El tesoro escondido

Un pobre mendigo llegó cierta vez a una pequeña aldea y tuvo la suerte de encontrarse con un grupo de mendigos locales que le mostraron verdadera amistad. Le dijeron que ellos tenían entre sí un acuerdo para dividir su ‘territorio’, asignando sectores y calles específicas a cada “miembro” del grupo. Así, solían ir en pares, golpear a las casas de su propio área y, al final del día, volvían a reunirse y juntaban en un fondo común todo lo que habían recolectado. Luego calculaban la suma total y apartaban cuidadosamente el maaser -la décima parte- para dárselo a sus menos afortunados “colegas” que estaban demasiado enfermos como para hacer las rondas y pedir limosna por sí mismos.
El nuevo integrante del grupo fue invitado a acompañar a una de las parejas en sus rondas.
Durante su “trabajo”, se detuvieron en una serie de casas bastante humildes, recogiendo una moneda en una, una par de monedas en otra. Entonces, mientras se aproximaban a una casa de aspecto particularmente pudiente, el forastero pensó esperanzado que seguramente allí no sólo recibirían una hermosa suma de caridad sino también, probablemente, una comida decente. Imagínense su sorpresa y decepción cuando sus compañeros sencillamente pasaron la casa por alto, sin echarle siquiera una segunda mirada.
“¡Oigan! ¿Qué les pasa, muchachos?”, exclamó el mendigo visitante. “¿Por qué no se detienen aquí?”
“El dueño de aquella imponente casa está muy lejos de ser un hombre delicado. Es el judío más rico de la aldea pero, duele decirlo, es el más tacaño de la zona. Es un hombre tan amargado que hasta le dolería decirte en qué hora del día estamos”.
“Probablemente ustedes no sepan cómo tratar con él”, dijo el mendigo visitante. “Hasta ahora jamás me encontré con un judío que fuera tan mezquino como ustedes dicen que es este hombre. Apuesto cualquier cosa que podré conseguir que él me dé algo. Miren, en un par de días será Shabat, y yo seré su invitado”.
Los otros mendigos comenzaron a reír. Cuando todos se reunieron al final del día, la broma fue repetida para diversión de todo el grupo. En verdad, todos estaban tan divertidos que aceptaron el desafío y dijeron que darían al mendigo visitante el título de “Rey de los Mendigos” y la  mitad de todo lo que hubieran juntado ese día si realmente tenía éxito en su intento.
“Pero para ello tengo una condición, y es que necesito la ayuda de ustedes. Quiero que hagan correr el rumor, en cada lugar al que vayan a juntar dinero, que el mendigo visitante les confió en secreto que ha traído consigo una preciosa joya que encontró enterrada en el bosque,  probablemente por ladrones. Si se les pide más detalles, digan simplemente que eso es todo lo que saben”.
Los mendigos del lugar aceptaron y, cuando golpeaban a las puertas de sus “clientes” regulares, contaban obedientemente a las amas de casa lo que el mendigo visitante había pedido que dijeran. El rumor corrió con la velocidad del rayo y los mendigos del lugar sintieron el beneficio inmediatamente pues se les daba más dinero de lo acostumbrado, y en algunos casos incluso se los invitaba a pasar a gustar de un bocadillo a fin de que pudieran contar un poco más acerca del apasionante secreto. En cuanto al mendigo visitante, fue tratado como un huésped ilustre de la ciudad.
Minutos antes de Shabat, cuando ya era casi momento de encender las velas e ir a la Sinagoga, el mendigo visitante golpeó a la puerta de la casa del hombre rico. La criada abrió la puerta, y al ver al mendigo le dijo:
“¡Vete de aquí! ¡No nos gusta ser molestados por mendigos!”
Pero… ya es casi Shabat y no tengo dónde estar. Soy extranjero en este lugar”.
“Esto no es un hotel”, continuó la criada con enojo, y estaba a punto de cerrar la puerta en sus narices, cuando el dueño de casa, escuchando el barullo en la puerta, se acercó. Entonces el mendigo se volvió a él y le dijo: “Escuché que tú eres un hombre con un corazón de oro. Seguro que no despreciarás mi pedido. Soy extranjero aquí y era a ti a quien deseaba ver especialmente pues tengo una importante cuestión que conversar contigo. Habrás escuchado hablar del mendigo que encontró un tesoro… Pues bien, yo soy el hombre sobre el cual corren los rumores”. El hombre rico estaba encantado. Seguro que el mendigo quería venderle la preciosa joya de la cual hablaba toda la aldea. Después de todo, ¿quién más, en la aldea, tenía dinero suficiente como para hacer semejante compra?
“Entra, por favor. Ya es casi Shabat. Ahora no es momento de conversar nada. Serás mi huésped y después de Shabat charlaremos acerca de tu asunto”.
El hombre rico dio luego al mendigo una camisa blanca y limpia, un saco, y ambos partieron hacia la Sinagoga. En la Sinagoga lo invitó a que se sentara junto a él, y todos los saludaban con un cálido Shabat Shalom. Los mendigos locales, agrupados cerca de la puerta, observaban la escena sin poder creerlo. Ya estaban ansiosos por ver qué tendría su amigo para contarles cuando se encontraran después del Shabat. El hombre rico se encontró a sí mismo disfrutando ese Shabat como nunca lo hubiera soñado. Su personalidad había cambiado por completo y demostraba a su invitado verdadera calidez. Su visitante demostró ser una persona muy interesante, tanto para hablarle como para escucharlo. Aparentemente había hecho una gran cantidad de viajes y también parecía ser muy instruido. Su charla cubrió muchos temas, incluyendo el análisis de la Sección Semanal de la Torá, el Midrash, etc. El visitante habló también muy profusamente acerca de las virtudes del judío, y de la inmensa mitzvd de Tzedaká -caridad- y de ayudar a otro judío en cualquier forma en que fuera posible. El sábado por la mañana, en la Sinagoga, el rico anfitrión fue llamado a la Torá y allí prometió una considerable suma de dinero como obsequio a la Sinagoga. Se había apoderado de él un cálido espíritu de generosidad como nunca lo había tenido antes, ni siquiera para sí mismo. Su invitado, el mendigo visitante, también fue llamado a la Torá. Anfitrión y visitante se fueron juntos de la Sinagoga de excelente ánimo.
El Shabat finalmente terminó y se hizo Havdalá.
“Ahora bien, amigo”, comenzó el hombre rico, “muéstrame la joya que has traído y veamos si podemos cerrar el negocio”.
“¿Qué joya? No tengo ninguna joya”, contestó el mendigo.
“Este no es momento de bromas”, dijo el hombre rico. “Vayamos directo a los negocios”.
“Estas en un error. No dije que tuviera una joya. Simplemente te dije que yo era el hombre acerca del cuál circulaba el rumor de que había encontrado un tesoro. Y en verdad, encontré un tesoro. ¡Encontré un tesoro en tu propio cálido corazón judío! Durante mi vida he sido afortunado en descubrir muchos tesoros como éste, tesoros enterrados, ocultos hacía tanto tiempo que muchos de sus dueños habían olvidado que existieran. Realmente tuve la buena fortuna de desenterrar tesoros como estos de los corazones de muchos judíos. Es cierto que se ha dejado que esos tesoros juntaran polvo y suciedad y fueran tristemente descuidados. Pero su valor es muy superior al del oro y las piedras preciosas. La furia del hombre rico se derritió mientras escuchaba, con la boca abierta, las palabras de su invitado. Apenas logró recuperar el habla, sujetó con cariño las manos de su huésped, y dijo: “Tienes razón. Realmente he sido ciego a mis oportunidades. Te agradezco por abrir mis ojos a mis propios ‘tesoros enterrados’. Te estoy verdaderamente agradecido y quiero que sepas que siempre serás un invitado de honor en mi casa. También, de ahora en más sabré cómo manejarme con la riqueza con que he sido bendecido”.
El extraño mendigo desapareció al día siguiente, pero durante mucho tiempo la gente de la aldea continuó hablando del tesoro que indudablemente había traído consigo. Y cuando miraron al rico judío y tomaron nota de la mirada de felicidad que había en su rostro, llegaron
a la conclusión de que sin duda había obtenido una buena ganancia en el negocio. Y cuando le preguntaban si realmente había dado con una ganga, contestaba sonriente:
¡La mejor ganga que jamás logré en mi vida!”

<b> © Copyright Editorial </b> <a href=”http://www.kehot.com.ar”>Kehot Lubavitch Sudamericana</a>

Aún no hay comentarios

¡Sea usted el primero!

Complete el formulario siguiente para comentar.

Deje un comentario