Mérito

Ferdinand, uno de los más cercanos consejeros del rey, hizo rechinar con enojo sus dientes…


El rey nueva­mente estaba hablando con ese judío! A pesar de todos los esfuerzos de Ferdinand, simplemente no podía persuadir a Su Majestad que no se podía confiar en el judío. En cambio el rey escuchaba atentamente el consejo del judío y trataba a los judíos del reino con la máxima amabilidad. ¡Ferdinand sentía que no podía seguir soportando más tiempo esa situación!

¿Pero que podía hacer? El judío era una persona muy inteligente con suficiente dinero como para enfrentar todo lo que se le presentara. Era honesto y confiable, siempre le daba al rey buenos consejos. ¿Cómo podía Ferdinand convencer al rey de que todos los judíos eran terribles, cuando este judío insistía en causar tan buena impresión?

Podría ser que si su último plan funcionaba, él podría liberarse del judío de una vez para siempre…

Reb Iaacob era consciente del resentimiento del ministro, pero hacía lo posible para ignorar la mirada de odio de Ferdinand. La situación no era nueva; se repetía una y otra vez a través de los años. Dondequiera que los judíos eran bendecidos con un gobernante benévolo que de alguna manera aliviaba las penurias del exilio, un nuevo enemigo venía para destruir el equilibrio e intentar provocar nuevas miserias al pueblo judío. Ahora, cuando el rey trataba bondadosamente a los judíos, Ferdinand estaba haciendo lo posible para acabar con el entendimiento que había entre Reb laacob y crear una brecha entre el pueblo judío y el monarca.

Era poco lo que Reb Iaacob podía hacer al respecto. Su única defensa era seguir comportándose de la forma más honorable posible. Comportándose como un verdade­ro judío practicante de la Torá y obedeciendo las leyes del reino, estaba seguro que podría refutar cualquier acusación que Ferdinand pudiera tramar contra él.

Ese día, cuando Reb Iaacob había partido de la corte del rey y retornado a su hogar en el barrio judío, Ferdinand se aproximó al rey. “Su Majestad” comenzó respetuosamente “Tengo noticias que temo lo harán sufrir acerca del judío laacob”

El rey se reclinó en su trono. “realmente Ferdinand” dijo cansinamente “Haz estado tratando de convencerme durante dos años de que no se podía confiar en Iaacob. Se ha probado que todas tus acusaciones son falsas. A menos que tengas pruebas para presentarme, no estoy interesado en escuchar tu historia

Los ojos de Ferdinand brillaron. “Su Majestad, esta vez estoy seguro que tengo pruebas”

El rey volvió a sentarse “¿Si?

Ferdinand se aproximó y puso una hoja de papel ~ frente al rey. “Esto. Su Majestad, es una copia del ~ registro financiero del judío. Como usted ve, aquí dice que posee 100.000 gulden (moneda antigua de Europa Central).

El rey tomó el papel y lo examinó cuidadosamente. “Si, ya veo, ¿cuál es el problema?”

Ferdinand bajó la voz. “Su majestad, me costó mucho esfuerzo el encontrar esta información —¡Porque el judío la tenía oculta! Si usted le pregunta cuánto dinero posee realmente, la suma que le dará será mucho menor. Su Majestad, ¡Está claro que el judío está tomando para sí dinero del tesoro!”

El rey se quedó mirando el papel consternado ¿Podía ser cierto que su consejero judío no fuera tan honesto y confiable como él siempre había creído que era?

“¿Cómo sé que me estás diciendo la verdad?” Preguntó finalmente el rey.

Ferdinand ocultó una sonrisa triunfal. ¡Su plan estaba funcionando! “Su majestad, este papel es la prueba de la verdadera situación financiera del judío” dijo ansio­samente “Todo lo que usted necesita hacer es pregun­tarle al judío cuánto dinero tiene. Si él le miente… Ferdinand dejó que su voz se perdiera.

“Si él me miente” dijo torvamente el rey “entonces sabré que tienes razón. Y si él ha traicionado mi confianza de esa manera ¡verdaderamente tendrá lo que se merece!”

Ferdinand se inclinó y rápidamente abandonó el salón, frotándose las manos con júbilo. Seguramente el judío caería en su trampa, ¡y él se libraría de Iaacob de una vez por todas!

Al día siguiente el rey convocó a Reb Iaacob al palacio. Después de hablar por un rato, el rey preguntó inocen­temente “Dime amigo mío, ¿cuánto dinero posees realmente?”

“¿Cuánto dinero poseo realmente?” Reb Iaacob pensó por un momento, entonces sonrió suavemente “Bien, Su Majestad, debo decir que realmente poseo… cerca de cuarenta mil gulden”

El rey se sentó muy silencioso por un momento. “Ya veo” dijo suavemente. Entonces se inclinó hacia delante. “Iaacob quiero que mañana a la mañana salgas de la ciudad, hacia el descampado que está cerca del bosque. Uno de mis servidores te estará esperando ahí. Pregúntale si mi voluntad se ha cumplido

“Ciertamente, Su Majestad” dijo Reb laacob con una respetuosa inclinación “Es un honor ser enviado a una misión para el rey”.

“Si, estoy seguro” replicó el rey con una extraña sonrisa en su rostro. Esperó a que el judío se fuera, entonces se volvió a uno de sus asistentes. “Busca a mi verdugo” ordenó “Dile que mañana alguien llegará hasta donde están las horcas y preguntará si ‘la voluntad del rey se ha cumplido’. No importa quien es esa persona, no importa cuanto proclame que es inocente, ¡el verdugo debe ahorcarlo inmediatamente!”

“Si Su Majestad” respondió el asistente inclinándose. Rápidamente se dio vuelta y abandonó la sala del trono.

Ferdinand presenció toda la escena invadido por una sensación de triunfo. El rey estaba convencido que laacob lo había estado robando. Ahora, con la orden del rey, Iaacob no podría protestar que era inocente. El judío obedecería respetuosamente al rey; no había manera que laacob supiera que al seguir las órdenes ¡se estaba condenando a muerte!

“Y con ese maldito judío fuera de mi camino, podré lograr el favor del rey” se dijo Eerdinand “Me aseguraré de hacer que la existencia de los judíos sea muy infeliz, ¡Mientras que yo tendré lo mejor de todo!”

La mañana siguiente fue fría y tormentosa. Gruesos copos de nieve caían en remolinos desde los cielos, blan­queando las calles. Reb Iaacob caminaba con dificultad por las calles vacías, tiritando a pesar del abrigo. A nadie le gustaba estar afuera con tal clima, pero Reb laacob no podía optar por permanecer en su casa. Ante todo debía cumplir con la orden de su rey. Por alguna razón que él no comprendía el monarca quería que se aproximara a un hombre en las afueras de la ciudad y averiguara si la voluntad del rey se había cumplido. Ni siquiera el mal tiempo había cambiado las instruc­ciones.

Cuando se aproximó a las afueras de la ciudad, pudo ver a alguien que se le aproximaba. Cuando Reb Iaacob pudo ver más de cerca de la encogida figura, se dio cuenta que el hombre era un judío.

“¡Reb laacob!” Exclamó con alivio el hombre “Ah Reb Iaacob, ¡seguramente Hashem lo envió hoy en nuestra ayuda!”

“Shalom Aleijem (“la paz sea con usted”, saludo tra­dicional judío) Reb Id” saludó Reb Iaacob al tembloroso hombre “¿Qué lo hizo salir con tal tormenta? ¿Por qué no está en su casa frente a un fuego crepitante?”

“Reb Iaacob, necesitamos su ayuda” dijo jadeando el hombre “Una mujer dio a luz hace ocho días a un niño saludable. El mohel (el que realiza la circuncisión) todavía no ha llegado pues vive en el otro extremo de la ciudad, y tenemos miedo que no se pueda hacer la circuncisión. Reb Iaacob, toda la ciudad sabe que usted es un mohel experimentado. ¿Podría venir y realizar la circuncisión para este nuevo miembro de Israel?”

Reb Iaacob estaba consternado. “Te… te deseo mazal tov, pero lamento no poder llevar a cabo la circunci­sión

El judío lo miró sorprendido. “¡Reb Iaacob! Usted es un mohel muy conocido, y hay que hacerle el brit milá (circuncisión) a un bebé saludable al octavo día de su nacimiento. ¿Por qué no puede venir a cumplir esta gran mitzvá (mandamiento)?

Reb Iaacob extendió sus manos con impotencia. “Realmente deseo ayudarte, pero el rey me ha enviado a cumplir una misión para él. ¡Simplemente no puedo demorar esas órdenes por llevar a cabo el brit!”

“Por favor Reb Iaacob” suplicó el hombre “Segura­mente el otro mohel no se anima a recorrer tal distancia en esta tormenta de nieve. ¿Le va a negar a este niño ~ judío su circuncisión a tiempo?”

“¿Qué quiere que haga? Preguntó Reb Iaacob” ¿Debo ignorar las órdenes del rey?”

El judío lo miró con astucia. “¿Los mandamientos de quién son más importantes?” Replicó “¿De un rey de carne y hueso, o de Hashem, el Rey de reyes?”

Reb Iaacob, desconcertado, bajó los ojos. “Tienes razón” admitió “Si iré contigo, las mitzvot de Hashem cierta­mente están antes que las órdenes de un rey humano

“No se preocupe Reb laacob” dijo el hombre “El Profeta Eliahu (Elías), que asiste a toda circuncisión, seguramente lo protegerá de todo daño”.

Reb Iaacob resueltamente dejó de lado las órdenes del rey y siguió al judío a través de las calles nevadas, hacia la casa donde la madre y el hijo esperaban ansio­samente el arribo del mohel. Se alegraron de ver al ilustre Reb Iaacob, quien era muy conocido por su cercanía con el rey y sus esfuerzos a favor de sus hermanos judíos. Un minian (quórum de diez hombres) se había reunido en el cuarto contiguo, y no demoró mucho el llevar a cabo exitosamente el brit milá. Reb laacob felicitó a los padres del bebé, dándole instrucciones a la madre acerca del cuidado del su hilo, entonces abandonó la casa, determinado a cumplir la misión del rey.

Entretanto Ferdinand estaba esperando ansioso la noticia de que su odiado rival, el judío laacob, había sido ahorcado. El sabía muy bien que el judío era escrupuloso en el cumplimiento de las órdenes del rey con rapidez. Seguramente laacob ya estaba muerto; seguramente había cumplido su misión al amanecen.

Ferdinand se dio cuenta que ya no podía soportar el suspenso. Tenía que saber por sí mismo si el judío estaba realmente muerto. Se abrigó con su caro saco de piel y se apresuré hacia el claro en las afueras de la ciudad, ansioso de oír por si mismo las buenas noticias.

Se acercó al claro, bizqueando a través de la nieve que se arremolinaba. Si, ahí estaba Hans, el verdugo del rey.

“Dígame buen hombre” dijo con ansiedad “¿Se han llevado a cabo ya las órdenes del rey?”

Hans observó al hombre que estaba parado ante él. “Todavía no” respondió “Lo haré ahora”.

Al principio Ferdinand no comprendió. ¿Qué quería decir Hans? Pero cuando el corpulento individuo aferró su brazo, Ferdinand fue invadido por el pánico. “No, tú no comprendes” tartamudeo “No es a mi a quien te han ordenado ahorcar. Es al judío laacob —el ya tendría que haber llegado —no, ¡no es a mi…!”

El verdugo ignoré las frenéticas súplicas de Ferdi­nand. Sus órdenes habían sido claras: no importaba cuanto pudiera suplicar y protestar, el hombre que preguntara acerca de las órdenes del rey debía ser ejecutado ¡inmediatamente!

Minutos después todo había terminado. Ferdinand, el malvado ministro que había planeado matar a laacoh el judío, estaba muerto.

Mientras Hans se preparaba para volver a su casa, 1 una nueva figura se aproximé a él. El verdugo echó un h vistazo y vio al consejero judío del rey.

“Perdón” dijo amablemente Reb laacob “El rey desea saber si se cumplió su voluntad”.

Hans sonrió. “Si, se ha cumplido. Puede decirle al rey a que el hombre que ha venido hasta mi ha sido ejecutado. Puede verlo usted mismo. Ahí está colgado, muerto. El rey puede descansar tranquilo, ¡hay un enemigo menos para molestarlo!”

Reb laacob trató de ocultar su asombro e incredlidad ante las palabras del hombre. ¿Qué estaba diciendo? ¡¿La persona que viniera aquí debía ser muerta?! Si no -hubiera demorado el cumplimiento de su misión para, llevar a cabo el brit, ¡él seria el que colgara de la horca!

Una mirada más atenta a través de la nieve le reveló que el ahorcado no era otro que Ferdinand, el consejero antisemita del rey. Reb Iaacob susurré una plegaría de agradecimiento a Hashem. Ahora estaba claro que ahí existió alguna clase de plan malvado, que habia sido a último momento por su demora en arribar al claro. En mérito a que llevó a cabo el brit milá del niño, Reb Iaacob había sido rescatado de una muerte segura.

Poco tiempo después el rey quedó asombrado al ver a Reb laacob entrar a la sala del trono.

“¿Qué estás haciendo aquí?” Demandé el rey “¿Por qué no has hecho lo que te ordené?”

Reb Iaacob miró fijamente al enojado rey. “Realmente hice lo que me fuera ordenado” respondió “Pero cuando arribé al claro encontré que alguien había llegado antes que yo. Ferdinand, tu consejero, ha sido ahorcado por orden tuya”

El rey miró al judío boquiabierto. “¿Ferdinand estaba ahí?” Tartamudeé. “Pero… pero él fue quien…

“Mi señor el rey, ¿puedo preguntarle humildemente por qué fui condenado a muerte?”

El rey suspiré profundamente. “No entiendo lo que ha ocurrido aquí. Ferdinand me trajo pruebas claras de que me habías estando traicionando, y tú me presentaste la prueba final en tu contra. Por lo tanto decidí conde­narte a muerte por tu crimen, pero…” El rey suspiré. “Pienso que los acontecimientos prueban que estaba equivocado. Es claro que Ferdinand te acusé falsamente, y sufrió su castigo”.

Reb Iaacob luché para ocultar su confusión. “Su Majestad, ¿cómo es que me condené a mi mismo? ¿Qué crimen he cometido?”

El rey explicó cómo Ferdinand había traído pruebas de que Reb Iaacob había estado robando del tesoro real.

“Cuando me dijiste que sólo tenias cuarenta mil gulden, decidí que Ferdinand estaba diciendo la verdad” concluyó el rey. “Tus registros financieros muestran que posees más de 100.000 gulden. Parecía claro que me estabas mintiendo. ¿Puedes explicarme eso?”

Reb Iaacob sonrió ampliamente, “hay dos explicaciones Su Majestad”. Tomó el papel y lo examinó cuidadosamente. “Antes que nada, las dos últimas entradas son falsas. Actualmente poseo 85.000 gulden, no cien mil. Ferdinand debe haber agregado las dos últimas entradas para asegurarse de que pareciera que yo le estaba mintiendo”

“¡Pero tú me has dicho que poseías sólo 40.000 gulden!” Protestó el rey. “¿Me has mentido?”

“No Su Majestad. Usted me ha preguntado cuánto dinero poseo realmente”. Reb Iaacob señaló con el dedo su bolsa. “¿Este dinero? No es nada Su Majestad. Quizás yo ahora poseo 85.000 gulden, ¿pero se puede decir que mañana voy a seguir poseyéndolos? Los depó­sitos pueden incendiarse, las lluvias pueden destruir los granos, los precios pueden subir o bajar. No, el único dinero que realmente posee una persona es el que ha dado para caridad: nadie puede quitarle esa suma. Así, que ya ve Su Majestad, cuando usted me preguntó cuánto dinero poseo realmente, le dije la verdad. Los 40.000 gulden que he dado para caridad a lo largo de los años es el único dinero que verdaderamente es mío para siempre”.

Extraído de 613 historias – Tomo 1 Editorial Bnei Sholem

Aún no hay comentarios

¡Sea usted el primero!

Complete el formulario siguiente para comentar.

Deje un comentario