El visitante del Baal Shem Tov

El santo fundador del Movimiento Jasídico, Rabí Israel Baal Shem Tov, estaba en su habitación, entregado a sus pensamientos. Una pequeña vela iluminaba el cuarto y el Rabí parecía estar en otro mundo…

El santo fundador del Movimiento Jasídico, Rabí Israel Baal Shem Tov, estaba en su habitación, entregado a sus pensamientos. Una pequeña vela iluminaba el cuarto y el Rabí parecía estar en otro mundo, ajeno a lo que sucedía a su alrededor.
De pronto, el silencio fue cortado por un seco golpe a la puerta, la que luego se abrió suavemente.

El asistente de Rabí Israel, respetuoso, interrumpió las reflexiones de su venerado maestro para anunciar la llegada de un forastero. Se trataba de un hombre de mediana edad, bien vestido y con aires de ser dueño de una inmensa fortuna.
“¿A qué debo el honor de tu visita?”, preguntó Rabí Israel al extraño.
“He oído hablar mucho de usted, santo maestro. Su fama se extiende con suma velocidad, más allá de las fronteras de Podolia. Por ello he querido verlo y recibir su bendición, aunque, a Di-s gracias, no carezco de nada ni necesito nada en particular”.
Los penetrantes ojos de Rabí Israel estudiaron el rostro del visitante por un rato. Luego comenzó a hablar, lenta y pausadamente:
“Está escrito ‘Di-s dirige los pasos del hombre’. Eso significa que ningún judío va a lugar alguno sin ser dirigido por la Providencia Divina. Aunque lo ignores, tu visita a este lugar no es porque así se te hubiera ocurrido a ti…”.
El forastero se sintió un tanto sorprendido por las inesperadas palabras del Rabí y esperó ansioso a que continuara hablando para ver a qué se refería. Pero en lugar de darle una explicación satisfactoria, el Rabí comenzó a contarle una historia:

“Había una vez dos jóvenes que se tenían un profundo afecto. Iban juntos al Jeider -la Escuela Hebrea Tradicional-, jugaban juntos, y también corrían tras las bellas mariposas del prado. Los años pasaron y pronto los niños crecieron y se convirtieron en hombres. Se casaron, y cada cual fundó su propio hogar. También se instalaron en sendos comercios.Cada uno de ellos vivía en el pueblo de los parientes de su esposa, de modo que ésta era la primera vez que los queridos amigos se separaban.

Durante cierto tiempo los negocios de ambos prosperaron enormemente y así lograron acumular grandes fortunas. Más tarde, sin embargo, uno de ellos se vio ante una situación desesperada y al poco tiempo había perdido la fortuna que con tanto sacrificio lograra amasar. El pobre hombre, desesperado, recordó entonces a su viejo amigo de la infancia.
Pidió prestado dinero para el viaje y pronto estuvo con él. Al principio charlaron animadamente, recordando los buenos tiempos de la juventud. Más tarde, el anfitrión le preguntó la causa de su visita, agradeciendo la placentera sorpresa que le había ocasionado.
‘Debo confesarte que las cosas me han salido mal en los últimos tiempos. Perdí toda mi fortuna. Hasta he debido pedir prestadas las ropas que llevo puestas y el dinero necesario para hacer frente a este viaje hasta aquí’.
‘No debes preocuparte’, lo animó su viejo amigo y, ante el asombro del visitante, mandó llamar a su contador.
‘Transfiere la mitad de mi fortuna a mi querido amigo’. Y dirigiéndose a éste, le dijo: “Amigo mío. Siempre hemos compartido nuestros almuerzos y nuestras golosinas, todo lo que hemos tenido. Ahora, una vez más, he de compartir contigo todo lo que tengo”.
El hombre pobre -continuaba relatando Rabí Israel- regresó a su hogar enriquecido nuevamente. Volvió a instalar su negocio anterior,y al poco tiempo había redoblado su anterior fortuna. ¿Qué ocurrió, mientras tanto, con el otro amigo?
Su suerte cambió radicalmente. Las cosas fueron de mal en peor. En poco tiempo la rueda de la fortuna dio un vuelco drástico, y quien antes fuera un hombre pudiente se convirtió ahora en un pobre y desdichado mendigo.
Ahora le había llegado a él el turno de ser quien pidiera ayuda a su amigo para poder salir de su desesperada situación. También él pidió dinero prestado para el viaje y emprendió la marcha. Cuando llegó a la casa de su amigo, pidió al sirviente de turno que anunciara su arribo al dueño de casa.

Tuvo que esperar un largo rato el regreso del criado, para escucharle decir:
“Mi amo no recuerda tu nombre, y de todos modos me ha dicho que está muy atareado como para recibirte”.
El pobre hombre casi no podía creer lo que oía. Insistente, preguntó al criado si había anunciado su nombre correctamente. La respuesta fue afirmativa.
“Que esto quede entre nosotros”, agregó el lacayo en un tono más bien confidencial, “te diré que mi patrón, desde que recuperó su riqueza, se ha vuelto un hombre muy duro y despiadado. Sólo piensa en la manera de multiplicar su fortuna, como si temiese perderla nuevamente”.

El hombre sintió que nada le quedaba por hacer allí. Con las manos vacías y moralmente destruido, regresó a su hogar. La humillación de la pobreza fue tan grande que pronto fue más fuerte que la resistencia que había logrado hasta el momento. La desilusión había sido atroz y sus sufrimientos lo llevaron a la muerte, la única forma de librarse de su intenso dolor. Ese mismo día, en la otra ciudad, el hombre rico sufrió un repentino accidente y perdió la vida.
Los dos amigos volvían a encontrarse -proseguía el Baal Shem Tov su historia- ante el Juzgado Celestial, a la espera de la sentencia merecida según su conducta durante la vida terrenal.

El hombre pobre fue premiado generosamente por su abnegación y rectitud para con su amigo, al ayudarle cuando éste más lo necesitaba. Pero el hombre rico había pecado gravemente con su avaricia, de modo que su veredicto fue que tendría que pasar por una etapa de purificación para limpiar su alma manchada por el pecado.
El alma del hombre pobre, el viejo y leal amigo, no estaba conforme con este Veredicto Celestial. “¿Cómo podré disfrutar de la alegría de la recompensa en el Paraíso sabiendo que mi querido amigo no está conmigo, y es castigado por mi culpa?”
Su reproche fue aceptado y el Tribunal Celestial autorizó a esta alma a ser quien dictaminara la sentencia que considerara justa. Sin vacilar, dijo: “Que ambos regresemos al mundo de los vivos. Que ambos seamos enfrentados nuevamente con la vida terrena, de manera que el alma de mi amigo tenga la posibilidad de corregir su mala acción”.
En una marcada muestra de leal amistad, sin ningún interés personal, esta alma estaba dispuesta a volver a soportar una vida de privaciones y sufrimientos, con tal de ayudar a su amigo.
Poco tiempo después -continuó el Baal Shem Tov- nacieron dos niños en ciudades diferentes. Uno nació en el seno de un hogar muy pobre, mientras que el otro lo hacía, por así decirlo, envuelto en paños de oro y plata.
Cuando el primer niño creció, tomó la vara del mendigo al igual que su padre y fue a pedir limosna de puerta en puerta.
Cierto día llegó a la puerta del hombre rico. Cuando éste abrió los gruesos portones de madera de su palacete, vio al mendigo esperando. Furioso, exclamó:
“Debes ser forastero en esta ciudad, pues ignoras que yo no doy limosna a ningún mendigo, ni siquiera a los que residen en esta misma ciudad. ¡Menos aún a los extraños!”
El pobre mendigo no había probado bocado en los últimos tres días y estaba exhausto y pálido. En ese mismo instante, cayó a los pies del hombre rico y murió.
“Ahora, ¿qué piensas del hombre rico?”, concluyó el santo Baal
Shem Tov, perforando al extraño con su mirada.
El forastero empalideció y comenzó a temblar. Sus ojos estaban llenos de lágrimas y sus labios se movían nerviosamente, sin poder pronunciar ni una sola sílaba.
Recordaba al mendigo que había llegado a su puerta días antes de esta visita al Baal Shem Tov. El pálido y cansado rostro del mendigo, que tanto lo había impresionado entonces, ahora lo atormentaba sin tregua y comenzó a llorar desconsoladamente.
“¿Queda alguna esperanza para mí? ¿Hay algo que pueda salvar mi alma?”, imploró el visitante.
“Sí. Hay algo que puedes hacer para enmendar tu terrible acción”, respondió Rabí Israel Baal Shem Tov. “Trata de encontrar a la familia del mendigo y pídele perdón.

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