El misterio del reloj de sol

Liozna, una pequeña aldea en la provincia de Mohilev, ubicada junto a la ruta principal que conduce de Smolensk a Vitebsk, en la Rusia Blanca, es el lugar que vio nacer a Rabí Shneur Zalman, o, como se lo conoce entre los jasidím, el ‘Alter Rebe’, en 1745. Mas tarde, en esa misma localidad, Rabí Shneur Zalman fue elegido para ocupar el cargo de Maguid — Predicador—.

Rabí Baruj, padre de Shneur Zalman, era dueño de una pequeña parcela de tierra cercana a Liozna. Había llevado allí a algunas familias judías, refugiados de la guerra con Bohemia, y les había ayudado a establecerse y comenzar una nueva vida.
Entre estos refugiados se encontraban algunos eruditos judíos, que a su gran conocimiento de la Torá sumaban también el dominio de otras ciencias. Uno de ellos era Rabí Iaacov Tzví, quien se destacaba en los campos de las Matemáticas y la Astronomía.
Rabí Iaacov conoció a Shneur Zalman en 1755, por aquel entonces un niño de diez años, y cuando se dio cuenta de sus extraordinarias cualidades intelectuales y su dedicación sin par a los estudios, comenzó a introducirlo en los secretos de estas ciencias.
Un hermano de Rabí Iaacov Tzví, que también se había asentado en la zona, era un eminente sabio, un cabalista de renombre, y tenía en poder numerosos manuscritos antiguos, incluso de Rabí Itzjak Luria, conocido como el ‘Arizal’, padre de la Escuela Cabalística luriánica.

Asistido por estos dos hermanos, Rabí Shneur Zalman dio sus primeros pasos en las disciplinas de la filosofía judía, la Cabalá, y las ciencias en general.
Su progreso en estos estudios había sido tan grande que ya a temprana edad Rabí Shneur Zalman había confeccionado un calendario para los próximos quince años. En éste había fijado con exactitud los momentos precisos del cambio de estación, los horarios del novilunio, todas las Festividades judías y los días de Rosh Jodesh (comienzo de los meses hebreos). Para los primeros años del calendario, incluso había agregado las fechas de las Ferias Anuales que se realizaban en Liozna.
Este calendario fue guardado celosamente por la familia durante una centuria, como
Recuerdo de esta etapa de la vida de Rabí Shneur Zalman. Estaba escrito en papel grueso, con
tinta verde, y encuadernado en cuero marrón. Lamentablemente, el calendario fue destruido por las llamas en el gran incendio que se desató en Lubavitch el 5 de Elul de 1857.
Durante su niñez, Rabí Shneur Zalman estudió Torá con su maestro, Rabí Isajar Ber, en Lubavitch. A la edad de 12 años su maestro lo envió de regreso a casa, diciendo que el niño ya tenía tantos conocimientos de Torá que estaba plenamente capacitado para proseguir sus estudios por su cuenta, sin necesidad de maestros. En su Bar Mitzvá, Rabí Shneur Zalman pronunció un discurso ante las más altas jerarquías rabínicas, provocando la sorpresa de los invitados. El niño, como consecuencia, fue recibido como miembro honorario de la Jevrá Kadishá, la Santa Sociedad, y su nombre fue registrado en el Pinkás de la comunidad acompañado de elogiosos títulos que usualmente eran conferidos únicamente a eruditos sobresalientes.
Su fama había llegado a Vitebsk, ya sea por su nombre como por el apodo que había recibido: “el genio de Liozna”.
En Vitebsk vivía un acaudalado judío llamado Iehudá Leib Segal. Cuando éste oyó hablar del extraordinario joven, estableció contacto con él y al poco tiempo se concertaba la boda de su hija Shterna con Shneur Zalman. La boda se realizó conforme las costumbres de Vitebsk: todos los pobres y necesitados de la ciudad fueron invitados al festejo. El novio tenía por aquel entonces 16 años y, tal como era usual en aquella época, su suegro tomó a la pareja bajo su tutela, brindándole toda la asistencia material necesaria para que su nuevo yerno pudiera continuar con sus estudios de Torá sin perturbaciones.
A causa de sus negocios, Iehudá Leib Segal mantenía estrechos vínculos con miembros de la nobleza, incluyendo al gobernador de Vitebsk y a otros funcionarios del gobierno.
No había pasado mucho tiempo desde la boda, quizás unos dos meses, cuando el nuevo yerno de Iehudá Leib atrajo la atención del Gobernador. Y ésta es la historia:
En el hermoso jardín que rodeaba la amplia residencia del gobernador, en los suburbios de la ciudad, había un reloj de sol perfeccionado y decorado rica y artísticamente, frente a la entrada principal.
El Gobernador estaba orgulloso de esta hermosa pieza y siempre que algún alto miembro de la nobleza lo visitaba solía mostrarle en primer lugar su reloj de sol, único en su género.
En esencia, su funcionamiento era muy simple. En el centro de una plataforma horizontal se había fijado una varilla vertical. Según la sombra que producía sobre la plataforma, debidamente marcada de antemano, podía saberse, a falta de otro medio en aquella época, la hora del día.
Cierta tarde, cuando el Gobernador se encontraba en su habitual paseo por las serenas avenidas de su frondoso y exótico jardín, vio, para su desconcierto, que el reloj no ‘funcionaba’. Su sorpresa había crecido más todavía por cuanto el cielo era de un azul intenso y el sol alumbraba con todas sus fuerzas. No había nubes que impidieran el paso de sol y no había razón aparente para que el reloj no cumpliese su función. Pero, ahí estaba, no marcaba la hora. Tiempo después, y como para hacer crecer la intriga, el reloj ‘se arregló’ solo y comenzó a funcionar normalmente.
El gobernador intentó buscar una explicación a este fenómeno, en vano. Desde entonces, de tanto en tanto pasaba revista al estado del reloj de sol y comprobaba su funcionamiento.
Su despecho creció más cuando al día siguiente, por la tarde, el se negó nuevamente a mostrar la hora. Entre las dos y las cinco de la tarde, parecía como si el reloj no existiera, a pesar de que no había una sola nube que impidiera el paso del sol.
El Gobernador convocó a diferentes hombres de ciencia, especialmente a los expertos en el campo de la astronomía, pidiéndoles investigaran el extraño comportamiento del reloj.
Los grandes matemáticos estudiaron la situación y realizaron todo de cálculos y mediciones, pero todos sus esfuerzos no rindieron el fruto esperado. Nadie estaba capacitado para dar una explicación satisfactoria a esta extraña situación.

* * *

Durante la época en que transcurre esta narración histórica, las comarcas de Vitebsk y Liozna eran propiedad de la monarquía polaca. El nivel general de la educación polaca era bastante pobre, si bien aquí y allá había alguna escuela de enseñanza superior, de propiedad privada —generalmente de algún miembro de la nobleza— donde los estudios sí alcanzaban un alto nivel.
En toda la zona de Lituania que entonces correspondía a Polonia, había en total tres instituciones de este tipo: una junto a Vilna —en los dominios del Conde Radzivil —; otra junto a Vitebsk, perteneciente al Conde Schazinski; y la tercera en las riberas del Dnieper —entre Dubrovna y Liadí—, patrocinada y conducida por el Conde Chakrat. Los directores y educadores de estas escuelas eran generalmente franceses que se destacaban por su profundo odio a los judíos. La nobleza polaca, por su parte, no mostraba gran interés por los altos estudios, ya que estos no les resultaban necesarios para llevar adelante su vida de placeres desmedidos.
También algunos de estos profesores intentaron solucionar el problema planteado por el misterioso reloj de sol, pero sin éxito.
Tras varios fracasados intentos, el problema quedó sin solución por espacio de dos años hasta que el Gobernador de Vitebsk se enteró de que el mercader Segal tenía un yerno sumamente sabio. Y los rumores decían que, además de sus vastos conocimientos en temas judíos —acerca de los que el Gobernador tenía muy poco interés—, dominaba también otras ciencias con asombrosa maestría. El gobernador decidió llamarlo.
Al principio Rabí Shneur Zalman se negó a aceptar la invitación del Gobernador. Estaba dedicado a sus estudios y no deseaba interrumpirlos por una causa que le parecía tan banal. También a ello se debía su falta de interés por entablar contacto con los diversos nobles polacos. Le parecía lamentable derrochar un tiempo precioso que podía dedicarse al estudio de la Torá.

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