El huésped misterioso

Hace muchos, muchos años, vivía en Polonia un judío acaudalado llamado Baruj. Había sido bendecido realmente con todo lo que un judío podría desear: buena salud, una maravillosa esposa, y niños amorosos que eran
una verdadera fuente de genuinas najes -satisfacciones- judías para padres. Sus negocios -compuestos principalmente por empresas tales, aserraderos y molinos harineros – marchaban bien y crecían constantemente. Decenas de familias judías ganaban cómodo sustento trabajando para este emprendedor hombre de negocios que los trataba una manera justa y generosa.
Por encima de todo, Baruj era un hombre muy caritativo. No esperaba que los necesitados vinieran a él en busca de ayuda, sino que iba allá y era é1 mismo el que buscaba a quien pudiera precisarla.
Cuando llegaba la época de Iom Tov -las Festividades-, nada le daba más placer que tener una casa repleta de invitados, especialmente cuando venía Pesaj, la Festividad de Nuestra Libertad.
Cada año, inmediatamente después de Purím, Baruj dejaba sus ocupaciones comerciales en manos de sus leales empleados para poder r toda su atención a las familias pobres que pudieran necesitar para Pesaj. Y cuando sólo faltaban unos pocos días para Pesaj, observaba cuidadosamente si no había algún forastero que pudiera pasar por la ciudad, o cualquier otro judío sin hogar que pudiera durante todo el Iom Tov.
Un año, así se dieron las cosas, Baruj no encontró a nadie para invitar a su casa para Pesaj. Estaba muy triste, pues sin invitados Pesaj no sería para él y su familia el mismo Iom Tov alegre de siempre.
Llegó la víspera de Pesaj, y Baruj envió a sus hijos a cada una de las Sinagogas de la ciudad para ver si había llegado algún forastero. Y, para su enorme alegría, sus hijos regresaron con dos hombres que habían llegado precisamente esa mañana.
Los hombres se prepararon para Iom Tov, y antes de que se pusiera el sol fueron a la Sinagoga para rezar.
Cuando Baruj volvió a casa con sus hijos e invitados, ésta estaba brillantemente iluminada y la larga mesa estaba hermosamente tendida para el Seder: las velas encendidas en sus relucientes candelabros de plata, los botellones llenos de espumante vino rojo, la matzá shemurá estaba dispuesta en lustradas bandejas rodeada de pocillos con zeróa asado, hierbas amargas para el maror, jaroset, huevos duros y karpás – todo listo para los Platos del Seder.
Baruj ocupó su cómodo lugar en la cabecera, sobre el sofá del Seder, sentando junto a sí a sus dos invitados. También los niños, con rostros radiantes y ojos brillando con anticipada satisfacción, ocuparon sus lugares junto a la mesa esperando ansiosos que comenzara el Seder para poder formular las Cuatro Preguntas del Ma Nishtaná.
Ni bien Baruj terminó de preparar su Plato del Seder y estaba listo para recitar el Kidush, se oyó un golpe a la puerta. Cuando abrieron, por ella entró un pobre mendigo, cargando una bolsa.
“¡Gut Iom Tov! ¡Feliz Iom Tov!”, murmuró. “Siento haber llegado tan tarde… no me fue nada fácil llegar hasta aquí…
Baruj se puso de pie, se acercó al extraño, y le extendió la mano.
“Eres bienvenido. Entra… llegas justo a tiempo. Lávate y únete a nosotros para el Seder”.
“Todavía no he rezado”, contestó el mendigo.
“No hay problema, tenemos tiempo. Toma un Sidur, nosotros esperaremos”, lo tranquilizó Baruj amablemente.
El mendigo se lavó las manos, abrió el Sidur, se volvió hacia la pared y comenzó a rezar lentamente. Parecía que no podía leer bien pues las palabras salían de su boca muy lentamente y con marcado esfuerzo.
Pero todos esperaron con paciencia. Baruj observaba intensamente y con compasión el rostro del mendigo. Cuando éste finalmente terminó de rezar, Baruj lo acompañó hasta la cabecera de la mesa y le ofreció un lugar junto a él. Le mostró cómo disponer las cosas sobre su Plato del Seder, e inmediatamente después de terminar su propio Kidush invitó al mendigo a hacer lo mismo. Una vez más el pobre hombre a duras penas logró pronunciar sus palabras. Cuando la familia recitó la Hagada jubilosamente, los labios del mendigo permanecieron silenciosos; observaba simplemente las páginas abiertas, sin mirar hacia ningún lugar en particular.
Como Baruj era un anfitrión bondadoso, se dio cuenta que el mendigo estaba muy hambriento, de modo que apuró la primera parte del recitado de la Hagadá para que la cena pudiera ser servida sin mayor demora.
Después de la cena y del recitado del Bircat HaMazón, y después de beber la Tercer Copa, ya no había motivos para apurarse. Así que, antes de volver a la Hagadá, el anfitrión se dirigió a todos los presentes y comenzó a hablar:
“Amigos, al principio de la Hagadá se nos dice que ‘cuanto más uno narra acerca de la milagrosa partida de Egipto, tanto más es digno de alabanza’. Nuestros Sabios también han dicho que esta noche de Pesaj es una ocasión apropiada para contar todo milagro que uno haya experimentado personalmente, y para expresar gratitud a Di-s por él. De modo que me gustaría contarles un gran milagro que me ha sucedido este invierno pasado, durante un viaje de negocios.
“Estaba atravesando el bosque cuando se desató una terrible tormenta de nieve. El camino estuvo muy pronto cubierto de nieve y mi cochero no podía ver por donde seguir. No tardamos mucho en darnos cuenta que estábamos perdidos en la espesura del bosque, ya cayendo la noche, con los aullidos de los lobos cada vez más próximos helándonos las venas. Los caballos estaban asustados, saltando de un lado a otro. A’ cochero le costó mucho trabajo contenerlos y calmarlos. Trató de continuar viaje, pero no parecía que llegáramos a ningún lado.
“De repente vimos el resplandor de una luz brillando a través de los árboles, y eso nos levantó el ánimo. Seguimos en dirección a la luz y llegamos a una cabaña de campesinos. Encantados, golpeamos a la puerta. Un campesino desaliñado y borracho nos hizo pasar. La escena en el interior de la cabaña no era para nada acogedora. Cinco o seis hombres de aspecto feroz estaban sentados junto al fuego del hogar, bebiendo y alegrándose. Los ruidosos campesinos borrachos nos invitaron a carcajadas a que pasáramos y tomáramos un trago con ellos. ¡Y cuando nos sentamos junto al fuego para calentarnos un poco -pues estábamos congelados hasta los huesos- varios de ellos saltaron sobre nosotros y nos ataron de manos y pies!
“Nos dimos cuenta, sin posibilidad de error, que habíamos caído en una guarida de ladrones, pero ya era demasiado tarde como pararemediarlo.
“A continuación, los ladrones vaciaron mis bolsillos y se llevaron mi dinero, mi reloj de oro con su cadena, así como mi sacón de piel.
‘¡Esto se llama suerte!’, dijo uno de ellos observando el botín. ‘En lugar de tener que salir a cazar por el bosque en una noche tan miserable, los pájaros han volado directamente a nuestras manos. El jefe estará muy complacido…!’
“Pues bien, amigos, les resultara fácil imaginarse cómo me sentí sentado allí, atado de manos y pies, ala espera de que su je fe viniera y decidiera qué hacer con nosotros.
“La noche parecía estirarse sin fin. Cuando el jefe finalmente llegó, en medio de un rugido de bienvenida los bandidos le contaron acerca de la gran sorpresa. El jefe les dijo que se callaran y ordenó a un par de sus hombres que trajeran mi maleta del trineo. Cuando la trajeron, les dijo que vaciaran su contenido sobre la mesa, junto a mis otras pertenencias.
‘¿Qué es esto?’, preguntó uno de los bandidos más jóvenes, mientras sostenía mi bolsa con mi Talit y mis Tefilín.
‘Eso es algo que los judíos usan cuando rezan’, contestó otro de los bandidos. ‘Pero este judío ya no necesitará más estas cosas; bien podríamos arrojar la bolsa al fuego’.
“Yo imploré al jefe: ‘Por favor, no les dejes hacerlo; estos son objetos sagrados…’.
El jefe ladró su orden a sus hombres: ‘¡Déjenlo! ¡No lo toquen!’
Luego se sentó a la mesa, tomó una botella de licor y comenzó a beber de ella a sorbos, sin decir ni una palabra más. Parecía perdido en sus pensamientos.
“Aburridos, los bandidos borrachos se tiraron sobre el piso y pronto comenzaron a roncar ruidosamente. Como es de comprender, ni yo ni mi cochero teníamos sueño, con sobrados motivos para preocuparnos por nuestro destino.
“Mientras la oscuridad de la noche cedía afuera el paso al amanecer de lo que yo pensaba era mi último día, vi que el jefe comenzaba a moverse. Abrió sus ojos y me miró, y de repente me sentí estimulado a hablarle.
‘Veo, jefe, que tienes a Di-s en tu corazón. Tú no les has permitido quemar mi Talit y mis Tefilín. Por favor, te lo suplico, permíteme ponérmelos por última vez en mi vida’.
“Sin decir una sola palabra, el jefe se me acercó con un filoso cuchillo en sus manos, cortó las cuerdas de mis manos y pies, y luego me entregó mi bolsa. Me envolví en mi Talit, me puse los Tefilín, y con el rostro hacia la pared comencé a rezar como nunca antes lo había hecho. Las lágrimas me provocaron un nudo en la garganta mientras derramaba mi corazón al Todopoderoso, cuidando de no despertar a los demás bandidos.
“De reojo pude ver que el jefe me estaba observando con inusitado interés. Cuando terminé de rezar y guardé cariñosamente mis Tefilín y mi Talit en la bolsa, el jefe desató al cochero. Luego me entregó mi saco de piel y mi bolsa con el Talit y los Tefilín, y me dijo en voz baja:
‘¡Corran! ¡Salgan, los dos, antes que sea demasiado tarde!’
“Pueden estar seguros que no precisaba una segunda invitación. Pero mientras nos íbamos apresuradamente, susurré a oídos del jefe:
‘¡Para un judío, jamás es demasiado tarde!’
“Nos apuramos, saltamos sobre el trineo, y salimos a toda velocidad a la libertad y a la vida.
“Ese, queridos amigos, es el gran milagro celestial que viví apenas hace algunos meses. Y ahora, continuemos con los milagros del Exodo de Egipto y el final de la Hagadá”.
El mendigo pasó todo Pesaj en la casa de su bondadoso anfitrión quien
le brindaba toda atención posible, tanta, que la familia se preguntaba quien podría ser este misterioso hombre.
En la mañana siguiente a Pesaj, mientras Baruj esperaba al mendigo para que lo acompañara a la Sinagoga como cada mañana, éste no salió de su cuarto. Baruj envió a uno de sus nietos a buscarlo. El niño regreso diciendo que el mendigo no estaba allí. Ahora todos comenzaron a buscarlo por toda la casa, pero éste no estaba en ninguna parte.
Entonces vino otro de sus nietos, con la bolsa del mendigo en sus manos.
‘~’Mira, abuelo”, dijo. “¡El mendigo olvidó su bolsa!”
‘¿En serio?”, dijo el abuelo Baruj, mientras miraba dentro de la bolsa. En su interior sólo había dos cosas, y Baruj las reconoció con facilidad: su reloj de oro con la cadena y su billetera con el dinero que había dejado en la guarida de los bandidos en aquella funesta noche invernal…

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