El Becerro de Oro

La noche cayó sobre el desierto, las estrellas empezaron a titilar en la oscuridad del cielo…

Hacía cuarenta días que Moshé Rabeinu (Moisés nuestro maestro) había subido al cielo para bajar las Lujot Habrit (las dos tablas de los Diez Mandamientos). Él ya tendría que haber regresado, puesto que había dicho que estaría ausente durante cuarenta días.

Pero el pueblo cometió un error. Contaron el día en que Moshé subió como el primero, sin embargo, tendrían que haber empezado a contar desde el día siguiente, el cual era el primer día completo.
Datán y Aviram, los líderes del erev rav (multitud turbulenta) decidieron aprovechar esta oportunidad valiosa para desviar al pueblo del camino justo.
“Moshe Rabeinu nos ha abandonado”, dijeron los líderes, mientras el fuego ardía en sus ojos. “Moshe fue al Cielo y se quedó con Di-s. No hay esperanzas de que vuelva con nosotros”.
“¡Mentirosos!, gritaron varias personas tratando de no dejar que se escucharan sus voces malignas. “Los cuarenta días no han terminado totalmente todavía. Él dijo que iba a regresar con nosotros el día cuarenta. Mañana, a la sexta hora, cuando los cuarenta días completos hayan terminado, él descenderá hacia nosotros.”
“De acuerdo, esperaremos hasta mañana”, dijeron los dos, tramando conspiraciones malvadas en sus mentes. Y meditaron, “Mañana haremos todo lo posible para engañarlos”.
Llegó la mañana.
El sol del desierto no brillaba tan vivazmente como de costumbre. Nubes nefastas cubrían los cielos. La gente miraba curiosamente hacia la cima de la montaña para vislumbrar a Moshé descendiendo, cargando las lujot (tablas), en sus manos.
La sexta hora vino y se fue. Pero Moshe no apareció…
“¡Vieron! ¿Qué les habíamos dicho?” se burlaban Datán y Aviram. Ahora ya se habían acoplado a ellos varios erev nav. “Moshé está muerto, por eso no regresó. Él fue al Cielo para quedarse allí:”
“No puede ser”, trataron de defender algunos judíos a su jefe. “No nos puede haber ocultado eso. No nos habría mentido diciéndonos que volvería.”
Sus palabras fueron interrumpidas por un clamor fuerte. “Miren lo que hay en el cielo !”.
Todos contemplaron el cielo y vieron, consternados, una visión aterradora, sobre nubes de gloria flotaba el féretro de Moshé.
“¡Qué pena! ¡Moshé está muerto!”, exclamaron amargamente. No podían imaginarse que ésta era una ficción creada por el Satán quien quería confundirlos y engañarlos.
“Ahora ven que tenemos razón”, dijeron regocijándose Datán y Aviram. “No quisieron creernos, pero ahora ven que dijimos la verdad. Hasta Di-s les permitió ver esa visión, para que no duden.”
“¿Qué haremos ahora ?” La gente se reunió alrededor de los dos hombres y se aferraron ávidamente a ellos como un hombre que se está ahogando se toma de una paja.
“Vayamos a ver a Aharón y pidámosle que elija un nuevo jefe para nosotros”, comentó Datán. “Haremos todo lo que él nos diga”. Fingiendo ser humilde y justo para ganar la confianza de la gente. Miles de judíos inocentes fueron detrás de Datán y Aviram mientras avanzaban hacia la tienda de Aharón.
“Elígenos un nuevo jefe que ocupe el lugar de Moshé”, le exigieron. “Moshé se ha ido y no regresará”.
Aharón escuchó la demanda de ellos. Él sabía la cuenta exacta de los días y se dio cuenta que estaban equivocados en sus cálculos. Sin duda Moshé regresaría al día siguiente, el cual sería el día cuarenta completo de su ausencia. Pero Aharón dudó en hacerles notar su error, porque como estaban tan seguros no le iban a creer. Sólo deseaba detenerlos para que no cometieran algo terrible.
Aharón, deseando ganar tiempo, les ordenó. “Vayan a sus casas, quítenles todas las joyas a sus esposas e hijas, anillos, aretes y otras cosas parecidas. Luego regresen a este lugar”.
Aharón suponía plenamente que las mujeres se iban a oponer a sus esposos, y estaba seguro que no iban a entregar sus joyas. Esto atrasaría el asunto quizás hasta el día siguiente, cuando Moshé indudablemente regresaría. Pero Aharón menospreció el poder del Satán.
Luego de un corto intervalo, la gente regresó de sus tiendas, cargando oro y plata, el botín de Egipto.
“Ya obedecimos tus instrucciones”, gritaron. Ahora cumple con tu palabra y promueve un nuevo jefe para nosotros”.
Con el corazón apesadumbrado Aharón dejó su tienda y reunió todos los aretes.
“Preparen una fogata grande”, dijo con renuencia, “y echen el oro adentro”.
Nuevamente pensó que no lo iban a llevar a cabo.
Cuando las llamas estaban altas, la gente arrojó sus joyas a la hoguera. Actuaron con furor, ya que no se daban cuenta qué estaban haciendo.
Los brujos del erev rav efectuaron su magia negra para llamar a los poderes del mal. Pronunciaron en voz baja nombres de las fuerzas del mal, que habían aprendido en Egipto, la tierra de la idolatría.
Y, nuevamente, el Satán triunfó.
El oro que arrojaron al fuego se fundió y bulló. Y de repente, apareció la forma de un becerro, un eguel hazahav (becerro de oro). Un grito de alegría resonó entre la gente que se encontraba alrededor del fuego. El grito se volvió cada vez más fuerte, llegando a ser chillidos desbordantes de una multitud enloquecida.
“¡Estos son sus dioses, Israel!”, dijeron alborozadamente. “Estos son los dioses que los sacaron a ustedes de la tierra de Egipto. Vengan, sacrifiquémos para ellos!”
Aharón vio el poder del mal y se dio cuenta que ya no iba a poder controlar a la multitud enloquecida o detenerlos, entonces fingió capitular. Les pidió que construyeran un altar y les dijo, “Mañana traeremos sacrificios al nuevo altar en honor al becerro de oro. Pero ahora regresen a sus tiendas”. Todavía tenía esperanzas que Moshé regresaría al día siguiente antes de que tuvieran tiempo de hacer más perversidades.
La multitud se calmó un poco y cada uno fue a su propia tienda.
A la mañana siguiente regresaron temprano.
La gente corrió hacia el sitio de la fogata, donde se encontraba el becerro de oro. Trajeron cientos de animales como sacrificio en honor al nuevo dios.
Luego de matar a los animales, se sentaron a comer, mirando el eguel, y después despotricaron y deliraron delante de él. Había sólo mil personas que hicieron esto tan terrible, pero el resto de la gente no los detuvo.
La hora exacta en que Moshé descendería de la montaña había llegado…
“Y Di-s le dijo a Moshé:”Desciende, ya que el pueblo se ha pervertido.”(Shemot 32) Jazal (nuestros sabios) dicen que Hashem le dijo a Moshé que descienda de su grandeza, como si le dijera, “¿Para qué te otorgué grandeza ?. ¡Sólo por el bien de Israel ! Ahora que Israel ha pecado tan terriblemente, ¿Para qué necesito tu grandeza ?”
“Tu nación rápidamente se ha desviado del camino verdadero… e hicieron un becerro de oro para ellos. Se inclinaron delante de él y le hicieron sacrificios. Y lo peor de todo, exclamaron: ¡Estos son tus dioses, Oh Israel, quienes te sacaron de Egipto!”.
Cuando Moshé escuchó estas severas palabras, su corazón se abatió y sintió que lo invadía la debilidad, hasta tal punto que no tenía fuerzas para responder.
“Yo he visto a este pueblo. Es una nación difícil y obstinada que se niega a hacer caso a Mis palabras”, escuchó Moshé que decía la voz de Di-s. “Ahora, déjame. Los destruiré totalmente y te haré a ti una gran nación en lugar de ellos y llegarán a ser tan numerosos como ellos son ahora”.
Di-s dijo: “Déjame”, como si Moshé hubiera tratado de salvar al pueblo. Pero Moshé no le rogó a Di-s que se compadezca.
Cuando Hashem dijo, “Déjame”, estaba demostrándole a Moshe que le correspondía rezar a él. “Todo depende de mí”, pensó Moshé. Sintió un nuevo poder bullir en sus venas y recobró su fuerza. Luego empezó a decir sus plegarias, como dice la Torá, “Y Moshé imploró…”
La siguiente parábola explica el asunto:
Cierta vez un rey se enfadó con su hijo quien fue por mal camino y se rebeló contra su padre. El rey lo castigó y lo azotó.
Un buen amigo del rey se encontraba presente en ese momento pero tuvo miedo de interferir y permaneció callado.
El rey le dijo a su hijo rebelde, queriendo que su amigo escuche, “Si no fuera por mi compañero que está aquí, te habría matado” Apenas escuchó esto el hombre, se dio cuenta que podía influenciar al rey aún mientras estaba enfurecido. Su valor emergió dentro de él, calmó al rey y salvó al príncipe.
Acá también, Moshé entendió el mensaje implicado y empezó a rezar.” ¡Amo del mundo!”, imploró. “No te voy a dejar hasta que perdones a los judíos por su pecado”.
“Déjame”, le dijo la Shejiná (presencia de Hashem) a Moshé, “Destruiré esta nación rebelde. Crearé un nuevo pueblo con tus descendientes, tan numeroso como los Hijos de Israel”.
“Pero”, dijo Moshé “si una banqueta con tres patas no puede resistir Tu ira, ¿cómo puede perdurar una banqueta con una sola pata? Si el pueblo judío, el cual se posa sobre el mérito de los tres Avot (patriarcas). Avraham, Itzjak y Iaakov, no puede ser perdonado. ¿Cómo podrías perdonar a mis descendientes si pecan cuando sólo podrán depender del mérito de un solo antepasado?.”
“Además, si te permito que Tú hagas esto, los patriarcas en el Cielo dirán sobre mí: ¿Qué clase de jefe fue Moshé? ¡Consiguió honor para sí mismo y ni siquiera trató de salvar su congregación! ¿Cómo me enfrentaré con los Avot (patriarcas)? ¡Estaré lleno de vergüenza!”
“Recuerda el juramento que le hiciste a Avraham, Itzjak y Iaakov en Tu Nombre sagrado. Si hubieses jurado en nombre del Cielo y la tierra, yo no habría tenido razones para argumentar. Tú podrías decir que así como el Cielo y la tierra no son eternos, así también Tu promesa se limitaba a un número específico de años. Pero Tú prometiste en Tu Nombre sagrado, el cual es eterno. Por esto Tu promesa también debe ser valedera eternamente. ¡Di-s, por favor, no faltes a Tu palabra!”
Moshé se paró delante de Hashem, suplicando y rogando con todas sus fuerzas. Su corazón estaba en sus plegarias y la debilidad lo venció, como si el fuego estuviera quemándolo dentro de sus propios huesos.
Finalmente, consiguió su propósito y Di-s perdonó a los Hijos de Israel. “Y Hashem tuvo misericordia por el mal que Él dijo que haría contra Su pueblo.

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