El conde llegó demasiado tarde

El Conde Charturinski formaba parte de la más alta nobleza polaca. En la Polonia de hace 150 años, era uno de los poderosos terratenientes cuyo reino privado se extendía sobre numerosas aldeas y amplias regiones.
Sin embargo, en un aspecto, el Conde era una singular excepción:
a diferencia de la actitud generalizada de desprecio y odio hacia los judíos por parte de los demás hombres de la nobleza polaca, se sentía amigo de ellos.
Algunos de los responsables de sus exitosas empresas eran judíos y el Conde siempre tenía sobre sus labios palabras de agradecimiento y elogio para estos dedicados y fieles servidores suyos. Muchos judíos lograban su sustento gracias al trabajo en sus tierras, ya sea como arrendatarios de posadas al costado de los caminos, como administradores de su riqueza ganadera, o la pesca en sus ríos, la industria maderera de sus bosques, y el cultivo de cereales y frutas en sus campos.
Cierta vez, el Conde decidió ofrecer un banquete. Su alegre festejo se debía a una circunstancia sin precedentes que realmente merecía ser conmemorada con las máximas galas: luego de largos
años de no espera, había sido bendecido con un hijo varón, y éste era un evento que quería festejar en compañía de sus más allegadas amistades, los demás miembros de la nobleza polaca.
En efecto, el banquete contó con la participación masiva de toda la aristocracia. Los nobles de la más alta alcurnia y los más ricos terratenientes de toda Polonia se hicieron eco de su invitación y vinieron a su comarca para compartir con él este especial momento de alegría.
En el curso de la velada el Conde alabó efusivamente a cierto Rabí de sus tierras, el Rabí ‘que hace milagros’, residente en una de sus aldeas llamada Koznitz.
“¿Sabéis, queridos amigos”, hablaba el Conde con voz entrecortada por la emoción, “que ya hacia tiempo que me había resignado a la idea de no poder abrazar a un hijo propio, carne de mi carne, sangre de mi sangre? Pero luego oí hablar de aquel Rabí que os he mencionado, y a él debo mi alegría de hoy”.
“¿Y cómo es que has logrado descubrir en tus comarcas semejante ‘tesoro’ oculto?”, le preguntó uno de sus incrédulos invitados, en tanto en su voz podía percibirse cierta burla hacia la narración de su anfitrión.
El Conde simuló no darse cuenta de la humillante afrenta de su interlocutor y le respondió con voz seria:
“Tuve la buena fortuna de escuchar a uno de mis arrendatarios judíos cuando se refería al santo Rabí de Kozniti He oído innumerables historias acerca de sus maravillosas actividades. Mas dejadme que os refiera una de ellas, de la cual yo mismo doy fe de su legitimidad y mi honor la garantiza”.
“Hace algunos años”, comenzó el Conde su relato, “durante la amarga guerra franco-prusiana, un general de Prusia acampó con su ejército en los bosques próximos a la ciudad de Koznitz”.
“Cuando el general oyó que en la cercana ciudad había un santo hombre a cuya puerta acudía mucha gente para pedir consejo y guía, envió a uno de sus soldados para que trajera al Rabí a su presencia,
deseoso de pedir también él su consejo”.
“El mensajero regresó al poco rato. El Rabí le había dicho que dado que era un hombre anciano y débil le era imposible viajar hasta el campamento militar, pero que si el general deseaba visitarlo, sería recibido con cordialidad.
“Esta respuesta, a pesar de ser educada y lógica, enfureció al general.
‘¿Acaso este Rabí cree que puede darme instrucciones a su antojo?’, tronó su voz luego de unas copas de más.
“Envió otro emisario a lo del Rabí, con una advertencia: si el Rabí no se presentaba de inmediato, el general lo pondría a disposición de la Corte Marcial, junto con otros judíos más, bajo la acusación de espionaje. Le aseguraba un rápido juicio, y los judiotes’ serían ejecutados sin demora’.
“El emisario regresó consternado e informó al general el resultado de su misión:
“Me acerqué al Rabí y le transmití sus palabras, mi general, mas éste no parecía sobresaltado ni asustado en lo más mínimo. En cambio, me pidió que te respondiera de esta manera: ‘Dile al general que ni yo ni mis hermanos judíos somos espías o rebeldes. Por el contrario, hay un general Prusiano que vendió al enemigo de su país, su patria y su honor a cambio de dinero en efectivo. Este general, que desea permanecer en el anonimato, envió hace muy poco tiempo dos cartas con contenido altamente secreto y confidencial. El destinatario de una de ellas era la Comandancia General del Ejército Prusiano, y contenía un detallado informe de las posiciones militares en esta zona del frente de combate. La otra carta estaba dirigida al Servicio de Contraespionaje Francés, y en ella se describían minuciosamente pormenores de los planes militares del ejército de Prusia y otro material altamente secreto, de máxima importancia para la seguridad nacional. Para mala suerte del general, las cartas fueron invertidas:
aquella dirigida a la Comandancia fue introducida en el sobre enviado al Servicio de Inteligencia Francés, en tanto que la otra fue enviada
al alto mando Prusiano”.
“El Conde Charturinski interrumpió su relato por breves instantes, y luego prosiguió:
“¿Os imagináis, amigos, qué ocurrió?”
“El general prusiano se dio cuenta del terrible error que había cometido, pero lo hecho, hecho está. Llegó a sus propias conclusiones, y ese mismo día daba fin a su vida con un disparo de su arma”.
“¿Ese fue el Rabí que te bendijo para que tuvieras un hijo?”, preguntó uno de sus invitados.
“No. No fue él. Él me envió a otro Rabí, en Lublin, a quien los judíos llaman Jozé -’vidente’- de Lublín. Fue este Jozé, cuyo nombre real es Rabí Iaacov Itzjak Hurvitz, quien me bendijo. En efecto, su bendición se cumplió ahora con el nacimiento de mi hijo, heredero de mi título y mi riqueza”.
“En lo que a mí respecta, aún no me he convencido en absoluto. ¿Quizás aquel Rabí sólo quiso poner nervioso al general y su plan dio resultado…? ¿Cómo podía averiguar el general si realmente sus cartas habían sido mal encaminadas? Y lo que dices de aquel Jozé de Lublín, no creo que sea capaz de ver nada que esté más lejos que su propia nariz. Sin duda aquello que tú llamas ‘bendición cumplida’ no fue más que una feliz coincidencia”.
El que se expresaba así no era otro que el joven Conde Charturinski, su hermano menor. Este esperaba con ansiedad aquel día en que pudiera heredar el título de nobleza de su hermano y sus fabulosas riquezas, por cuanto no había otros herederos. Y ahora, ese Rabí de Lublín había echado por tierra todos sus planes de un brillante futuro. Su despecho era tal que incesantemente trataba de disminuir la importancia de aquel Rabí que había frustrado sus pretensiones.
El Conde se enfureció mucho al oír las incisivas palabras de su hermano contradiciéndolo. Más todavía lo apenaba su despectivo comentario en referencia al gran Rabí, y el odio que su hermano sentía por los judíos en general.
Lo contempló con una mirada penetrante y reprobadora, pero éste no se retractó. Por el contrario, continuó hablando:
“Te demostraré, querido hermano, y también a ustedes, estimados amigos, que aquél que se hace llamar Jozé no es más que un farsante. Dentro de un día o dos debo estar en Lublín de todos modos. Aprovecharé la oportunidad para visitar al Rabí y verificar por cuenta propia quién es él en verdad. Cree que le pediré una ‘bendición’. Sí, una bendición por algo que no sea más que fruto de mi propia imaginación. Ya veréis como, aun así, me la dará
“Si logras éxito en lo que te propones, no me avergonzaré de reconocer mi error”, replicó el anciano Conde. “Pero debo advertírtelo, hermano: ¡Cuídate! No sea que luego tengas que arrepentirte de lo que has hecho…”.
Días después el joven Conde Charturinski entraba al estudio del Jozé de Lublín. Puso cara de honda preocupación y explicó, con fingida elocuencia, el motivo de su visita:
“¡Sálvame, oh gran Rabí! Mi hijo único… mi querido niño está gravemente enfermo y los médicos dicen que ya no caben esperanzas de que salve su vida… Mi hermano, el Conde Charturinski, me ha dicho que sólo tú puedes salvarme en mi desesperación ¡Sólo tu plegaria y súplica pueden ayudarme! Te lo imploro, santo hombre… Rabí… ¡ayúdame!”
El Jozé, en un serio tono en su voz, respondió:
“Veo que en efecto tu hijo está muy enfermo. Lamentablemente, me es imposible ayudarte. Te aconsejo que regreses a casa cuanto antes, sin la menor demora, quizás aún te sea posible verlo con vida…”.
Cuando el joven Charturinski abandonó la vivienda del Jozé, rompió en una sonora carcajada de victoria. Había logrado embaucar al Rabí. Ahora tenía qué sentar a su ingenuo hermano y a sus expectantes amigos. Cierto, tenía un hijo. Pero éste era más sano que un toro, fuerte como un roble, y no podía percibirse en él ningún síntoma de enfermedad.
Charturinski había inventado aquello de la enfermedad para tender una trampa al Rabí, y éste había caído demostrando ser un mentiroso que hablaba lo que no sabía.
Feliz por el resultado de su visita a Lublín, decidió festejar su éxito con un buen vino. Ingresó a una posada, y al poco tiempo estaba ebrio. Solo al día siguiente, después de recuperar la cordura, pudo continuar su travesía de regreso al hogar.
Cuando llegó a su casa, se encontró con que su pequeño hijo, su único hijo, había muerto.
El joven Charturinski había llegado demasiado tarde.
A pesar de la advertencia del jozé no había podido ver a su hijo con vida.
Desesperado, dio rienda suelta a su dolor cuando se dio cuenta de que el que había caído en la trampa no había sido el santo Rabí, sino él mismo.
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