Fe en los Tzadikim

Rabí Shneur Zalman había implantado en su casa un sistema de economización. Explicaba su actitud diciendo que en vista de que su manutención provenía de la comunidad, no era correcto hacer uso de ese dinero sin un motivo justificado. Por eso, cuando sus hijos o nietos vestían ropas de valor, trataban de no ser vistos por él.
Cierta vez, su nieto Menajem Mendel -quien luego se convirtiera en el tercer Rebe de la dinastía Jabad (conocido también como el “Tzemaj Tzedek”, por su monumental obra rabínica que lleva ese mismo nombre) había adquirido un valioso cinturón de quince ruj, una moneda rusa de aquella época. Cuando debía presentarse ante su abuelo, solía quitarse el cinturón para no ser reprendido. En una oportunidad, cuando su abuelo lo llamó con gran urgencia, olvidó sacárselo. Ni bien estuvo frente a su abuelo, éste vio el valioso cinturón y le dijo:
“¿Eres acaso una persona tan rica, que vistes ropas tan caras?”, y agregó, “¿cuánto dinero tienes?”
“Dos mil nuj”, fue la respuesta.
“¿Qué harás con ese dinero?”, volvió a preguntarle Rabí Shneur Zalman.
“Se los entregaré a cierta persona de fortuna y confianza”, respondió Menajem Mendel, “que con ese dinero hará inversiones que me brindarán una cierta ganancia”.
“¿Y si no te devuelve ni el capital ni las ganancias?’, insistió su abuelo.
“Es un hombre de mucha fortuna y de gran confianza”, replicó Menajem Mendel.
“¿Y qué valor tiene el hecho de que él sea ahora un hombre de gran fortuna y confianza? ¿No es posible, acaso, que luego de un tiempo se convierta en una persona muy pobre?”
“Entonces, ¿qué debo hacer con mi dinero?”
“Mi mejor consejo es que deposites tu dinero en esta caja, y acá estará totalmente seguro”.
La caja a la que el abuelo se refería no era otra que la alcancía de tzedaká (caridad), destinada a contribuciones benéficas.
Menajem Mendel supuso que su abuelo estaba bromeando. Notando la duda en su semblante, Rabí Shneur Zalman aclaró su intención:
“Quiero que deposites tu dinero en esta caja. Únicamente de este modo estarán seguros el capital y las ganancias. Y si se lo entregas a alguna persona porque supones que ella es dueña de la fortuna, ten en cuenta que perderás tu dinero”.
Cuando Menajem Mendel escuchó las palabras de su abuelo y comprendió que éste hablaba con toda seriedad y de verdad era eso lo que deseaba, se retiró. No quería derrochar todo su dinero en contribuciones.
El tiempo pasó y Menajem Mendel entregó su dinero a un próspero y acaudalado comerciante. Pero, a despecho del comerciante, los negocios no fueron tan bien como supuso que irían. Las esperadas ganancias no se produjeron, y poco a poco el próspero comerciante se vio obligado a vestir ropas de mendigo, perdiéndolo todo.
Menajem Mendel no comentó con nadie la irreparable pérdida. Las semanas se sucedían unas tras otras, y no sólo no había logrado multiplicar su dinero, como se lo había propuesto, sino que incluso había perdido el capital. Tiempo después, su abuelo le preguntó:
“Y bien Menajem, ¿a cuánto asciende la ganancia obtenida?”
Avergonzado, Menajem Mendel relató a su abuelo lo sucedido con el comerciante, y cómo lo había perdido todo.
“¿Por qué no has escuchado mi consejo? De haber sido así, hoy tendrías tu capital con sus ganancia intactas. ¿Por qué no tienes confianza en los Sabios y Maestros piadosos como la tienen los habitantes de Valenia?
Y de inmediato comenzó su relato:
Cierta vez partí de viaje, desde Mezritch, cuando se desató un terrible temporal. El frío reinante era tan intenso, que mis piernas se congelaron. Viéndome en tan desesperante situación, el cochero decidió llevarme a una posada, al costado del camino, pues mi vida estaba en peligro.
El dueño de casa, un anciano bueno y piadoso, masajeó mis piernas con nieve y anís, hasta que éstas recuperaron su estado normal. Mientras tanto, se había desarrollado entre nosotros la siguiente conversación:
“¿Cuánto hace, buen hombre, que posees esta posada?”
“Más de cincuenta años”.
“¿Tienes aquí un Minián?”
“No… Sólo en los días festivos viajo a una aldea que está a dos kilómetros de aquí”, fue su respuesta.
“¿Cómo? ¿Está bien eso? ¡Un hombre como tú que dice las oraciones sin minián, y no puede cumplir con todas las plegarias! ¿Y por qué no te mudas a la aldea?”
Con un suspiro, el anciano trató de disculparse:
“¿Cómo puedo ir a la aldea? Hace más de cincuenta años que estoy aquí, y tengo una manutención firme, aunque humilde. ¿Con qué he de vivir en la aldea?”
”¿Cuántos habitantes tiene la aldea?”
“Alrededor de cien.”
”¿Y acaso crees que el Todopoderoso tiene medios para hacerles llegar su sustento a cien habitantes, y no los tiene para ti?”
Ante la mirada de asombro del anciano, por la atrevida e insólita sugerencia, agregué -continuaba relatando Rabí Shneur Zalman a Menajem Mendel-: “Yo soy el alumno de Rabí Dovber, el Maguid (predicador) de Mezritch.”
Ni bien pronuncié estas palabras, el anciano abandonó la habitación en la que nos encontrábamos. Luego de media hora me dispuse a partir. Cuando salí, quedé mudo de asombro. Ante mí tenía al anciano, junto a él carretas cargadas con sus enseres y pertenencias. Asombrado, le pregunté:
”<’Qué son todos estos objetos apilados en las carretas? ¿Qué haces?”
Y su respuesta me dejó más sorprendido aún:
”¡Me estoy mudando a la aldea! ¡Quiero cumplir con lo que usted me ordenó!”
Y al finalizar el relato, Rabí Shneur Zalman agregó:
“Mira y observa una fe ciega como ésta. En aquel entonces yo era todavía muy joven, pero cuando el anciano oyó que yo era un alumno de Rabí Dovber, dejó de lado todos los inconvenientes posibles y se dispuso a mudarse, aun cuando ya estaba establecido en ese lugar desde hacía cincuenta años y tenía una manutención fija y holgada. Y tú -concluyó el Rabí- me has oído decirte dos veces que podía ser que perdieras incluso tu capital y con más razón las ganancias y, con todo, no has confiado en mi palabra”.
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