El Koraj de Cracovia (Parte uno)

En el centro mismo de la antigua ciudad de Cracovia, londe se encontraba la plaza del mercado, había un ugar rodeado por un muro circular de ladrillos, de unos dos metros de diámetro. La tradición dice que en este sitio la tierra se abrió y tragó a las personas que estaban paradas allí, ante los ojos de mucha gente, un hecho similar al narrado por la Tora respecto de Koraj cuando se sublevó contra nuestro Maestro Moisés en el desierto. Y ésta es la historia:
En el año 1363 la ciudad de Cracovia nombró un nuevo Rabino. Rabí Itzjak era un hombre relativamente joven, pero su sabiduría sin par lo puso al frente de aquella prestigiosa comunidad. Antes, había ocupado ese cargo en una gran ciudad de Alemania, pero cuando los judíos fueron expulsados de allí también él se vio obligado a tomar la vara del caminante. Cuando los judíos de Cracovia lo conocieron y pudieron comprobar su grandeza espiritual y sus enormes conocimientos, le pidieron que ocupara el alto sitial rabínico, propuesta que aceptó.

La Cracovia de aquel entonces pertenecía a un duque polaco cuya hacienda era administrada por un judío llamado Shlomó Seligman. Este Shlomó era un kohén —del linaje sacerdotal—, pero estaba tan apartado de la práctica y el pensamiento de la vida judía, que esta sagrada cualidad no significaba nada para él. No observaba ninguna de las leyes del judaismo y como era de procedencia germana, en lugar de su nombre judío, Shlomó, prefería que lo llamaran Sigmund, al tiempo que llevaba una vida de placeres similar a la de sus amigos polacos con quienes se juntaba.

Cierto día, Sigmund se enamoró de una joven judía divorciada que vivía con sus padres en Cracovia, y su familia quería, a toda costa, que quien los casara no fuera otro que el nuevo Rabino de la ciudad, Rabí Itzjak. Sólo él bendeciría su enlace bajo la jupa —el palio nupcial—.
Inesperadamente para la pareja, pronto se reveló que sus planes no eran tan fáciles de concretar: Seligman era un kohén, y de acuerdo a la ley de la Tora un kohén tiene prohibido casarse con una mujer divorciada (Números 21:14)

El Rabino informó a la pareja acerca de la prohibición bíblica, y Seligman, en un gesto de cooperación, sugirió que estaba dispuesto a renunciar a sus privilegios sacerdotales con tal de poder casarse con su amada. De nada sirvió que el Rabino le explicara que eso era imposible. Tras una intensa discusión, el Rabino dejó muy en claro que por más que insistiera, y cualquiera fuere su decisión, él jamás los casaría.

Sigmund era un hombre de gran influencia en Cracovia. No estaba hecho para resignarse ante nada, ni tampoco era sencillo lograr que, una vez que una idea había adquirido cuerpo en su mente, éste la desechara. ¿Fracasar? Eso no. No Seligman. Y el hecho de que su ’sacerdocio’ impidiera su boda con una mujer divorciada no le hacía ninguna gracia.
“Iré a otra ciudad, donde nadie nos conoce, y me casaré allí”, amenazó.
En vano intentó el Rabino explicar al joven que semejante actitud y conducta era inaceptable dentro del judaismo, y que él, como Rabino, contaba entre sus funciones la de evitar que se concretara esta boda prohibida.

“El hecho de que un judío haya pisoteado la Tora y sus preceptos no significa que pueda obrar como le plazca”, le explicó. “Además, si alguien nació de un padre que es kohén, éste es un linaje glorioso y un enorme honor, al que nadie puede renunciar. La sagrada Tora ha impuesto sobre el kohén determinadas responsabilidades, y le ha conferido virtudes de santidad especiales. De modo que no hay manera de permitir una boda entre un kohén y una divorciada”.

Seligman, no obstante, continuaba empecinado en que se llevara a cabo la ceremonia religiosa de todos modos, como fuera. De modo que el Rabino le advirtió:
“Debes saber que esta unión no te proporcionará felicidad, ni a ti ni a tu esposa. Por el contrario, ambos corren un serio peligro, pues cuando algo se opone a la voluntad de Di-s como ésta fue expresada en la Tora, las posibilidades de que tenga éxito son insignificantes. Aun si no estás de acuerdo conmigo, te imploro que abandones tu terquedad y no provoques daños mayores a otra gente, a la que dices amar. Además, creo que ha llegado el momento de que regreses a tu pueblo y a la fe de tus antepasados. Los portones del arrepentimiento jamás se cierran…”, suplicó el Rabino con lágrimas en los ojos.
Shlomó Seligman no prestó atención a sus emocionadas y sinceras palabras.

Cuando éste vio que le sería imposible hacer cambiar de idea al joven, intentó convencer a los familiares de la mujer.
“Por favor, hagan algo en bien de su parienta. Intenten convencerla de que anule esta boda con el kohén”.
Ahora bien, los familiares de la novia eran poderosos hombres de negocios, y esperaban que este matrimonio, gracias a las influencias de Seligman, les permitiría lograr posiciones económicas más sólidas. No tenían ningún interés en anular la boda. Muy por el contrario. Sólo aguardaban ansiosos que ésta se llevara a cabo para concretar mejores negocios con Seligman y el duque…
“El Rabino es demasiado ‘exigente’”, decían. “Busca dificultades de debajo de la tierra sólo para impedir la felicidad de la pareja”.
El Rabino, por último, no tuvo otra alternativa que advertirles, esta vez con suma seriedad:
“Este Shabat, desde el pulpito, haré referencia directa a la boda. Y si también eso llegara a resultar inútil, estoy preparado para declarar unjérem, una prohibición de que cualquiera tenga trato alguno con ustedes. E incluiré en él a todos los que les ayuden de alguna manera a concretar la boda prohibida”.

En la ciudad se alzó un revuelo impresionante. La población judía quedó dividida en dos bandos: los que estaban de acuerdo con la posición adoptada por el Rabino, y eran la mayoría, por un lado, y una minoría compuesta por parientes y hombres adinerados que deseaban obtener su propio beneficio de toda esta cuestión, por el otro. Para ellos, el Rabino estaba adoptando una posición en extremo ’severa’ de la ley judía.

Seligman, por su lado, hervía de furia. De inmediato se presentó ante el duque y le contó que el Rabino le impedía casarse con la elegida de su corazón, argumentando insignificantes ‘pequeneces’ que no tenían en realidad ninguna importancia.
El duque tranquilizó a su protegido judío.
“No debes enojarte. Déjalo en mis manos. Yo trataré de solucionar el asunto, de la mejor manera posible”.
Acto seguido mandó llamar al Rabino, invitando también al obispo de la ciudad.
Cuando ambos estuvieron delante de él, el duque preguntó al Rabino por qué se negaba a casar a la pareja.
El Rabino repitió sus argumentos, tal cual se los había expuesto a Shlomó.
“En mi carácter de Rabino, no estoy autorizado a cambiar nada de la Ley Judía. Si Seligman no está conforme, sus quejas deben dirigirse al Cielo y no a mí”.
El duque no pareció preocuparse. Por el contrario, dijo:
“Mis conocimientos sobre temas religiosos, en general, son insignificantes. Y en cuanto a las leyes del judaismo, es mucho menos lo que se. Es por eso que he pedido al obispo que fuera tan amable y viniera hoy aquí, pues deseo escuchar su opinión autorizada”.
Dichas estas palabras, el duque dirigió su mirada al obispo, esperando su juicio.

El obispo, un jurado enemigo de los judíos, vio ante sí una magnífica oportunidad para desacreditarlo ante el duque. En alta voz y con gran insolencia, comenzó una agresiva discusión con el Rabino. Tomó partido por Sigmund, y a los gritos se burló del Rabino y de los judíos. Por último, ‘decidió’ que el Rabino no sólo podía, sino que incluso debía realizar la ceremonia nupcial de un hombre tan amable como Shlomó Sigmund Seligman, es decir, de un kohén con una mujer divorciada. El hecho de que el Rabino demostrara que todos los argumentos en su contra no tenían ninguna base real, sólo logró enfurecer al obispo, quien exigió al Rabino que no fuera tan obstinado y celebrara la boda.
Satisfecho con el veredicto del obispo, el duque declaró que en cuanto a él importaba, el asunto estaba cerrado.
“Debes realizar el casamiento lo antes posible. Es una orden”.
“Con gusto cumpliría fielmente tu orden”, respondió el Rabino con voz serena y segura, “pero ello me es imposible. Debo, ante todo, obediencia a una Fuerza Superior. Cumplo la Voluntad del Creador tal como ésta ha sido revelada en nuestra sagrada Tora. Y puesto que tu ordenanza me exige violar la Ley Divina, me temo que no puedo cumplirla”.
El duque se enfureció al oír semejantes palabras.
“Ya veremos quién cumplirá las palabras de quién”, respondió colérico y amenazador.
El Rabino regresó a su casa, en tanto que el temor oprimía su corazón perturbando su tranquilidad.

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