La corona y el carbón

El pequeño Moisés cumplía tres años, motivo más que suficiente para la fiesta que brindara el Faraón de Egipto…


Todos los consejeros, hechiceros y magos reales fueron invitados al fastuoso banquete.
Pero, sobretodo, el invitado de honor era el pequeño Moisés. Este parecía estar especialmente contento, como si supiera que todo el bullicio que se desarrollaba a su alrededor había sido programado sólo para él.
Batia, la princesa, quien había recogido a Moisés de las aguas del Nilo, tenía al niño en su regazo, sentada junto al Rey.
Pero la animada fiesta sufrió un inesperado y brusco cambio. De pronto el pequeño Moisés estiró su mano, tomó la corona que vestía el Gran Faraón y la puso sobre su propia cabeza.
Un murmullo de reprobación recorrió todo el recinto. Los astrólogos se horrorizaron.
“Mal presagio es éste para el Faraón. Quizás algún día el pequeño destrone a Su Majestad”.
El Faraón, a pesar del poder que ostentaba, era muy supersticioso y su corazón se llenó de profundo temor. Sin demora, llamó a sus tres
consejeros personales, inquiriendo su opinión al respecto.
Apesadumbrados estaban sentados frente al Faraón, Itró, quien luego se convertiría en el suegro de Moisés, Job y Bilám, el hijo de Beor.
Bilám se paró y con toda vehemencia, sin preámbulos y rotundamente, dió su veredicto:
“El niño debe ser ejecutado inmediatamente, sin demora alguna. Es peligroso”.
“¿Qué opinas tú, Job?”, preguntó el Faraón.
Mas éste permaneció en silencio.
Itró, sin embargo, se levantó y dijo:
“Que el Rey no derrame la sangre de una inocente criatura. Después de todo, es posible que el niño no supiera lo que estaba haciendo. Mi consejo es que traigan frente al niño dos braseros. Uno de ellos lleno de oro y el otro lleno de brasas de carbón encendido. Que ambos sean colocados frente al niño. Si el niño toma el oro, será mejor que el Rey ordene su ejecución inmediata. Pero si se acerca a las brasas, es seguro que fue el brillo de la corona lo que lo atrajo, y el Rey no debe preocuparse por un posible usurpador”.
“Has aconsejado sabiamente, Itró”, dijo el Faraón, a la par que ordenaba que se trajeran los braseros.
Estos fueron colocados frente al niño. Uno brillaba con oro y rubíes, el otro con rojas brasas de carbón. Los ojos de todos los presentes estaban fijos en el pequeño Moisés.
“Vamos querido”, lo instó el Faraón, “toma uno para ti”.
Moisés, a pesar de su edad, era lo suficientemente inteligente como para saber que el oro es más valioso que el simple y burdo carbón, de modo que estiró su manito hacia el brasero que lo contenía.
En ese momento el Angel Gabriel desvió la mano de Moisés hacia las incandescentes brasas. El niño tomó un carbón encendido y se lo llevó rápidamente a la boca.
Moisés se salvó, pero desde ese momento se volvió un hombre de “difícil hablar”. No obstante, ese no fue impedimento para que más tarde trajera a sus hermanos el mensaje Divino sobre su pronta redención de la opresión egipcia, hablara frente al Faraón (con la ayuda de su hermano Aharón) y guiara a su pueblo durante cuarenta años, enseñándole los caminos de Di-s y siendo su más dedicado y abnegado maestro.

Extraído de Cuentos de Distintas Epocas Editorial Kehot

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