Los higos de Adriano

El César de Roma, Adriano, era un hombre muy famoso por su perversidad…


El César de Roma, Adriano, era un hombre muy famoso por su perversidad.
Fue durante su época cuando debido a su tiránico gobierno, estalló la rebelión de Bar Kojba, aplastada tras recias batallas que duraron dos años y medio hasta que el último bastión judío, Betar, fue conquistado y destruido totalmente.
A Adriano no le faltaba sentido del humor, mas éste, por supuesto, siempre estaba impregnado de crueldad.
La siguiente historia relacionada con este cruel hombre, nos muestra hasta qué punto la envidia puede ocasionar situaciones muy incómodas…

El César visitaba la Tierra de Israel. Paseaba por las plantaciones de Tiberíades, cuando notó la presencia de un anciano cuyos plateados cabellos refulgían al sol. El hombre estaba absorto en su tarea, introduciendo en la tierra, con especial esmero, jóvenes retoños.
Mirando aun su encanecido cabello, el César se dirigió a él en los siguientes términos:
“iOye, anciano! Probablemente has sido perezoso durante tu juventud, de modo que ahora, durante tu vejez, te ves obligado a trabajar…”.
“No, Excelencia”, replicó el anciano. “He trabajado duramente durante mis años jóvenes, mas no por ello he de dejar de hacerlo en mi ancianidad, en tanto el Todopoderoso me dé fuerzas para hacerlo…”.
“Pero…”, continuó insistente el César, “no pretenderás gozar de los frutos de este arbusto que ahora plantas. ¿Dónde estarás cuando estos retoños den su fruto?”
“Todos estamos encomendados en manos del Santo, bendito seá. Todos. Jóvenes y ancianos. Si El así lo dispone, si así es  Su voluntad, podré gozar del producto de mi esfuerzo…
“Tu corazón abriga una extraña esperanza, anciano”, adujo el César, sorprendido. “Dime, ¿qué edad tienes ahora?”
“Hoy cumplo cien años, Majestad”, respondió el anciano, en su constante tono tranquilo y humilde.
“Cumples hoy cien años y aún tienes la esperanza de saborear los frutos de un árbol que plantas en este instante? ¿No te parece una posibilidad demasiado remota? ¿No crees que no vale la pena tanto esfuerzo para algo tan lejano e incierto?”
El anciano clavó su mirada en los azules ojos del César.
“Si Di-s así lo quiere, podré gozar del fruto de mi esfuerzo. Mas, si así no fuera, tampoco entonces mi labor sería yana. ¿Acaso mis padres no se han esforzado por mí? Así, pues, también yo trabajo y preparo para mi descendencia”.
“¡Por tu vida, anciano!”, exclamó el César. “¡Si logras el privilegio de ver con tus propios ojos cómo el fruto ha madurado, déjame saberlo!”
“Con agrado he de cumplir tu palabra, gran señor

Los años pasaron. El pequeño retoño creció hasta ser un recio árbol, rindiendo sus frutos. Era una higuera, y sus frutos blandos, maduros y dulces.
En efecto, el anciano pudo gozar de los frutos que él había plantado, con salud. Fue entonces que decidió que había llegado el momento de comunicar al César las buenas nuevas, tal como lo había prometido.
El anciano cargó un bolso con los frutos recién escogidos y se hizo al camino para ver al gobernante, en Roma.
Luego de diversos contratiempos con la guardia que finalmente fueron superados, el anciano se encontraba delante del César, quien no lo reconoció.
“i,Quién ha permitido la entrada a este viejo?”, vociferó Adriano impaciente.
“Soy aquel hombre al que has visto plantar los retoños de la higuera, cerca de Tiberíades, hace algunos años”, replicó el anciano. “Me has pedido que te informara cuando el fruto haya madurado, si aún estoy con vida. Heme aquí pues. Incluso he traído conmigo un cesto cargado con el dulce fruto, para que también Su Alteza pueda gozar de su sabor…”.
El César permaneció absorto observando al anciano, sorprendido. Sólo ahora recordaba aquel episodio sucedido tantos años atrás. Cierto… el anciano, en esa época, tenía ya cien años…
El César ordenó a la servidumbre traer almohadones tejidos en oro e invitó al hombre a tomar asiento. Luego, llamó al encargado del tesoro y le ordenó que llenase la canasta del anciano con monedas de oro.
Los ministros en vano intentaban comprender la extraña actitud de Adriano y los extraordinarios honores conferidos a este anciano.
“Alteza, ¿a qué se debe que pague usted tantos dinares de oro por
unos higos?”, preguntaron al gobernante.
Adriano sonrió y luego respondió contando la historia de este hombre.
“Si Di-s da tantos años de vida a este anciano, significa que se los ha ganado”, concluyó.

Cuando el anciano regresó a su hogar en Tiberíades, cargado de oro y honores, sus vecinos se acercaron para felicitarlo.
La mujer de uno de ellos, al ver la riqueza que el anciano había traído a su regreso de Roma, comenzó a fustigar a su esposo tratándolo de holgazán y fracasado.
“Mirate, infeliz sin par”, le dijo su mujer. “Lo único que atinas a hacer es descansar tirado sobre tu cama, eres un perezoso. ¿Acaso no has oído que al César le encantan los higos? ¿Por qué, entonces, no habrás de llevar también tú un cajón cargado de higos dulces para traer de regreso uno repleto de relucientes monedas de oro? ¿No tengo razón? ¡Pues no seas tan tonto como el viejo aquel, nuestro vecino! El llevó una pequeña canasta, mas tú llevarás un gran cajón con el que regresarás cargado de oro…”.
El pobre vecino no vio razones para discutir con su mujer y así llegó finalmente a los portones del palacio de Adriano, arrastrando tras de sí una mula cargada con un inmenso cajón de higos.
“He oído que el César ama los higos, y los cambia por dinares de oro”, respondió el hombre cuando la guardia apostada a la entrada quiso saber la causa de su visita a Roma. “Por ende, he traído conmigo un cajón de jugosos y dulces higos, los que pido me permitáis presenentarle al César personalmente”.
“Espera aquí un instante”, dijo el jefe de la guardia, en tanto enviaba a uno de sus hombres al interior de la fortaleza para preguntale al César qué hacer con este hombre que quería volverse “proveedor” de higos de la nobleza…
“Haced que este estúpido permanezca de pie en la entrada de mi
palacio”, ordenó el colérico César, “y dejadle gustar de sus propios higos de la siguiente manera: ¡colocad el cajón que ha traído consigo en la puerta y que todo el que entre al palacio, o salga de él, tome uno de los higos y se lo arroje al rostro!”
La orden del rey fue cumplida, al pie de la letra.
El infeliz quedó allí parado como un monumento vivo a la necedad mientras quienes lo veían no hacían nada para contener la risa, luego de dar cumplimiento a la “orden real” y estrellar uno de los higos sobre su rostro.
Al atardecer, cuando tenía su rostro lleno de moretones a causa de la “artillería”, felizmente se terminaron las “municiones” y el hombre fue liberado y enviado de regreso a Tiberíades.

Con el rostro hinchado y la nariz colorada de dolor y vergüenza, el hombre arribó a su hogar. Y como si la experiencia pasada no hubiera sido suficiente, aún le faltaba la “bienvenida” de su esposa.
“i,Qué te ha ocurrido, infeliz sin suerte? ¿Dónde has puesto el oro que recibiste?”
“Hubiera deseado que fueras tú quien estuviera a mi lado en esos momentos, para poder compartir conmigo toda la gloria y las riquezas que se me han dispensado”, respondió el hombre amargado. “Tú sí que hubieras sido un blanco adecuado para las ‘flechas’ voladoras, los higos”, acotó instantes después, con un dejo de burla.
“Pues será mejor que eleves tus plegarias de gratitud al Cielo. Has tenido suerte de que fueran higos y no etroguím, y que estos fueran frescos y no secos…”, le respondió la mujer, sólo para sumar más dolor al ya sufrido hombre.

Extraído de Cuentos de Distintas Epocas Editorial Kehot

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