El nacimiento de Itzjak

Abraham tenía 100 años y su esposa Sara 90 cuando nació su hijo ltzjak, exactamente un año después de la predicción del ángel…

Tal como se lo había ordenado Hashem, Abraham lo circuncidó cuando tuvo ocho días.
Agar y su hijo lshmael, que continuaban residiendo en la casa, comenzaron a mostrar un comportamiento que Sara consideró negativo frente al niño. Entonces le pidió a su esposo que los apartara de la casa. Abraham, reacio al principio a cumplir con la exigencia de su esposa, finalmente cedió ante el pedido de Hashem de seguir el consejo de Sara. Hashem entonces le prometió que los descendientes de lshmael formarían un pueblo numeroso. Abraham le proveyó de pan y agua y los condujo al desierto donde vagaron largos días. Cuando estaban por perecer de sed Hashem envió un ángel que les mostró dónde podían hallar agua y dio seguridad a Agar sobre el futuro de su hijo.

La ofrenda máxima (2085 / 1676 antes de la Era Común)

El amor verdadero y la lealtad son dos sentimientos que mueven a la persona a sacrificar la propia vida. Y la máxima prueba de fidelidad y amor a Di-s es el renunciamiento en pos del servicio a Él. El autosacrificio es la expresión suprema y ha sido el camino elegido, a través de los años, por incontables judíos, que prefirieron la muerte antes de renunciar a su religión.
Abraham fue un claro exponente de lo que significa ser un verdadero siervo de Hashem. Su amor y devoción sincera le permitió sortear con total facilidad diez obstáculos de notable dificultad.
El mayor de ellos, concebido por Di-s para demostrar la capacidad de Abraham de convertirse en fundador del pueblo elegido, y queda relatado en Parshat Ha-Akeda (2085). Esta parte de la Biblia describe la disposición de Abraham de someterse al mandato de Hashem y de ofrendar su hijo, así como la disposición de Itzjak de ser sacrificado. Es de notar que Di-s no estaba exigiendo de Abraham que entregue propiedades o dinero, sino que sacrificara un sueño. Si Abraham mataba a su hijo, se desvanecía su visión de servir a Di-s como ascendiente de los futuros hijos de Di-s. Después de todo, había recibido la promesa de un hijo y debió esperar cien años para concretarla; ¡y ahora se le pedía no solamente renunciar a él sino también asesinarlo con sus propias manos! Esta acción contrariaba la naturaleza misma de jésed (bondad), que siempre lo había caracterizado. Era semejante a aquellos actos que él siempre había condenado ya que implicaban adorar a dioses ofrendando los propios hijos en sacrificio. ¡Y ahora él era llamado a hacer lo mismo por su propio Di-s! Sin embargo, Abraham no cuestionó la orden ni por un minuto y se entregó de lleno a cumplirla. Él mismo ensilló su burro, en lugar de pedir a un sirviente que lo hiciera, para poder cumplir cuanto antes con el mandato de Di-s.
El viaje hasta el monte no fue fácil, sino plagado de obstáculos colocados por el Satán para disuadir a Abraham de cumplir la orden divina.
Al principio, el Satán se presentó disfrazado de viejo y le pregunto: “¿Dónde vas?”. Cuando Abraham le respondió que iba a rezar a Di-s, el Satán de dijo:
—¿Entonces por qué llevas esos cuchillos y maderas?
—Es probable que nos quedemos uno o dos días —dijo Abraham—y podremos con ellos preparar nuestra comida.
Entonces el Satán dijo:
—No trates de engañarme. El tonto eres tú. ¡Debiste esperar cien años para tener este hijo y ahora quieres sacrificarlo! No es, con seguridad, una orden de Di-s, porque Él nunca daría una orden así. Debe ser tu imaginación. No lo hagas.
Abraham ignoró estas palabras porque se dio cuenta que eran en realidad un obstáculo puesto en su camino para impedirle llevar a cabo el deseo de Di-s. No obstante el Satán insistió. Esta vez, hizo aparecer un río en un lugar que Abraham y su acompañante debían trasponer. Al llegar allí, Abraham recordó que nunca antes había habido un río allí y ésta era una nueva maniobra del Satán. Tomó entonces a su hijo Itzjak y juntos comenzaron a cruzarlo. Finalmente alcanzaron un punto donde las aguas les llegaban al cuello, y un paso más significaría ahogarse. En ese momento, Abraham elevó la vista al cielo y rogó a Di-s que le permitiera avanzar y poder cumplir así con Su mandato. Inmediatamente el agua desapareció y pudieron continuar su viaje.
Finalmente arribaron al monte Moriá.
Abraham tomó a Itzjak (que tenía 37 años y estaba absolutamente dispuesto a cumplir la orden) y lo ató al altar que había construido. Cuando se disponía a empuñar el cuchillo, escuchó una voz celestial que gritó: “;Abraham, para! No quiero que mates a tu hijo. Quería que me demostraras que estabas dispuesto a someterte sinceramente a Mi voluntad y lo has hecho. Ahora veo que tu temor de Hashem es verdadero”.
Era ahora evidente que Abraham era en todo sentido temeroso de Di-s, y no existía necesidad alguna de sacrificar a Itzjak. En su lugar, Abraham sacrificó un carnero que halló enganchado por los cuernos en los árboles. Hashem prometió a Abraham que por el zejut (mérito) de esta grandiosa acción que había realizado, sus descendientes llegarían a ser una gran nación.

Extraído de Ayer, hoy y siempre Editorial Bnei Sholem

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