La zarza ardiente

“Por favor muéstrame tu gloria”, D’is le dijo que él no podría verla…

‘Tengan paciencia’, les decía dulcemente el pastor. “Pronto llegaremos al pozo donde podrán beber hasta más no poder.”
Un amor infinito y gran compasión fluían de este bondadoso pastor que atendía a sus ovejas con tanta dedicación.
Durante ese caluroso día uno de los corderos, de repente, sintió un extraño impulso de escaparse. Se separó del resto del rebaño y corrió hacia lo desconocido.
“¿Hacia donde está corriendo ese cordero imprudente?” reflexionó Moshé. “No llegará al pozo y se perderá en el desierto.”
Su corazón se dirigió hacia el pobre cordero y sus pies lo condujeron en pos del animal. Finalmente, cuando Moshé lo alcanzó se dio cuenta que se encontraba en un sitio extraño; en un lugar donde nunca había estado anteriormente. Estaba parado al pie del monte Sinai.
Allí, delante de sus propios ojos, algo muy extraño estaba sucediendo: él estaba viendo una zarza ardiendo, ¡pero el fuego no la consumía del todo!
“Debo acercarme y ver este espectáculo maravilloso,” pensó Moshé. “¿Por qué no se consume el arbusto?” Se acercó y de repente escuchó una voz que salía en medio de la zarza ardiente, “¡Moshé!, ¡Moshé!”
‘Estoy acá,’ contestó temblando con temor.
‘No te acerques más. Quítate los zapatos de tus pies ya que te encuentras parado en una tierra santa.’
Luego D’is se reveló a Moshé diciendo, “Yo soy el D’is de Abraham, Itzjak y Iaakov.” Moshé se tapó los ojos, tenía miedo de contemplar esa visión sagrada.
¿Debía efectivamente Moshé haber escondido su cara y no mirar?
Rabí Iehoshua ben (hijo de) Korjá y Rabí Shmuel bar Najmaní reflexionaron sobre el tema.
Rabí Iehoshua ben Korjá opinaba que Moshé no debía haber escondido su cara. El enseñó: “Moshé Rabeinu fue castigado por no querer contemplar a Hashem. Cuando más adelante Moshé le pidió a D’is, “Por favor muéstrame tu gloria”, D’is le dijo que él no podría verla.
Rabí Shmuel bar Najmaní pensaba que Moshé actuó correctamente: “Moshé recibió su recompensa por haber cubierto su cara, ésta resplandeció con un aura celestial, como dice, ‘La piel de su cara resplandecía’; debido al temor que él había sentido, los judíos lo respetaban y tenían miedo de acercarse a él; como se había abstenido de “mirar”, pudo contemplar la visión de D’s.”
Por otro lado, en el Midrash Rabá encontramos a Rabí Iehoshua ben Korjá quien disiente en su opinión sobre el tema con Rabí Hoshaiá.
Rabí Iehoshua ben Korjá sostenía: “No fue correcto que Moshé haya ocultado su cara, ya que si no lo hubiera hecho, habría tenido el privilegio de que D’is le revelara todos los secretos de este mundo y del mundo venidero, aquellos secretos del pasado y del futuro. Pero escondió sus ojos, D’is le dijo, ‘Ninguna persona podrá verme y seguir viviendo.’
Rabí Hoshaiá sostenía: “Moshé se comportó correctamente al esconder su cara, dado que D’is le dijo a Moshé: ‘Vine a mostrarte Mi cara y tú me honraste ocultando tus ojos. Próximamente llegará el momento en el que estarás presente delante Mío cuarenta días y cuarenta noches y te complacerás con el resplandor de Mi Shejiná (Presencia Divina).

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