Un procedimiento quirúrgico

En 1854, Rabi Ieoshua Rokeaj, el Rebe de Belz, sufría de una sucesión de misteriosas dolencias. Aunque sentía un profundo dolor, mantenía siempre un semblante alegre. Sus jasidim, de todas formas…

En 1854, Rabi Ieoshua Rokeaj, el Rebe de Belz, sufría de una sucesión de misteriosas dolencias. Aunque sentía un profundo dolor, mantenía siempre un semblante alegre. Sus jasidim, de todas formas, estaban terriblemente preocupados, no por la enfermedad en si misma- pues para ellos era curable- sino debido a ciertas insinuaciones del Rebe, que sentía que su final estaba cerca.
En la siguiente oportunidad en que la salud del Rebe empeoró, decidieron no ahorrar esfuerzos y dinero y lo llevaron a Viena. Allí, en el sitio de más renombre médico de todo Europa, acudieron a los más importantes especialistas. Los médicos anunciaron su diagnóstico: se debía llevar a cabo una complicada y riesgosa operación con extrema urgencia.
El Rebe de Belz llevó a cabo sus preparativos. Se sumergió en la Mikve (baño ritual), escribió su testamento, recitó con gran emoción las palabras del Vidui (confesión final). Sólo cuando hubo finalizado con ello, permitió que se lo trasladara al quirófano.
El equipo de cirugía estaba reunido alrededor del Rebe. Todos esperaban la señal del jefe de Cirugía al anestesista para comenzar la intervención.
De pronto, para sorpresa de todos, el Rebe llamó a uno de los cirujanos. Luego de confirmar su primer nombre, le dijo: “¿Moses? ¿Eres judío, verdad?” El médico asintió lentamente, con su cabeza.
Moses, que en su infancia era conocido como Moshe Itzjak, era de un pequeño pueblo llamado Linden. Allí creció en el seno de una familia tradicional. Su padre hizo lo mejor que pudo para proveerlo de una fuerte educación judía, pero de todas formas el corazón del muchacho miraba hacia otra dirección. Su cabeza estaba colmada de ideas más cosmopolitas, paisajes más atractivos, que lo alejaban más y más de los valores de su hogar.
Apenas tuvo la edad suficiente, abandonó Linden para disgusto de sus padres, y se dirigió a la gran metrópoli, Viena.
El primer paso que dio en su nueva vida fue cambiar su nombre a Moses. A continuación, se anotó en una escuela secular, donde gracias a su mente brillante y determinada diligencia, superó a sus compañeros de la misma edad, absorbiendo una extraordinaria cantidad de material en un lapso relativamente corto.
Con su título bajo el brazo, fue aceptado en la Universidad de Medicina, y allí también fue muy exitoso. Inmediatamente después, adquirió prestigio, convirtiéndose en un médico -cirujano de primer nivel. Cuanto más éxito alcanzaba, más se aljaba de sus raíces judías. Ya nadie podría relacionar al sofisticado Dr Moses con Moshe Itzjak de Linden.
Aunque la afirmación de Moses acerca de su origen fue apenas perceptible, fue registrada por cada uno de los presentes en la sala. Todos permanecían en absoluto silencio, cuando el Rebe continuó: “Moses, ¿crees que Di-s Todopoderoso creó el mundo y lo dirige?” Después de un instante, el perplejo Moses respondió: “Si Rebe, lo creo”
El grupo de médicos se miraba sorprendido, pero el Rebe parecía ignorarlos totalmente. Toda su atención estaba puesta en el doctor. “Y en el Mashiaj, el justo redentor, que llegará en cualquier momento, y redimirá a todo nuestro pueblo del exilio… ¿Crees en ello, Moses?”
En esta ocasión el silencio fue mayor. El médico eligió cuidadosamente sus palabras. “Eh, creo que en un determinado momento, llegará la redención, pero no creo que sea a través del Mashiaj, un individuo, que dominaría el mundo entero y todos temerían de él y lo respetarían. Semejante concepto no es admisible de acuerdo a la lógica; por lo tanto no puedo aceptarlo”.
El Rebe de Belz levantó su cabeza y miró directamente a Moses. Abrió bien sus ojos, dos brillantes órbitas enormes que irradiaban ternura y bondad, pero también poder y autoridad.
La mirada penetrante del Rebe se ligó a Moses. Sentía que se quemaba por dentro. Trató de desviar la suya, pero le era imposible. Era como si estuviera magnéticamente atado a los ojos del Rebe. Los atónitos miembros del equipo médico veían que el rostro de su colega se tornaba mortalmente pálido, y cambiaba a brillante rojo remolacha. Y así sucesivamente, rojo, blanco. Su cuerpo temblaba y sus manos comenzaron a sacudirse. No sabían qué pensar ante la inesperada y audaz interacción, pero estaban seguros de que Moses estaba atravesando por algún tipo de trauma espiritual o emocional.
La tensión era palpable. Moses jadeaba y respiraba con dificultad, como si recién hubiese corrido un largo trecho. Trató de hacer lo posible por calmarse y relajarse, pero se sentía incapaz de lograrlo. El simple hecho de que alguien haya afirmado su control sobre él con una simple mirada, lo sumía en un tumulto interior.
Finalmente, el Rebe quitó sus ojos de Moses. El cirujano sintió que su compostura retornaba. Entonces, el Rebe de Belz lo miró nuevamente, estudió su rostro, pero ahora su mirada era como una caricia. “Nu, Moses, ¿ahora crees que un individuo es capaz de despertar temor y reverencia en todos aquellos que están a su alrededor, con sólo una mirada?”
Moses asintió en silencio.
“Bueno, Moses, así es como sucederá cuando el Mashiaj arribe. El elegido de Di-s gobernará el mundo entero, y todos abandonarán sus caminos equivocados y retornarán a Di-s”
“El Rebe tiene razón; yo estaba equivocado” murmuró el médico abatido.
El drama paso, la operación se pudo llevar a cabo. Luego, se anunció que había sido un éxito, y miles de jasidim respiraron con alivio.
Quince días después, el Rebe de Belz fue dado de alta. Abordó el tren que lo llevaría de vuelta a Belz desde Viena. Para profundo dolor de sus seguidores, de todas formas, nunca llegó, pues falleció el 23 de Shvat, a la edad de 59 años, durante el viaje. Entre aquellos que tuvieron el mérito de estar en el pequeño grupo de discípulos presentes en los instantes de su despedida de este mundo, se encontraba su devoto jasid, Moshe Itzjak de Linden.

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