Daieinu

Una vez, hace muchos años, vivía en un país distante un rico mercader judío de piedras preciosas y monedas, cuyo nombre era Avraham Amittai. Era muy respetado por su honestidad y la equidad con que hacía todos sus tratos, pero más que todo era admirado por su bondad y sus actos de caridad.
Su hogar siempre estaba abierto a los pobres, y nadie, jamás, abandonó su casa hambriento o con las manos vacías.
Avraham mantuvo su costumbre durante muchos años y su buen nombre se extendió a lo lejos.
Pero luego vino un tiempo en el que la “rueda de la fortuna” dio un giro cuesta abajo. Los emprendimientos comerciales de Avraham, que tan exitosos habían resultado en el pasado, se convirtieron en sonados fracasos. Cuando Pesaj estaba nuevamente cerca, se dio cuenta con tristeza que ya no podía hacer todas las buenas cosas a las que estaba acostumbrado. Lo apenaba mucho pensar en todos aquellos pobres y necesitados que dependían de él para gozar de un Pesaj feliz. Afligido, comenzó a examinar su corazón para averiguar qué cosa errada había hecho como para llegar a un estado tan lamentable. ¿Quizás había tenido demasiada satisfacción personal por sus buenas acciones? ¿Quizás no era lo suficientemente humilde como para darse cuenta que en verdad no era lo suyo lo que estaba compartiendo, y que él no era más que un agente de Di-s para ayudar a los pobres? ¿O quizás Di-s simplemente estaba poniendo a prueba su fe en El? Como sea, Avraham decidió que seguiría con sus preparativos para Pesaj como lo hacía siempre, aunque se viera obligado a tener que pedir prestado el dinero. Afortunadamente, en la ciudad nadie sabía de sus dificultades económicas de manera que seguía gozando de buen crédito.
“¿Y cómo vas a saldar tu deuda?”, le advirtió una extraña voz en su interior.
Avraham expulsó el pensamiento de inmediato. “¡Di-s proveerá!”, se escuchó decir a sí mismo con total confianza.
Mas o menos a mitad de camino entre Purim y Pesaj, mientras Avraham cruzaba el mercado para hacer su pedido anual de zapatos y ropa para los niños pobres, escuchó el sonar de trompetas. Avraham se sumó a la multitud que se había reunido para escuchar el anuncio de los heraldos del rey.
“¡Oíd, oíd, buenos ciudadanos!” proclamaron los emisarios del rey. “La joya más preciosa del rey ha sido robada del tesoro real. ¡Todo el que ayude a descubrir al ladrón y a recuperar la joya será ricamente recompensado por el rey!
Avraham decidió visitar al rey y ofrecerle sus servicios.
“Mi nombre es Avraham Amittai, y soy el mercader de piedras preciosas. Confío en que, con la ayuda de Di-s, me será posible ayudar a su majestad a recuperar lo robado”.
“Por supuesto, adelante”, dijo el rey, alentador. “Si tienes éxito, serás ricamente recompensado”.
“Precisaré una cierta cantidad de dinero por adelantado a fin de llevar a cabo mi investigación. ¿Su majestad estará de acuerdo en darme parte de la recompensa de antemano?”
“¿De cuánto dinero se trata?”, preguntó el rey.
Avraham sumó rápidamente en su mente la cantidad de dinero que precisaría para llevar adelante sus planes para Pesaj en beneficio de los pobres y los necesitados, y mencionó la suma al rey.
El rey ya había escuchado hablar de la fama de Avraham como un hombre honesto, y contestó:
“Con gusto te daré esa suma, que es sólo una fracción de la recompensa que recibirás cuando descubras al ladrón”. A continuación el rey ordenó a su tesorero que entregara a Avraham el dinero solicitado.
Avraham abandonó el palacio del rey muy contento. Di-s había respondido a sus plegarias, y una vez más podría ocuparse de todos los pobres y necesitados que esperaban su ayuda para Pesaj.
“¡No seas necio!” le advirtió una vez más la misma extraña voz interior. “¿Cómo podrás descubrir al ladrón? ¡Todavía perderás tu cabeza a manos del verdugo del rey! ¡Devuelve el dinero antes que sea demasiado tarde!”
Avraham silenció nuevamente a aquella voz, diciendo con total confianza: “Di-s no me abandonará en virtud de Sus hijos necesitados”.
Era una hermosa noche primaveral. El aire se sentía limpio y fresco, y en él flotaba la fragancia de las nuevas flores, Una luna llena brillaba en un cielo despejado. El rey decidió dar un paseo por las calles de su ciudad en su carruaje real.
Mientras estaban regresando, el rey ordenó al cochero que pasara por el barrio judío. Era cerca de la medianoche cuando el rey vio una gran casa residencial brillantemente iluminada, sobre la calle principal llamada calle Judía.
“¿Quién vive en esa casa?”, preguntó el rey al sirviente que lo acompañaba.
“Esa es la casa del acaudalado Avraham Amittai” respondió el sirviente.
“¿Por qué tan brillantemente iluminada a tan altas horas de la noche?”
“No lo sé, majestad. Probablemente el dueño de casa esté celebrando algo…”
“En ese caso le daremos una sorpresa sumándonos a la fiesta”, dijo el rey, divertido.
El carruaje se detuvo y el rey descendió y caminó hacia la puerta.
Mientras se acercaba, escuchó el sonido de muchas voces cantando alegremente. Intentó abrir la puerta exterior; para su sorpresa, no estaba cerrada con llave. La abrió, y se detuvo allí por un instante, prestando atención. Un potente coro de voces llegó a sus oídos. Desconocía las palabras de la canción, pero una de ellas, cantada por una voz más fuerte que las demás, llamó de inmediato su atención: “Daieinu!”
El rey prestó más atención. Sus oídos no lo habían engañado; la escuchó una y otra vez, ¡Daieinu, daieinu! Seguida de un refrán: “Dai, dai daieinu dai dai daieinu…”
“¡Ahá! ¡De modo que eso es lo que Avraham está celebrando!”
concluyó el rey cerrando silenciosamente la puerta y volviendo a su carruaje.
“¡Volvemos al palacio y hazlo rápido!” ordenó el rey.
Apenas el rey estuvo de regreso e su palacio envió un escuadrón de su guardia personal para capturar a su Primer Ministro Dai Yeinu. “¡Arránquelo de la cama, si es necesario, pero tráiganmelo aquí de inmediato!”
El Primer Ministro se presentó ante el rey, pálido y tembloroso.
“¡Dai Yeinu!” ¡Malvado ladrón! Sé que tú robaste mi valiosa joya. ¡Confiesa o te haré decapitar ya mismo! Rugió el rey.
El pobre Primer Ministro cayó sobre sus rodillas suplicando misericordia.
“Yo… No sé qué me pasó…No…No pude resistir la tentación…sólo quise tomarla prestada por un tiempo…mi mujer… Ella Juro que no volverá a suceder…piedad, graciosa majestad… Aquí …la traje de vuelta conmigo…”.
El Primer Ministro hurgó en su ropa y extrajo la reluciente joya que ahora sostenía en sus temblorosas manos.
¡Quítenle la joya!, ordenó el rey a sus sirvientes, y volviéndose a sus guardias ordenó: “¡Arrojen a este perro a la fosa hasta que decida qué hacer con él!”
Mientras el “honorable” Primer Ministro Dai Yeinu era llevado a su nueva ‘residencia’, el rey acariciaba la preciada piedra que había planeado poner en su corona. Ahora era realmente feliz y sentía honda gratitud a Avraham.
A la mañana siguiente el rey envió su carruaje real para que Avraham Amittai fuera traído al palacio. El carruaje regresó pronto, pero sin Avraham. El asistente del rey explicó que Avraham había pedido la disculpa del rey, pues en vista de que estaba en una Festividad sagrada para los judíos tenía prohibido viajar en carroza. Sin  embargo, había partido a pie y pronto estaría ante el rey.
Durante toda su caminata hacia el palacio Avraham se preguntaba por qué lo había mandado llamar el rey. ¿Estaba impacientándose y enojándose de que todavía no hubiera capturado al ladrón? Y si era así, ¿por qué había enviado el rey su carruaje real para buscarlo? Como sea, ¿qué iba a decir al rey? Finalmente decidió dejar todo en manos de Di-s. “Seguro que en esta feliz Festividad de Nuestra Libertad el buen Di-s no permitirá que sufra daño alguno”, concluyó mientras sereno y confiado se presentaba ante el rey.
El rey lo recibió con calidez. “Te he llamado para hacerte saber que la piedra preciosa está nuevamente en mi poder; el ladrón ha sido apresado y confesó su fechoría, y ahora espera mi juicio. Te estoy muy agradecido, querido Avraham, por tu exitosa labor detectivesca, y estoy dispuesto a entregarte el resto de tu recompensa”.
El rostro de Avraham mostraba su sorpresa y, comprensivo, el rey agregó:
“Claro, te estarás preguntando cómo me enteré de quién era el ladrón antes de que tú mismo me lo dijeras, de modo que te haré partícipe de un pequeño secreto mío”. El rey prosiguió contándole a Avraham de qué manera había llegado a escuchar el nombre del ladrón ante su puerta la noche anterior. “De inmediato supe que estabas celebrando el descubrimiento del ladrón!”¡Nunca se me hubiera ocurrido que éste pudiera ser ni más ni menos que mi propio Primer Ministro, Dai Yeinu!” Ahora Avraham lo entendió todo y se sentía profundamente agradecido a Di-s por dirigir los pasos del rey hacia su puerta en el preciso momento en el que él y sus invitados al Seder estaban cantando ¡Daieinu!
“cuán maravillosos son los caminos de la Providencia Divina”, pensó Avraham.
“Y bien, amigo, ¿no tienes nada que decir?”, preguntó el rey.
“En verdad, sí tengo algo para decir, majestad”, respondió Avraham. “Debo informar a su majestad con toda honestidad que no fue mi inteligente labor de detective la que puso en evidencia al ladrón”.
Avraham siguió explicando que lo que el rey había logrado escuchar no era en medio de una fiesta celebrando el descubrimiento del ladrón, sino un Seder conmemorando la histórica liberación del pueblo judío de la esclavitud de Egipto. “La melodía que tú nos oíste cantar anoche, es uno de los hermosos himnos de alabanza que cantamos a Di-s por los numerosos e incontables favores que nos ha concedido. Dice así:
‘Si Di-s nos hubiera sacado de Egipto, pero no hubiera dividido para       nosotros el mar
¡Nos hubiera bastado! (Daieinu)
‘Si El hubiera dividido para nosotros el mar, pero no nos hubiera hecho cruzar sobre tierra seca-
¡Nos hubiera bastado! (Daieinu)
“Y así sucesivamente, esta melodía enumera los milagros de la Liberación de Egipto, el Cruce del Mar, la amorosa preocupación que Di-s mostró a nuestro pueblo durante los cuarenta años en que deambuló por el desierto, el alimento celestial (el man), el hecho de que nos diera el Sagrado Shabat, la Revelación Divina ante el Monte Sinaí, la Entrega de la Torá, el que nos trajera a nuestra Tierra Prometida, y el que hiciera morar Su Divina Presencia en el Santuario de Jerusalem.
Cada uno de estos favores Divinos termina con la estrofa Daieinu –nos hubiera bastado para tener el deber de estar eternamente agradecidos a Di-s y obedecer Su Voluntad…’
“¡Así que era eso!” dijo el rey, riéndose a más no poder.
“Sí, majestad” dijo Avraham y se apuró a agregar seriedad a la situación. “Bajo estas circunstancias, dudo que merezca tu recompensa…Fue simplemente la Providencia Divina la que reveló al rey el nombre del ladrón…”
“Tu honestidad sólo se iguala a tu devoción”, dijo el rey. “Si Di-s te eligió a ti para ser Su mensajero, es indudable que te has ganado tu recompensa. Haré que te sean enviadas a tu casa dos bolsas llenas de monedas de oro cuando así lo prefieras, y de ahora en más te nombro Joyero de la Corte, para que suministres todas las piedras preciosas y joyas que la familia real pudiera necesitar. Y ahora, mi querido Avraham, vuelve a casa y disfruta de tu Festividad de Liberación, pero no olvides venir a verme ni bien termine tu fiesta. Tenemos muchas cosas para conversar, y algunos negocios para atender. Me vendrían bien un par de joyas más para mi nueva corona”.
Así, Avraham fue recompensado en mayor medida de lo que jamás hubiera  soñado. La rueda de la fortuna ascendió para él velozmente una vez más, y desde entonces vivió con felicidad en medio de honores y riquezas que generosamente compartió con los pobres y necesitados.
Y cada día cantaba “Daieinu” en un acto de eterna gratitud a Di-s, Fuente de toda bondad.
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