Las tribus al este del Jordán

Iehoshúa les dijo a las tribus de Reuven, Gad y parte de la de Menashé que podían retornar a sus hogares y familias del otro lado del Jordán…

Iehoshúa les dijo a las tribus de Reuven, Gad y parte de la de Menashé (quienes habían venido a ayudar a las otras tri­bus en la conquista de Israel) que podían retornar a sus ho­gares y familias del otro lado del Jordán. Les previno que de­bían mantenerse leales a Di-s y Su Torá y no apartarse en mo­do alguno de las mitzvot.

Al llegar a sus casas, construyeron un altar a Di-s como tribu­to por los grandes milagros que había realizado a favor de ellos. Al escuchar esto, las demás tribus creyeron equivocada­mente que este altar estaba destinado a recibir sacrificios pa­ra Di-s, lo cual hubiera sido un grave pecado, puesto que ha­bía ya un Mishkán (Tabernáculo) construido en Shilo y ofren­das fuera de él estaban prohibidas. Entonces, las tribus se unieron para atacar a las otras dos y media, pero cuando en­tendieron que el altar era sólo un monumento a Di-s, desis­tieron. Estas tribus de Reuven, Gad y parte de Menashé te­mían que el río Jordán pudiera actuar de barrera y las separara del resto de la nación. De esta manera, las demás tribus que residían en ¡a margen occidental del río, podrían incul­car a sus hijos que los del otro lado no tenían nada que ver con el Di-s de Israel. Por ese motivo fue que construyeron el altar, para dar testimonio a las generaciones venideras de que su servicio era solamente a Di-s. Consideraban el altar como testigo de que jamás se rebelarían contra el Todopode­roso. Luego de años de batallas y conquistas, Di-s permitió a los judíos descansar y vivir pacíficamente. Ya era Iehoshúa muy viejo cuando reunió a todo el pueblo de Israel, incluidos los Ancianos, los Jueces y los funcionarios. Entonces les recor­dó todo lo que Hashem había hecho por ellos, todos los mi­lagros y las batallas peleadas, y los previno de no dejarse influenciar por los pueblos que aun quedaban en el territorio y no habían sido conquistados. Si osaban adorar a los dioses falsos de sus vecinos, desatarían ¡a ira de Di-s contra Su pro­pio pueblo. Así como Di-s había cumplido todas las promesas y bendiciones que había hecho a los judíos, así también man­tendría Su palabra en cuanto al castigo que les acarrearía de­sobedecer el pacto.

Extraído de “Ayer, hoy y siempre”
Editorial Bnei Sholem

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