El narrador

Hace muchos años, en una aldea distante y aislada, vivía un pobre judío que ganaba su sustento de una posada que tenía. Apenas si podía hacerce de unas monedas, pues dependía de clientes casi tan pobres como él; los campesinos de alrededor. Muchas veces sucedía que cuando alguno de los campesinos venía por un trago, o al posadero se le había acabado el licor, o el campesino no tenía dinero para pagar. De manera que el posadero tendría sobrados motivos para estar deprimido. Pero no este posadero.
Tenía una mujer y niños que mantener, pero jamás se lo oía quejarse, siempre estaba alegre y contento. No era ningún sabio, pero podía leer el Sidur. Y como tenía mucho tiempo libre mientras esperaba clientes, pasaba la mayor parte del mismo rezando y recitando. Tehilím (salimos), que entonaba sin dejar oír si quiera un suspiro, jamás, alabando siempre a Di-s. Una cosa si le preocupaba: tenía muy poco contacto con otros judíos. Era muy inusual que un viajante judío pasara cerca de la aislada posada. Pero el posadero se consolaba pensando que quizás así era mejor. Pues por más que le hubiera encantado ser anfitrión de algún viajante judío, ¿Qué hospitalidad podría ofrecer si el mismo apenas tenía suficiente comida para su propia hambrienta familia? Imaginen entonces su inmensa satisfacción cuando tuvo el Zejut (privilegio) de recibir como huésped a nada menos que el Baal Shem Tov en persona, acompañado de algunos de sus discípulos. No podía creer lo que sus propios ojos veían. Los alumnos del Baal Shem Tov no estaban menos sorprendidos que él. ¿Por qué elegiría el Baal Shem Tov una posada tan fuera de camino, o desearía hospedarse en la casa de un judío tan poco instruido? Pero, aún así, no se atrevieron a cuestionar a su gran maestro, que , de querer que lo sepan, se los hubiera dicho. Era obvio que el pan y las verduras que servía a los inesperados huéspedes, era todo lo que tenía par a su propia familia hambrienta.
La pobreza del lugar clamaba desde cada rincón. Con todo, aquí estaba el Baal Shem Tov diciendo al posadero antes de partir que estaba recolectando fondos para una causa de caridad muy necesaria e importante, y le preguntaba si deseaba compartir esta inmensa mitzvá contribuyendo con el suyo. El pobre posadero no había visto dinero por algún tiempo, pobre hombre. ¿Qué debía hacer o decir? Estaba tan ansioso por participar de la inmensa mitzvá de Tzedaká… De inmediato empeñar sus botas para la nieve y también su candelero de bronce, y entregó al Baal Shem Tov con alegría el dinero que obtuvo por ellos. Luego, el Baal Shem Tov partió con sus alumnos. Cuando el posadero volvió a entrar a su casa se encontró con su mujer bañada en lágrimas, y sus niños diciendo que tenía hambre y no había quedado siquiera migajas de pan para darles de comer. Ahora también el posadero estaba desconcertado. No había de quien prestar un poco de dinero ni nada más que valiera la pena empeñar. Plegaria de la tarde- , y cuando llegó a las palabras ” Tu (Di-s) abres Tu mano y satisfaces a todo ser viviente”, casi se atragantó en sus lágrimas y suspiró por primera vez- más por el sufrimiento de su familia que por si mismo, pues todos tendrían que irse a dormir sin comer. Muy tarde esa noche, fuertes golpes en la puerta hicieron que el posadero saltara de la cama. Se trataba que gritaba que le sirvieran una copa. El posadero no sintió miedo pues estaba habituado a los campesinos borrachos, de modo que lo hizo pasar. ¿De donde saco licor? Había servido lo poco que le quedaba a sus últimos visitantes, para que dijeran lejáim. Así que fue a ver si al menos quedaba algo de licor en algunas de las copas. El posadero volcó los restos en otra copa, agregó un poco de agua para llenar el vaso, y se lo entregó al ya borracho campesino. “Te doy mi palabra”, exclamó el campesino, “¡en toda mi vida jamás he probado un licor tan exquisito!” El posadero estaba encantado, pues ahora tendría al menos un poco de dinero para comprar para su familia. Su dicha se esfumó muy pronto, cuando el campesino se levantó diciendo: “Gracias Moishke, por el mashke – lo siento, no tengo dinero para pagarle ahora”, y se fue. El campesino borracho regresó la noche siguiente sacando al posadero de la cama, y exigiendo del mismo “maravilloso” licor servido la noche anterior. El posadero repitió la misma “receta”, preguntándose la cual sería el veredicto en esa oportunidad. Estuvo complacido cuando el campesino chasqueó los labios y dijo: ” ¡Esto es lo que yo llamo licor!” Pero una vez más se fue sin hacer pago alguno. Por supuesto, el campesino regresó nuevamente la noche siguiente. Esta vez el posadero estaba despierto, esperándolo. Ya estaba listo para decir al campesino que no le quedaba nada para él. Pero antes de poder abrir la boca, el campesino le dijo en tono de disculpa: “Toma, tengo una vieja moneda de cobre. No se si vale mucho, pero es dinero de todos modos. Por favor, no me niegues otro trago de ese maravilloso licor” El posadero casi estaba “seco” de restos de licor. Pero de alguna manera se arregló par recoger las últimas gotas restantes y luego de llenar la copa con agua se la pasó al campesino. Este la bebió con marcado placer, y abandonó la posada murmurando, “Maravilloso, maravilloso…” Al día siguiente pulió con esmero la moneda de cobre, hasta que brilló como si fuera oro.
¡Era de oro! El posadero no perdió tiempo para llevarla a la aldea más cercana, y con la caída de la noche regresó cargado de comida y provisiones para su familia, una cantidad de licor regular para su posada, y una hermosa suma de dinero en efectivo. Desde ese día el campesino se volvió un firme cliente (si es que se puede llamar “firme” a un borracho…). Venía cada día por un trago, pagando cada vez con una moneda de “cobre” similar. “Es buen licor”, dijo al posadero, “Pero nada como el licor que había tomado antes. ¿No te queda nada de esa maravillosa bebida?” El posadero le aseguró que se había terminado, pero para resarcirlo sirvió al campesino algunas delicias “a cuenta de la casa”. En tanto el campesino continuaba trayendo de aquellas viejas monedas, el posadero comenzó a preocuparse por su origen. Un día le pregunto donde las había conseguido. “Oh, ese es mi pequeño secreto”, respondió el campesino. “Pero ahora te lo puedo contar. Las he excavado, por accidente, en el bosque. Además, lamento decirte que no podré venir más aquí. De todos modos, no me quedan más monedas de éstas, así que me voy con la deliciosa memoria del delicioso mashke que me has estado sirviendo, especialmente al principio. ¡Adiós Moishke, y adiós mashke!. Ahora el pobre posadero ya no era más pobre y compro una casa grande para su familia. Los terribles años de hambre habían quedado atrás, y vivieron juntos muy felices. Exactamente un año después, el Baal Shem Tov, acompañado de los mismos discípulos, volvió a visitar sorpresivamente al posadero. Esta vez les dio un recibimiento digno de reyes. Le contó al Baal Shem Tov que desde su anterior visita, hace un año, su situación había cambiado milagrosamente, y le narró toda la historia del campesino borracho y las monedas de “cobre” que accidentalmente había excavado en el bosque. “Le gustaban tanto las bebidas que yo le servía, que no compraba nada para beber en ningún otro lugar, y cada vez me pagaba con una de esas monedas”, dijo el posadero, agregando, “lo que no puedo comprender es por qué le gustaron tanto los primeros tragos que servía, a pesar de que estaban tan aguados, aún más que el licor que regularmente le servía…” El Baal Shem Tov sonrío, mientras decía al posadero: “Ahora puedo revelarte que todas las riquezas que tienes en este momento te estaban esperando en el Cielo, y lo único que te faltaba era un medio, un recipiente para traerla toda hacia la tierra. La tzedaká que me has dado con tanto sacrficio, y la plegaria de minjá que rezaste con tan profunda sinceridad, “estos fueron los canales” para recibir la bendición de Di-s. ¡Que perduren para ti y tu familia por mucho tiempo!”.
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