Hillel vs. El Faraón

El también vio un cráneo que flotaba sobre la superficie del agua. El le dijo: “Porque tú ahogaste a otros, ellos te ahogaron a ti. Pero, finalmente, los que te ahogaron a ti también serán ahogados.”
Hilel vio una cabeza que flotaba en el agua. El comenzó a hablarle, para que los otros oyeran y aprendieran de sus observaciones.
El dijo: “Porque ahogaste a otros, otros te ahogaron. Pero, finalmente, los que te ahogaron también serán ahogados.”
Hilel le enseñaba al mundo una importante lección: que la providencia de Di-s (hashgajá) es específica (peratit). El constantemente ve y evalúa los actos de cada individuo y recompensa a cada uno en la medida que le corresponde. Nada carece de razón.
Por lo tanto, una persona no debe pensar que lo que se abate sobre ella es mero accidente. Si, por ejemplo, un niño muere, o se pierde dinero en una actividad comercial, no se debe decir que es simplemente lo que suele suceder en el mundo, que así como algunos nacen otros mueren, y que así como se gana el dinero se lo pierde. En realidad, se debe comprender que la Providencia dirige todo, de acuerdo con los actos de cada uno.
Por lo tanto, Hilel se dirigió a la cabeza flotante y le dijo: “Seguramente mataste a alguien, y después de matarlo lo tiraste al mar. Por eso la Providencia te castigó. Por esta razón es que también a tí te mataron y te arrojaron al mar. La Providencia le acuerda a cada individuo lo que se merece: el castigo es acorde con el delito. No sólo te mataron, sino que también te arrojaron al mar, del mismo modo que le sucedió a tu propia víctima. Si no hubieras cometido un asesinato y no hubieras arrojado el cadáver al mar, esto no te habría sucedido a tí.
“Pero, los que te mataron y te arrojaron al agua tampoco escaparán al castigo. Ellos también serán castigados por Di-s, en la medida que les corresponda. Por lo tanto, también ellos serán finalmente asesinados y arrojados al mar.”162
Aquí cabe formular una pregunta. Ya que el decapitado mereció que lo mataran por haber matado a otros, ¿por qué merecieron la muerte sus asesinos? ¿Por qué dijo el maestro: “Finalmente, los que te ahogaron serán ahogados”? Se puede pensar que ellos merecían una recompensa por cumplir la voluntad de Di-s.
Una pregunta similar ya ha sido debatida. El faraón fue severamente castigado por haber esclavizado a los israelitas en Egipto. Pero, ya que Di-s había ordenado previamente que los israelitas fueran esclavos en Egipto (Génesis 15:13), ¿por qué fue castigado el faraón? Era de esperar que Di-s apreciara lo que había hecho.
La respuesta es que si el faraón hubiera conocido el decreto divino y que si él hubiera tenido la intención de ejecutar la voluntad de Di-s, él no habría recibido ningún castigo. Por el contrario, él habría merecido la recompensa divina. Pero los motivos del faraón no eran cumplir ia voluntad de Di-s; él tenía sus propios designios malvados. El quería sojuzgar a los israelitas a causa de los sentimientos malignos que sentía por ellos. Por lo tanto, aunque los israelitas merecían ser esclavizados, el faraón merecía ser penado por sus malvados motivos.163
Esto también es válido en un caso similar al descripto en la Mishná. Cuando una persona es asesinada es porque ha sido juzgada en la academia (ieshi’vá) celestial en Rosh Hashaná y sentenciada a esa muerte. Pero cuando un ladrón asesina a alguien y se apropia de sus pertenencias, el ladrón también está sujeto al castigo divino. Esto es cierto aunque la víctima merezca morir, y estaba predeterminado que sería asesinado. El ladrón no es consciente de la determinación divina y no tiene la intención de cumplir la voluntad de Dios. El comete el pecado sólo porque su deseo es apoderarse de las pertenencias de su víctima. Es respecto de esto que Hilel dice: “Y finalmente los que te ahogaron, serán ahogados”.164
Pero, en cierto modo, las palabras del maestro son algo difíciles de entender. ¿Cómo sabía él que el cráneo pertenecía a alguien que había sido asesinado por haber cometido un asesinato? Obviamente no todos los que son asesinados son asesinos. Pero se puede merecer la muerte por haber cometido otros pecados. Es evidente que Abel, la víctima del primer asesinato que se cometió en el mundo, no era un asesino. ¿Cómo es que el maestro estaba tan seguro que la muerte de aquél a quien pertenecía el cráneo era el castigo por un asesinato? ¿Cómo podía decir con tanta certidumbre: “Porque ahogaste a otros, tú también fuiste ahogado”?.
En realidad, Hilel reconoció el cráneo. Sabía que era de un bandido que vivía en las montañas y que había asesinado a muchas personas. Por eso pudo declarar con certeza: “Porque ahogaste a otros, tú también fuiste ahogado ya que eras un asesino, tú merecías morir de modo violento”.
No obstante, a veces una persona puede ser asesinada sin haber cometido un asesinato. También por otros pecados se puede merecer la muerte. Además, muchas personas inocentes son asesinadas, como en el caso de Abel.
Tampoco cabe sorprenderse ante la afirmación de Hilel de que el que mata a otro debe morir de la misma manera. Es obvio que muchos asesinos mueren de muerte violenta.
Cuando un asesino muere de muerte violenta, es el comienzo de su expiación y así es posible que finalmente ocupe un lugar en el Mundo por Venir. Pero algunas personas han cometido pecados tan graves que no pueden expiarlos. Esas personas persisten en la comisión de delitos, y nunca se arrepienten. Ya que ellas no merecen la expiación, esos asesinos mueren pacíficamente en la cama.165
El castigo de esas personas tendrá lugar en el gran Día del Juicio después de la Resurrección (Tejíat HaMetim). En ese momento ellos serán juzgados y condenados a morir y no entrarán en el Mundo por Venir.
Así está escrito: “El que derrame la sangre del hombre, por el hombre (adam} será su sangre derramada” (Génesis 9:6). [Este versículo también se puede leer. "El que derrame la sangre del hombre, por Adam será su sangre derramada".] Esto indica que cuando Adam vuelva a la vida en la resurrección, el juzgará a cada asesino y lo sentenciará en consonancia.166
Una vez había dos socios que viajaban por pequeñas ciudades y pueblos, haciendo negocios y dividiendo sus beneficios por partes iguales. Uno era inteligente y ahorraba todo lo que ganaba. El otro, despilfarraba sus ganancias en comida y bebida y no le quedaba nada.
Un día lluvioso los dos viajaban por las montañas. El gastador se dijo: “Esta es mi oportunidad de deshacerme de mi socio y apoderarme de sus ahorros. Esta zona está desierta y nadie me verá.” El comenzó a discutir con su socio, y se quejó porque el otro tenía mucho dinero y porque él no tenía nada. Al rato los dos se estaban peleando, y como el gastador era el más fuerte venció a su socio y lo ató de pies y manos. Sacó entonces un cuchillo con el evidente intento de asesinar a su ahorrativo socio.
El socio ahorrativo rogó al manirroto que le perdonara la vida: “No me mates. Si me matas Di-s vengará mi muerte y El te matará a ti. ¿Nunca aprendiste la lección ‘Porque ahogaste a otros, también tú fuiste ahogado’? ¿No sabes que un asesinato no queda impune?”.
“¡Tonto!”, le respondió el otro. “¿Quién verá algo en esta montaña desierta? ¿Qué testigo habrá para testimoniar contra mí?”.
“Estas gotas de lluvia”, respondió el socio que estaba atado. “Ellas serán mis testigos ante Di-s. Si me matas, ellas vengarán mi muerte.”
Por considerar ridicula una idea tan improbable, el otro socio lo mató y se apoderó de todo el dinero. Arrojó el cuerpo en un profundo barranco donde nunca nadie lo encontraría y siguió su camino.
Tres días después del asesinato, él llegó a una ciudad. En esta ciudad regía una costumbre muy extraña. El rey exigía permanecer en el anonimato. Si alguien lo reconocía, el rey lo ejecutaba.
El día que el asesino llegó a la ciudad, comenzó a llover copiosamente y él se refugió debajo de un techo a esperar que la lluvia amainara. Al mirar las gotas de lluvia recordó lo que su socio le había dicho: que las gotas de lluvia
darían testimonio de su malvada acción. El mero pensamiento de una noción tan ridicula le causó gracia. “Socio loco”, dijo, “¿estas gotas serán tus testigos?” El comenzó a reírse estruendosamente.
Justo en ese momento pasaba el rey. Al ver a un forastero que se reía, el rey pensó: “Este hombre me debe haber reconocido. Por eso se debe estar riendo”. El ordenó a su escudero que apresara a ese extraño y lo matara.
“Excelencia”, gritó el mercader, ¿por qué quieres matarme? ¿Cuál es mi crimen?”.
El rey replicó: “Seguramente no eres un loco que se ríe sin razón. Te ríes porque me reconociste. Tu quieres que me reconozcan. Aquí, esto es un delito capital”.
“No, no, majestad”, se defendió el otro. “No tenía idea de quién eras. No sabía nada al respecto. Es la primera vez en mi vida que estoy en esta ciudad. Tenía una razón completamente distinta para reírme.”
“No escucho tonterías”, le contestó el rey. “Si me dices la razón de tu risa, tanto mejor. En caso contrario serás ejecutado. Un hombre cuerdo no se ríe sin razón.”
Al advertir que de un modo o de otro lo matarían, el mercader consideró que si decía la verdad al menos tendría una oportunidad de salvar su vida. Le contó al rey toda la historia y concluyó: “Señor, esto es exactamente lo que sucedió. Mi socio dijo que las gotas de lluvia serían los testigos que testimoniarían contra mí y vengarían su muerte. Ahora que veo las gotas de lluvia y recuerdo las palabras de mi socio pensé que estaba desvariando. ¡Imagina las gotas de lluvia dando testimonio y tomando venganza!”.
El rey contempló al hombre y dijo asombrado: “¡Ved la grandeza de D¡-s! El acuerda a cada individuo lo que le corresponde. Ved cómo dispuso que las gotas de lluvia descubrieran a este vil asesino”.
El rey exigió al asesino la dirección del socio asesinado y se aseguró de que el dinero se entregara a su viuda.
Entonces el asesino fue muerto.
Es como lo enseña la Mishná: “Porque ahogaste a otros, tú fuiste ahogado.”
Extraído de Legado ancestral, tomo 1 Mishná Pirkei avot con comentarios de Meam Loez.
Cap 2:7

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