Abran los paraguas

El Cuarto Rebe de Jabad, Rabí Shmuel, fue cierta vez visitado por un Jasid que había regresado de la Tierra de Israel y estaba disconforme del viaje. Esperaba encontrarse con judíos santos con una gran fuerza espiritual como está escrito en los libros sagrados. Pero no advirtió nada especial; ¡los judíos allí se ven igual que todos los judíos!

El Rebe sonrió y dijo: “Te contaré una historia que escuché de mi Padre (el Tzemaj Tzedek), que puede cambiar tu impresión”.

“Un Judío simple vivía en una pequeña aldea cerca de Ierushalaim. Era tan elemental que, apenas sabía leer hebreo, no entendía mucho y hacía lo que podía. Sus esfuerzos con el Sidur (Libro de Plegarias) eran en vano:

Nunca sabía realmente si estaba pronunciando lo correcto.

Finalmente encontró la solución. Una vez por semana, los domingos, viajaba a Ierushalaim a lo de cierto Rabino, que le marcaba el Sidur, organizándole las Plegarias para toda la semana (a pesar de que las plegarias son prácticamente iguales cada día). Las Festividades las pasaba en Ierushalaim en la casa del Rabino, para evitar problemas, pues las Tefilot (Rezos) son más dificultosas”.

La única excepción era en los meses de lluvia (invierno), comenzando con el mes de Mar-Jeshván. Entonces, como los caminos estaban anegados y viajar era prácticamente imposible, no quedaba otra alternativa que el Rabino le marcara el Sidur por varias semanas.
Sucedió que un Mar-Jeshván, después que el Rabino le había dado una ‘gran tarea’, las lluvias se retrasaron en llegar y este judío decidió viajar a Ierushalaim unas semanas antes, mientras los caminos estaban secos.

Pensó en darle a su Rabino una gran sorpresa, pero al arribar, quedó shockeado al ver que ¡todos lo negocios estaban cerrados y las calles vacías!”

“¡Guevald!” pensó, “¡¿Podía ser que me equivoqué y hoy es Shabat!!?”

Vació sus bolsillos, dejó la carreta (para no transportar ni viajar, pues está prohibido hacerlo en Shabat), y caminó lo más rápido posible hasta la casa del Rabino y al no encontrarlo, corrió desesperado hacia la Sinagoga.

¡Sucedió tal cual lo había imaginado! ¡La Sinagoga estaba repleta!! ¡Debería ser Shabat! Caminó hacia el frente del Shul donde se encontraba sentado el Rabino, cayó sobre sus rodillas, llorando y suplicando exasperado:

“¿Hoy es Shabat? ¿Por qué están vacías las calles? ¿Por qué está todo el mundo en el Shul? ¡Esta mañana cociné, manejé los caballos y efectué decenas de trabajos prohibidos!!! ¿¿¿Qué puedo hacer ahora??? ¡¡¡Rabino, créame, no lo sabía!!!”

Miró al Rabino con los ojos bien abiertos. Hubiese estallado en un llanto, pero no quería perder ni una palabra de la respuesta del Rabino.

“¡No, no!”, dijo el Rabino con una sonrisa. “No es Shabat. Observa, nadie se ha vestido con ropas de Shabat. Hoy es un día de ayuno’”.

“¿Qué?”, exclamó el simple judío, totalmente sorprendido, “¿Un día de ayuno? ¡Oy! ¿Por qué no me lo ha dicho? ¿Por qué no lo marcó en mi Sidur? ¡Oy! ¡Oy!! ¡¡¡Ya he comido!!!”

“¡No te preocupes!”, lo consoló nuevamente el Rabino: “Hoy es un ayuno especial para la gente de Ierushalaim, porque aún no ha llegado la lluvia. No has hecho ningún pecado. Si deseas, toma un Libro de Salmos y reza con nosotros”

“¡¿Qué?!”, gritó el judío, totalmente sorprendido. ‘¿Ayunar . . .porque no llueve? ¿Para qué hace falta ayunar?”.

El Rabino dijo: “Si no llueve hay peligro de hambruna, la vida de la gente está en riesgo”.

“Entiendo eso”, dijo el Judío, “pero… ¿por qué ayunar?’”.

“Bien”, replicó el Rabino misericordiosamente. ¿Tienes una forma mejor para traer la lluvia?’”.

“Con certeza”, contestó. “Cuando necesito lluvia, salgo al campo y digo: Padre, necesito lluvia… y la lluvia cae”.

“¿Así de simple?”, dijo el Rabino sin poder creer lo que escuchaba. “¡¡Bien, muy bien!! ¡Hazlo también aquí!”.

“¡Seguro!’, respondió, asintiendo con su cabeza obedientemente. Se levantó, salió afuera, hacia el jardín de la Sinagoga, elevó sus ojos hacia los cielos, y dijo: ¡Padre! ¿Es posible que tus hijos en Tu Ciudad Santa estén hambrientos? ¿No ves que necesitan lluvia? ¡¡Por favor, envía. . .lluvia!!”.

“Inmediatamente los cielos se llenaron de nubes y la lluvia comenzó a caer torrencialmente”.

“¿Has visto?”, concluyó el Rebe Shmuel al viajero, “¡Tú simplemente no entiendes nada acerca de almas!”.

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