¿Conocía esta historia?

Don Pedro, quién gobernó Castilla hace unos 600 años, era conocido como buen amigo de los judíos…


Y no era para sorprenderse, pues todo lo que tenía – riqueza, monarquía e incluso su vida – la debía a los iehudim, sobre todo a su ministro de finanzas judío, Rabi Shmuel ben Meir Abulafia.
Rabi Shmuel Abulafia era un ministro gubernamental tan eficaz que Don Pedro se convirtió en uno de los reyes más ricos de toda España. Cuando estalló una guerra civil entre el populacho y Don Pedro fue encarcelado, los insurrectos se aseguraron que su ministro judío sea encarcelado con él. Rabi Shmuel no sólo se rescató a sí mismo sino también al rey, por una enorme suma de dinero. Don Pedro recuperó el trono, y Rabi Shmuel reasumió sus deberes como cabeza de la tesorería real.
Rabi Shmuel Abulafia era un judío pío y temeroso de Di-s, que observaba los preceptos e inspiraba a su hermanos judíos para hacer lo mismo. Construyó varias sinagogas y Ieshivot muchas de las cuales son famosas hasta hoy. Él y su familia vivían en un palacio en la ciudad de Toledo conocido todavía como “el palacio de los judíos”.
En 1360 Rabi Shmuel fue blanco de un complot difamatorio, en el que sus enemigos lo acusaron de revelar secretos estatales a un poder extranjero. El ministro judío fue arrestado, su riqueza confiscada, y él fue torturado hasta la muerte a la edad de 40.
Rabi Shmuel Abulafia murió santificando el Nombre de Di-s, y su muerte fue lamentada enormemente por los judíos de España.
Don Pedro sabía que los cargos contra Rabi Shmuel carecían de mérito, pero era impotente políticamente para salvarlo. Después de otra guerra sangrienta en que derrotó a un hermanastro que había intentado deponerlo, Henrik II, resolvió distanciarse del elemento cristiano fanático del país y su antisemitismo rabioso. Esto, claro, no lo hizo muy popular, y se le dio el apodo de “Don Pedro, rey de los judíos”.
En el trabajo medieval “Shevet Iehuda”, se registra el siguiente diálogo entre Don Pedro y uno de sus consejeros cristianos, Nicolás de Valencia.
Dirigiéndose al rey, Nicolás preguntó: “¿Por qué Su Excelencia emprende la guerra contra los infieles [los Árabes y moros] que viven fuera de los límites de nuestro reino, cuando hay infieles que viven aquí entre nosotros, los judíos, que nos detestan con odio mortal? ¿No se enseña en sus libros que les prohíben bendecir a los Cristianos o desearles el bien?”
“¿De dónde sacaste esa idea?” El rey preguntó.
“Me lo dijo un judío que renunció a su religión y adoptó la fe cristiana”
“Es imposible confiar en las palabras de alguien que renunció a su fe” el rey insistió. “Un apóstata que cambia su religión puede cambiar otras cosas también, porque lo motiva el odio a sí mismo y el odio hacia su propia gente”.
“Pero su Majestad” Nicolás se defendió, “está aceptado por el mundo que un monarca gobernante debe obligar a todos los seguidores de religiones minoritarias en su reino a aceptar la dominante.”
“No acudiré a los métodos de coerción” Don Pedro declaró. “No creo que la compulsión tenga éxito a la larga. En cuanto la amenaza externa desaparezca, todo volverá a su estado anterior. Puede verse esto en el mundo físico” siguió explicando. “Cuando una piedra se echa al aire, continúa sólo subiendo mientras que la fuerza que lo propulsó pueda sostener su vuelo. En cuanto la energía se ha disipado, la piedra caerá inmediatamente a la tierra.”
“No” el rey reiteró “no creo en la coerción. Esto nunca tendrá éxito entre los judíos. La única posibilidad de convencerlos sería una campaña a largo plazo de diálogo y discusión, día tras día, como un diluvio interminable de lluvia. Las palabras agradables entraran más eficazmente en sus corazones. ¿No es verdad que un arroyo de gotas puede abrir un agujero en la piedra si se aguanta mucho tiempo? No, mi amigo, las buenas formas son más exitosas que la fuerza y coerción”
“Su Majestad, temo que esto no funcionará nunca entre los judíos” Nicolás contestó angustiado. “Ellos son muy tercos, y no desean escuchar lo que se les dicen. Temo que nunca será posible convencerlos, ni por la fuerza ni por los medios más conformes…”
“Si las cosas son así ” Don Pedro concluyó “¿por qué debemos involucrarnos en esto? Dejemos a los judíos en paz y en cambio, enfoquemos hacia nuestro interior. Porque nosotros estamos en necesidad de corrección y mejora…”
Con estas palabras el diálogo se acabó, y los judíos de Castilla respiraron con alivio.

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