La sabiduría y verdad que contenían habían sido evidentes en cada palabra, y el poritz estaba sumamente impresionado por el carácter del Rabino. De hecho, el descargo subsiguiente del Rabino de la cárcel y el dejar caer los cargos contra él se debía principalmente a la intervención del poritz.

El Rabino, era el Alter Rebe, Rabi Shneur Zalman de Liadi, el fundador del movimiento Jasídico Jabad, cuyos antagonistas habían calumniado ante las autoridades. Pero a pesar de las imputaciones, el joven interrogador se había convencido de que el Rabino era un hombre de santo. Ahora, décadas después, sentía que si su único niño pudiera ver al Rabino, quedaría tranquilo.
Desgraciadamente, los presentimientos del poritz eran bien fundados. Después de unas semanas la expedición de caza se había detenido por una tormenta deslumbrante. El hijo, que se había separado del resto, estaba sólo en medio del bosque. Buscó resguardo bajo un árbol, esperando que pasara la tormenta. Pero el tiempos no mejoró, fue peor. Pasaron varios días hasta que la tormenta amainó.
Empapado hasta los huesos, hambriento y enfermo, el hijo del poritz trató de salir del bosque con vida. Milagrosamente encontró un camino a través del follaje y logró arrastrarse a una posada en las afueras de Liozna.

Al otro día, volando de fiebre, recordó su promesa que había hecho a su padre y decidió cumplirla. Con sus últimas fuerzas se levantó de la cama y partió para la ciudad para encontrar al Rabino.
Una vez en el pueblo supo que Rabi Shneur Zalman había fallecido recientemente, pero había dejado a un sucesor, su hijo Rabi Dovber (el Miteler Rebe), quién también era una persona santa. Pero el Miteler Rebe ya no vivía en Liozna, sino en Lubavitch.
No había ninguna explicación racional para la urgencia que sentía de ver al hijo del Rebe, que su padre había alabado tanto. No obstante, contrató un carruaje y partió para Lubavitch, a pesar de su debilidad.
Esa noche, cuando el hijo del poritz llegó a Lubavitch, se sintió defraudado al saber que el Rebe estaba diciendo un discurso jasídico a sus Jasidím y no recibía visitas. Pero el noble joven no se dio por vencido. Intrépido, insistió en saber dónde estaba hablando el Rebe.
Nadie notó al extraño cuando entró. Al frente del cuarto el Miteler Rebe estaba sentado, al lado de una mesa, diciendo un discurso de Jasídico. El hijo del poritz se pasmó por la escena. Semejante muchedumbre de las personas, todos callados y concentrados en el Rebe.
Después de una hora se dio cuenta que estaba de pie, a pesar de su estado de salud. Cuando dejó el vestíbulo podía sentir que sus fuerzas volvían, e indudablemente era en mérito del Rebe. También agradecía haber podido cumplir la promesa que hizo a su padre.
(Esta historia fue relatada después de muchas décadas por el hijo del poritz – por entonces un noble en Su propio derecho- a un jasid de Jabad)

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