El ministro español

En España cierto ministro fue denunciado ante las autoridades, pues practicaba el judaísmo en secreto. Lo arrestaron, fue juzgado y condenado a muerte. Como en todos estos casos, sería quemado en la hoguera. Pero este ministro era amigo del rey, y aunque este tipo de juicios estaba a cargo de la Iglesia y no del monarca, el rey pidió que se postergara la ejecución por un año, hasta que el condenado terminara de resolver todos los asuntos relacionados del Estado que estaban a su cargo. Y así fue. Al cumplirse el año de prórroga, el rey solicitó un mes más de aplazamiento. Al cumplirse el mes, pidió una semana. Al llegar a término la semana, solicitó un día. Finalmente, llegó el momento de la ejecución. Toda la población fue invitada a presenciarla.

En el momento en que estaba por llevarse a cabo el veredicto, un fuerte temblor de tierra sacudió el lugar. Todos corrieron para salvarse, muchos fallecieron, y en medio de la confusión el ministro también logró escapar. Luego, con la ayuda secreta del rey, pudo salir del país. Este ministro, que era un filósofo, comenzó a plantearse si el milagro que le ocurrió a través del temblor de tierra había sido una casualidad, es decir, iba a suceder de todas maneras, sólo que fortuitamente, en ese momento él se encontraba allí. O en realidad todo el motivo del temblor fue su salvación. Decidiendo que si era una casualidad, continuaría practicando su judaísmo en secreto, mientras que si alguien le demostraba lo contrario, viviría abiertamente como un judío.

Para ello recorrió varios países de Europa, visitando a diferentes Rabinos. Todas las respuestas recibidas no lo satisficieron. Escuchó hablar de un gran Tzadik, Rabí Israel Baal Shem Tov, y fue a su encuentro. En el patio de entrada de la casa del Baal Shem Tov había un judío entre los caballos. Éste, Rabí Zeev Kitzes, le indicó dónde encontrar al Tzadik. Cuando el ministro ingresó a la habitación del Baal Shem Tov, éste le dijo: “Bienvenido sea, ministro de España”. El hombre se sorprendió terriblemente, pues nadie conocía su identidad, comprendiendo que se trataba de un hombre santo. Mientras estaba sumido en sus pensamientos, el Tzadik agregó: “Y a tu pregunta podrá responder mi alumno, Rabí Zeev, que se encuentra afuera”.

Rabí Zeev le dijo: “Demos por sentado que desde los Seis Días de la Creación ya se había decidido que ése día, a esa hora y en ése instante, ocurriría el temblor. Pero, el hecho que tu ejecución fue programada para ese momento exacto, ni un minuto antes, es un milagro revelado”.

La respuesta convenció al ministro, quien comenzó a vivir su judaísmo públicamente,  convirtiéndose en un seguidor del Baal Shem Tov.

Extraído de Shmuot Usipurim

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