La historia que trajo paz

Durante un largo tiempo el Tzadik Rabí lehuda Hirsh de Stritin y Rabí Meir de Primishlían estuvieron enemistados…

Una antigua diferencia los distanciaba y no se dirigían la palabra. Cierta vez sucedió que ambos llegaron a la ciudad de Lelov para visitar a sus Jasidim. Allí vivía un comerciante que respetaba a los dos Tzadikim. Unos días antes del arribo de los Rebes, la esposa del comerciante dio a luz un hijo varón. Sin pensarlo demasiado, el hombre decidió honrar a uno como Sandak(quien sostiene al niño) y al otro le pidió que sea el Mohel, (quien realiza la circuncisión) de su hijo
Ambos aceptaron, sin saber que concurrirían al mismo tiempo a la ceremonia.

El día fijado, el comerciante tomó su carruaje para traer a los Tzadikim.
Primero pasó a buscar a Rabí lehuda Hirsh. Al llegar al alojamiento de Rabí Meir, el inocente hombre pidió permiso a Rabí Iehuda, para buscar al Sandak. Cuando Rabí lehuda Hirsh vio de quien se trataba, dio vuelta su cara. Rabí Meir pensó que era una excelente oportunidad para hacer las paces.

Se acercó entonces al carro y dijo: “A Meir le gusta contar historias. Ahora mismo contará una… y quien desea que escuche…”
“Hace muchos años vivían en España muchos judíos. Sus vidas eran tranquilas y armoniosas, destacándose en sus trabajos y negocios. Después de algunos años, los iehudim escalaron posiciones en el Estado, recibiendo puestos de relevancia en la vida del país.

Este éxito enfureció a un grupo antisemita que comenzó a incitar al rey contra los Judíos. Y así fue que, salió un decreto, ordenando que cada iehudí, debía renegar de su fe o de lo contrario, abandonar inmediatamente los limites del país”.
“Muchos fueron los Iehudim”, continuó Rabí Meir, “que eligieron dejar todas sus riquezas y pertenencias, para poder continuar en la fe de sus padres. Mas hubo otros que no pudieron pasar la prueba, y recibieron sobre si, exteriormente, la religión católica.

Sus vidas eran muy difíciles. En oscuros sótanos continuaron observando Torá y Mitzvot, pero superficialmente, se comportaban como católicos. Ellos fueron llamados “Marranos”. Entre estos Marranos, hubo quienes llegaron al nivel del sacerdocio o algún ministerio. Nadie sabia que ellos eran judíos. Incluso ellos tampoco se conocían entre sí.

En esos días sucedió, que uno de los principales ministros se enfermó de gravedad. Cuando ya estaba agonizando, llamaron al sacerdote, para confesarse antes de su muerte.

Entró el clérigo y comenzó a hablarle al enfermo, más éste fijó su vista en la pared, sin contestarle. El cura pensó que la enfermedad se había agravado, y llamó al médico. Este revisó al paciente y comprobó que su situación era estacionaria. El sacerdote comprendió que había un motivo especial para este comportamiento. Miró a su alrededor y vio que no había una cruz en el cuarto. Eso era otra señal…

Indicó a los secretarios que cerraran la puerta. Luego se quitó la cruz de su cuello, se inclinó hacia el oído del enfermo y le dijo en voz baja: “SHMA ISRAEL IIASHEM ELOKEINU HASHEM EJAD”.
El paciente volteó su rostro, miró al clérigo y vio sus ojos lo observaban con cariño.

“También tú eres Judío”, le dijo sorprendido.
“Como tú, yo también sirvo a Di-s secretamente”, dijo el sacerdote.
Mantuvieron una larga conversación, comentando la doble vida que llevaban, y al finalizar el encuentro, el cura le aseguró al enfermo, que luego de su muerte, lo sepultarían como a un iehudí.
“Esta es la historia”, finalizó Rabí Meir de Primishlían sus palabras.

“En el instante que los dos Marranos comprobaron que servían al mismo Di-s, sus corazones se unieron. ¿Somos nosotros peores que ellos? ¿No servimos nosotros al mismo Creador, a pesar de que cada uno tiene las costumbres de sus padres y de acuerdo a ellas se guía?. Entonces, para qué enojarse? Por favor, Rabí lehuda Hirsh démonos la mano y digamos: “Shalom Aleijem”.

Rabí lehuda Hirsh se acercó a Rabí Meir e hicieron las paces. Se realizó el Brit-Milá. Uno fue el Sandak y el otro el Mohel. A partir de ese día fueron grandes amigos.

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